Pedagogía del debido proceso: lecciones desde el fondo de la cafetera republicana

Nov 5, 2025 | Internacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

El derecho, esa cafetera que nunca apaga el fuego

Toda república se mide por la temperatura a la que hierve su justicia.

En el Perú, esa vieja cafetera institucional que hace ruido, echa vapor y casi nunca da aroma, el caso Betssy Chávez volvió a rebalsar la olla del derecho.

No simpatizo con ella —ni con sus causas ni con sus silencios—, pero debo reconocer algo peor: este Congreso corrupto ha llevado al país a la putrefacción de la institucionalidad.

Y entre ese hedor de moral cívica en descomposición, la pedagogía del debido proceso se vuelve una especie de manual de anatomía forense: se estudia el cadáver del Estado de derecho para entender cómo murió.

Porque en el Perú, el debido proceso no se aplica: se evapora.

Y cuando se enfría, se sirve con un toque de cinismo y una rodaja de discurso patriótico.

El proceso como pedagogía: cuando la ley llega tarde al aula

Betssy Chávez fue detenida en junio de 2023, acusada de rebelión y conspiración por el intento de autogolpe de Pedro Castillo.

Su prisión preventiva fue prorrogada con una precisión matemática… pero con la lógica de un reloj sin pila.

El Tribunal Constitucional del Perú determinó que la medida era arbitraria: se había vencido el plazo, pero el sistema prefirió la inercia al derecho.

Así nació la primera lección de esta pedagogía judicial:

“En el Perú, el tiempo no cura las heridas; las legaliza.”

Y mientras los congresistas multiplican acusaciones para tapar su propia podredumbre, la justicia sigue dictando clases en el aula del absurdo: donde el alumno es el acusado y el maestro, el rumor.

México: el aula continental del derecho compasivo

Cuando México otorgó asilo diplomático a Chávez, la tragicomedia adquirió dimensión continental.

La embajada mexicana en Lima se transformó en una sucursal de derechos humanos con vista al Pacífico.

El argumento fue claro: riesgo para su libertad e integridad.

El resultado: el Perú rompió relaciones diplomáticas, y el café jurídico volvió a hervir.

La paradoja fue brutal: el mismo Estado que la tuvo presa más tiempo del legal reclamaba respeto a su soberanía, y el país que defendía la legalidad usaba el asilo como herramienta de política exterior.

El derecho latinoamericano volvió a demostrar que no necesita enemigos: se basta solo para ridiculizarse.

Entre la toga y el oprobio

En el pizarrón de esta historia hay dos países, una mujer y un Congreso en ruinas.

El Perú escribe “soberanía”; México corrige con tiza roja: “humanidad”.

Y mientras tanto, el Parlamento limeño —ese teatro de intereses y venganzas— aplaude su propia decadencia institucional.

Porque si algo enseña el caso Chávez, es que el derecho se volvió rehén del espectáculo.

La prisión preventiva es trending topic; la Constitución, una excusa; la justicia, un decorado.

Y entre tanto, los congresistas actúan como si fueran guardianes de la república, cuando apenas son sepultureros de la institucionalidad.

De los barrotes al refugio: la parábola del proceso

Cuando el Tribunal Constitucional ordenó su liberación, Betssy Chávez salió sin absolución, pero con una lección escrita en la frente del Estado: no se puede encarcelar a alguien por olvido administrativo.

Su asilo en México fue, al mismo tiempo, una amnistía simbólica y una confesión colectiva de fracaso.

Porque si un Estado necesita que otro le enseñe cómo garantizar derechos básicos, no estamos ante una crisis diplomática, sino ante un colapso moral.

Y si defender el debido proceso de alguien a quien uno no simpatiza es incómodo, hacerlo frente a un Congreso podrido se vuelve un deber cívico.

La amarga pedagogía del poder

La pedagogía del debido proceso termina sabiendo a café recalentado: amargo, denso y sin aroma a justicia.

El Perú enseña cómo no procesar; México, cómo refugiar; y entre ambos, una mujer que —más allá de su culpa o inocencia— desnuda la miseria de las instituciones que la juzgaron.

El caso Chávez no redime a su protagonista, pero condena al sistema que la fabricó.

Nos recuerda que el enemigo del derecho no siempre es el criminal, sino el Congreso que lo manipula, el juez que lo posterga y la sociedad que lo aplaude.

En un país donde la justicia se vende por partes y la moral se alquila por sesión, el debido proceso es el último aroma de una cafetera que ya se quemó.

Y quizá la verdadera lección de esta pedagogía amarga sea esta: defender el derecho no es simpatizar con el acusado, sino evitar que el poder siga cocinando impunidad a fuego lento.

A veces, cuando observo este teatro de corrupciones y silencios, me parece escuchar la voz de Mario preguntando —como en los días en que la literatura todavía buscaba respuestas—:

“¿En qué momento se jodió la justicia?”

Y el eco responde desde el fondo de la taza fría: se jodió el día en que el poder descubrió que podía disfrazarse de ley, y el pueblo, cansado, dejó de oler el café quemado.

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