Cuando la inversión se convierte en gasto: ensayo sobre el costo invisible del conocimiento sin resultados

Nov 5, 2025 | Nacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

Entre radiotelescopios inconclusos y universidades que se miran al espejo del presupuesto, la pregunta ya no es si la ciencia es un lujo, sino si seguimos financiando feudos sin retorno.

“La ciencia, señor Presidente, no es un lujo.”

No lo es. Pero en Argentina hay quienes la convirtieron en un souvenir institucional.

La emoción de una carta y el silencio de una institución

La carta de Carolina del Valle Garay, astrónoma nacida en 25 de Mayo, tiene la fuerza de una fábula nacional: la niña pobre que soñó con las estrellas y llegó —literalmente— al cielo. Su historia conmueve porque encarna el mito de la educación pública como ascensor social.

Pero mientras su carta se viraliza y los aplausos retumban en los pasillos universitarios, hay una pregunta que nadie formula: ¿quién rinde cuentas cuando los proyectos se estancan, se encarecen o se vuelven simbólicos en vez de productivos?

El Radiotelescopio CART nació con nobleza: cooperación científica entre Argentina y China, desarrollo local, talento provincial. Sin embargo, más de una década después, no transmite ni una señal. Y el problema no es el sueño, sino la administración del mismo.

La Universidad Nacional de San Juan, garante del proyecto, no ha mostrado auditorías públicas ni balances sobre los millones invertidos. La ciencia, sin evaluación, se vuelve poesía financiada con impuestos.

Cuando el conocimiento se vuelve retórica

La UNSJ defiende el proyecto como “cien por ciento científico”. Pero la ciencia no se mide con declaraciones de prensa, sino con resultados verificables, publicaciones, desarrollo tecnológico y transferencia social.

Durante años, el CART fue más visible en ceremonias que en investigaciones publicadas. Más motivo de discurso que de descubrimiento.

Y en ese desvío semántico —del laboratorio al acto protocolar— la inversión se transformó en gasto.

Porque en un país que recorta donde no hay retorno, la ciencia que no comunica ni rinde se convierte en su propio enemigo.

Mientras los científicos redactan cartas, los burócratas universitarios redactan licitaciones. Y ambos confunden emoción con eficiencia. El resultado: un proyecto emblemático que, en lugar de observar el cosmos, termina orbitando el laberinto administrativo de la academia.

Las universidades como espejos opacos

No se trata de despreciar la ciencia, sino de salvarla de sus templos.

En demasiadas universidades públicas argentinas los proyectos se eternizan, los convenios se repiten y los informes duermen bajo el sello de “confidencial”. Se enseña a pensar, pero no a rendir cuentas.

El conocimiento se ha vuelto retórica y la transparencia, un trámite.

Si una empresa privada trabajara diez años sin resultados, quebraría.

Si una universidad lo hace, pide más presupuesto.

El problema no es la falta de fondos, sino la falta de rendición.

Las instituciones reclaman autonomía, pero confunden independencia con impunidad. Nadie audita los programas, nadie mide el impacto de sus proyectos, y los ministerios se conforman con cortar cintas o anunciar avances que nunca llegan.

El costo de no evaluar

Toda sociedad tiene derecho a invertir en conocimiento, pero también tiene derecho a saber qué obtiene a cambio.

Un radiotelescopio que nunca miró al cielo es tan improductivo como un programa universitario que no genera innovación, transferencia ni empleo.

Cuando la universidad no rinde cuentas, deja de ser un motor social para convertirse en un refugio presupuestario.

Y cuando el Estado financia proyectos sin retorno, no promueve ciencia: subsidia confort académico.

La carta de Garay es sincera, pero también ingenua. Habla desde la pasión del mérito individual, no desde la gestión de lo público.

Mientras ella evoca su historia de esfuerzo, la institución que la cobija evita hablar de números, plazos y resultados.

Y así, entre la épica personal y la opacidad institucional, la ciencia se convierte en un relato emotivo que nadie verifica.

