No tiene una política de precios.
No tiene una escala de incrementos.
Tiene una tablita.
Así lo dijo —sin temblarle la voz— la secretaria de Educación de San Juan, Mariela Lueje.
Y bastó esa frase, tan chiquita y tan burocrática, para entender por qué en esta provincia el control importa más que el conocimiento.
Mientras el Gobierno nacional liberó los aranceles de los colegios privados, San Juan decidió seguir fiel a su dogma contable: la tablita, esa fórmula trimestral que pretende administrar la educación como si fuera una góndola del supermercado.
Una tablita que mantiene la injerencia estatal y no fomenta ni la oferta ni la demanda.
Una tablita que domestica lo que debería inspirar.
Una tablita que deja mucho que pensar del profesionalismo de la gestión.
El arte de controlar sin saber
En San Juan, el verbo “educar” parece haberse jubilado.
Aquí todo se controla: el precio del vino, la cuota del colegio, la respiración de los contribuyentes.
La libertad no se ejerce, se tramita; y el pensamiento crítico, si aparece, se archiva por duplicado.
El Gobierno provincial confunde gobernar con planillar.
Y en su Excel infinito, donde los números reemplazan a las ideas, el futuro se calcula a tres decimales de mediocridad.
De la tablita a la tablet
Tan criolla es la gestión que tampoco se tomó en serio el reparto de laptops a docentes y alumnos.
Todo se entregó sin que nadie firmara nada: ni condiciones, ni compromisos, ni declaraciones juradas.
Más que una política pública, fue una sesión de fotos con wifi.
Los maestros recibieron equipos sin registro: ¿Quién controló? Nadie.
Porque en campaña, controlar es de aguafiestas. Y en san juan el voto docente es fuerte.
Hoy muchas de esas tablets se venden por Internet.
Y, como siempre, los que terminamos pagando somos nosotros, los contribuyentes: espectadores cautivos de un Estado que primero gasta sin pensar y después explica sin vergüenza.
Excelencia con Excel incluido
La provincia confunde el desorden con la inteligencia.
Cree que una planilla reemplaza a una política, y que una entrega masiva suple una reforma educativa.
Pero no hay progreso en la obediencia ni educación en la dádiva.
El profesionalismo no se mide por la cantidad de actos públicos, sino por la seriedad de los actos.
Y en esta gestión, los actos sobran, pero la seriedad brilla por su ausencia.
El aula como escenario de campaña
La tablita y las tablets son las dos metáforas perfectas de una gestión que convirtió la educación en contaduría y la política pública en souvenir electoral.
No hay proyecto, hay Excel.
No hay pedagogía, hay propaganda.
Y mientras las tablets se subastan en redes y las tablitas se actualizan con devoción, los funcionarios celebran el control como si fuera sabiduría.
En esta provincia, la educación no se enseña: se administra.
Y la gestión, tan mediocre como improvisada, sigue repitiendo su máxima más honesta:
“Primero la foto, después la firma. Total, el que paga siempre es el contribuyente.”














