Relato de una elección donde todos celebraron el empate como si fuera una victoria.
“El que ganó fue porque no perdió, el que perdió fue porque no ganó, y el que salió segundo, ni perdió ni ganó.”
—Gustavo Fernández (versión corregida por la realidad)
Una victoria sin entusiasmo
En la política sanjuanina, los discursos triunfales suelen escribirse antes del escrutinio. Por eso, cuando Gustavo Fernández —ministro de la Producción y vocero de la gestión orreguista— analizó los resultados legislativos, lo hizo con la voz de quien intenta ponerle poesía a la aritmética.
La alianza Por San Juan, que nació como un frente pragmático para sostener la gobernabilidad y seducir al votante independiente, retuvo su banca en el Congreso, pero perdió la narrativa de la victoria.
En política, cuando se festeja la supervivencia, es porque ya se teme al invierno.
El mito de la invencibilidad provincial
El oficialismo apostó por un equilibrio imposible: ser diferente al kirchnerismo sin parecerse a Milei. En ese intento por ser “la tercera vía”, terminó pareciendo la tercera opción en un menú que nadie pidió.
Fernández lo dijo sin querer decirlo: Por San Juan “mantuvo su banca”. Pero mantener es verbo de administración, no de transformación.
En un tablero donde todo cambia, el que no avanza, retrocede.
Rawson y Chimbas: la metáfora del desgaste
Fernández apuntó contra Munisaga y Gramajo como si ellos hubieran roto el hechizo electoral. Pero lo que se rompió fue el espejo: los reflejos territoriales del peronismo ya no devuelven poder, sino desgaste.
Rawson perdió su mística obrera; Chimbas, su épica vecinal. Los intendentes heredaron estructuras cansadas y votantes que ya no creen en el viejo contrato de la obra pública a cambio de lealtad.
El voto peronista se convirtió en voto errante, y en esa errancia el kirchnerismo local se desangró.
El poder sin votos
“El que ganó fue porque no perdió, el que perdió fue porque no ganó…”
La frase de Fernández, dicha con ironía de café amargo, revela más de lo que quiso ocultar: todos están atrapados en un empate moral.
El justicialismo sacó más votos, pero perdió una banca nacional.
Por San Juan mantuvo la suya, pero perdió entusiasmo.
Y La Libertad Avanza, que salió tercera, se llevó el trofeo del relato: el del ascenso.
En la política moderna, los números mienten menos que las expectativas.
Y la expectativa del orreguismo era crecer, no resistir.
El voto que se emancipa
El ministro habló de “ruptura de la polarización” como si fuera una conquista propia. En realidad, fue una fuga colectiva.
El votante sanjuanino se cansó de votar por obediencia.
Elige con desconfianza, pero elige.
No cree en los lemas, ni en los apellidos, ni en los pactos de cúpula. Lo mueve la intuición de que los partidos ya no representan ideas, sino intereses.
San Juan ya no es provincia de feudos: es laboratorio de hartazgos.
Y en ese laboratorio, ni el peronismo, ni el kirchnerismo, ni Por San Juan logran sintetizar esperanza.
La derrota compartida
El kirchnerismo perdió su voz barrial.
El justicialismo perdió su representación.
Y Por San Juan perdió el alma del discurso que prometía renovación y transparencia.
En conjunto, la política sanjuanina perdió algo más profundo: su poder de convencer.
Porque esta elección no dejó ganadores, sino sobrevivientes.
Y los sobrevivientes, por definición, no celebran: respiran.
El silencio después del conteo
En la noche posterior al escrutinio, mientras los operadores brindaban con vino tibio y los ministros recitaban porcentajes como letanías, una sensación se filtraba entre los pasillos:
San Juan cambió de voto, pero no de rumbo.
La provincia sigue donde estaba, solo que con menos fe.
El ministro Fernández intentó disfrazar la derrota de análisis, pero su frase quedó resonando como epitafio involuntario:
“El que ganó fue porque no perdió, el que perdió fue porque no ganó, y el que salió segundo, ni perdió ni ganó.”
Y en esa síntesis circular se encierra la verdad política de San Juan: cuando todos tienen razón, nadie tiene futuro.














