El hombre mediocre en la patria del relato

Oct 17, 2025 | Nacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

A pocos días de las elecciones del 26 de octubre, la Argentina vuelve a mirarse en el espejo que más teme: el de su propia mediocridad.

José Ingenieros lo advirtió hace más de un siglo: los pueblos decaen cuando los idealistas son reemplazados por mediocres satisfechos.

El kirchnerismo no inventó esa decadencia: la organizó, la adoctrinó y la convirtió en estética de gobierno.

Las sombras de Ingenieros

En El hombre mediocre, José Ingenieros soñó con una patria de ideales y escribió contra la tibieza moral de los tiempos.

Hoy, su voz resuena como un eco lejano en un país donde los ideales se alquilan y las convicciones cotizan por redes sociales.

La República —esa promesa inconclusa— atraviesa un nuevo ciclo electoral con la pasión de los fatigados: cansados de los mismos nombres, de las mismas frases, del mismo simulacro.

El mediocre, ese personaje que Ingenieros definió como el que “imita la vida sin comprenderla”, ya no es anónimo.

Tiene rostro, partido, y hasta cadena nacional.

Se llama “modelo nacional y popular”, y su bandera es el relato: un invento de oratoria que reemplazó el pensamiento por la consigna y la ética por la épica.

“La mediocridad no es un accidente: es una forma de gobierno.”

La pedagogía del resentimiento

El kirchnerismo edificó un laboratorio moral donde la inteligencia fue sospechosa y la obediencia, mérito.

Allí, el que dudaba era traidor y el que aplaudía, patriota.

Durante dos décadas, la palabra pueblo se usó como escudo para esconder negocios, y la palabra Nación como marca registrada de una familia política que confundió la historia con su biografía.

El relato fue su mayor invención: una epopeya sentimental para gobernar las emociones mientras se negociaban privilegios.

Se construyeron universidades sin pensamiento, subsidios sin producción, ministerios sin servicio.

La retórica de la justicia social fue la coartada perfecta de una burguesía estatal que terminó reproduciendo aquello que decía combatir.

El hombre mediocre de Ingenieros no habría sobrevivido a tanto barro ideológico: lo habría denunciado como degeneración del ideal.

Porque donde antes había idealismo, hoy hay marketing político con acento impostado.

La virtud domesticada

La mediocridad no mata el talento: lo ridiculiza.

En los años del relato, se volvió costumbre burlarse de la excelencia —“eso es meritocracia”, decían— y elevar la vulgaridad a categoría cultural.

La ética fue reemplazada por la lealtad, la educación por la consigna, la política por el show.

El discurso militante colonizó los claustros y los teatros; la épica sustituyó al mérito, y el mérito, a la decencia.

Los nuevos mediocres no leen a Ingenieros: lo parodian en TikTok.

Saben que la profundidad no da votos ni likes, y por eso han hecho del eslogan su filosofía nacional.

“En la patria del relato, pensar es un acto de resistencia.”

El mito del pueblo bueno

El kirchnerismo encontró en el mito del pueblo bueno su alquimia perfecta: una masa emocional que absuelve cualquier delito si se pronuncia en su nombre.

Cristina Fernández se convirtió en la musa de esa liturgia sentimental, el espejo donde millones quisieron reflejar su frustración con estética de heroísmo.

Pero el heroísmo, cuando se repite como mantra, termina siendo religión de la mediocridad: un consuelo colectivo ante la imposibilidad de superarse.

El hombre mediocre no odia el poder, lo envidia.

Y el kirchnerismo lo comprendió: ofreció la ilusión de pertenecer al poder sin asumir responsabilidad alguna.

Así nació la sociedad del “todos culpables, nadie responsable”.

El 26 de octubre: la hora del espejo

Cada elección en Argentina es una misa laica donde se busca absolución, no futuro.

El 26 de octubre, millones votarán con el cansancio de quien no espera redención, solo un poco menos de infierno.

Pero este voto será más que una papeleta: será una radiografía moral.

¿Seguiremos creyendo que la culpa es del otro, que la historia nos debe, que la mediocridad es identidad nacional?

El kirchnerismo puede perder las urnas, pero ya ha ganado el lenguaje: instaló el hábito de pensar en eslóganes, de discutir por reflejo, de creer que el aplauso sustituye la obra.

Desalojarlo del poder será fácil; desalojarlo de la conciencia colectiva, un desafío generacional.

Una república cansada

Sin embargo, hay una reserva moral que resiste, silenciosa, en los márgenes.

Maestros que enseñan sin ministerio, periodistas que escriben sin pauta, emprendedores que producen sin permiso, jóvenes que no necesitan que nadie los “representen”.

Allí, en esa soledad digna, sobrevive el germen del hombre idealista que Ingenieros imaginó: el que sueña sin pedir permiso, el que cree que la patria se construye desde el trabajo y la verdad.

“El porvenir pertenece a quienes tienen el valor de ser superiores.”

— José Ingenieros

La mediocridad seguirá siendo el enemigo íntimo de la nación.

Pero cada voto consciente, cada gesto honesto, cada ciudadano que piense antes de repetir, será una grieta de luz en este relato que se derrumba.

Porque el verdadero cambio no llegará con una consigna, sino con una rebelión del pensamiento.

Y tal vez, cuando el polvo de esta elección se asiente, descubramos que el hombre mediocre ya no gobierna, porque la Argentina —esa república obstinada— ha decidido volver a pensar.

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