El cielo no se mira con discursos

Argentina necesita ciencia, pero también necesita cuentas claras.

No se trata de desmontar telescopios, sino de iluminar sus presupuestos.

De entender que el conocimiento sin gestión es una estrella que no alumbra.

De aceptar que, en una economía asfixiada, no toda antena es progreso y no toda universidad es garante de futuro.

Cuando la inversión se convierte en gasto, la patria no se empobrece por falta de ideas, sino por exceso de discursos.

Y quizás, antes de mirar las galaxias, deberíamos mirar los balances.

“No hay ciencia pobre: hay administraciones que la empobrecen.”

Artículos relacionados

Castro, la inteligencia que incomoda al ruido

Castro, la inteligencia que incomoda al ruido

Cuando la política se disfraza de denuncia, el problema no es quién acusa. Es quién logra probar. Y ahí, el juego cambia. Estrategia en lugar de reflejo En política, no todos juegan el mismo partido. Algunos corren detrás del conflicto. Otros lo entienden antes de que...

El expediente que desnuda el negocio de las computadoras

El expediente que desnuda el negocio de las computadoras

Transparencia, gasto y reflejos Mientras el gobierno de Marcelo Orrego prepara otra compra de notebooks junto a la ministra Silvia Fuentes, apareció algo incómodo. Un pedido formal de información, con copia a la Defensoría del Pueblo. No habla de promesas. Pregunta...

El negocio de las notebook

El negocio de las notebook

Gestión, tecnología y silencio El gobierno de Marcelo Orrego avanza con una nueva etapa de entrega de notebooks junto a la ministra Silvia Fuentes, pero todavía no explica qué pasó con la compra anterior. Esta vez hay algo distinto. Hay un expediente en Hacienda. Sin...

Cuando nombrar a Sarmiento roza la blasfemia pública

Cuando nombrar a Sarmiento roza la blasfemia pública

Transparencia, memoria y conveniencia La credibilidad no se declama. Se prueba. Y cuando faltan pruebas, sobran los gestos. Manual básico de administración simbólica La gestión real deja rastros. La otra deja actos. Una se puede auditar. La otra se puede aplaudir. El...

San Juan: ver todo… sin mostrar nada

San Juan: ver todo… sin mostrar nada

Domingo de calma, números ausentes No hay escándalo. No hay ruptura. Hay algo más eficaz, una política que no muestra, una ciudadanía que espera… y un sistema que ya aprendió a convivir con ambos. Bienvenidos: pase, mire… pero no pregunte Los domingos en San Juan...

La ligereza del clic y el peso del delito

La ligereza del clic y el peso del delito

Cuando compartir una imagen parece un juego, pero ya es un delito: la nueva frontera de la responsabilidad juvenil… y el aula como primer escenario. Hay actos que no hacen ruido. No rompen vidrios. No dejan marcas visibles. Pero arrasan. Una imagen reenviada. Un video...

Orrego en modo Superman: épica alta, gestión cerrada

Orrego en modo Superman: épica alta, gestión cerrada

Cuando un problema técnico se deja crecer, deja de ser administrativo y se convierte en político. Y cuando eso ocurre, la pregunta ya no es quién tiene razón… sino por qué nadie resolvió a tiempo. Hay decisiones que no se anuncian: se delatan en sus consecuencias. El...

Sin acuerdo no hay paso: ¿quién tiene la razón?

Sin acuerdo no hay paso: ¿quién tiene la razón?

Territorio, ley y lo que no se negoció Lo que pudo resolverse con una buena negociación hoy escala a conflicto. San Juan defiende el recurso, La Rioja controla el paso… y en el medio, la gestión ausente convierte el desarrollo en disputa. Hay problemas que se ven...

San Juan tiene la mina… pero no el control

San Juan tiene la mina… pero no el control

Minería, frontera y omisión San Juan tiene el recurso, la ley y la razón. Pero olvidó algo más importante: el territorio no se administra desde un mapa. Y cuando eso ocurre, el desarrollo deja de ser promesa… y empieza a ser conflicto. El problema no empezó en La...