El Flautista de Villa Crespo

Oct 7, 2025 | Nacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

Entre fogonazos y eslóganes, Javier Milei reinventó el cuento de Hamelín: ya no hace falta una flauta para guiar ratones, basta un micrófono desafinado, un setlist prestado y la promesa de que todo será un “milagro”. La pregunta que queda flotando, como el humo de la pirotecnia, es si el verdadero hechizo no estará en la desesperación de quienes lo siguen.

Dicen que, en los cuentos viejos, un flautista caminaba por Hamelín seduciendo con su música a los ratones y, luego, a los niños del pueblo. En la versión argentina —más posmoderna, más eléctrica y con luces LED— el flautista no toca flauta sino guitarra imaginaria, y no guía a roedores sino a multitudes violetas que corean “¡No aflojen!”. El escenario ya no es un pueblo medieval sino el Movistar Arena de Villa Crespo, templo donde el rock se mezcla con la prédica fiscal y donde el humo no viene de la fábrica sino de los fogonazos pirotécnicos que acompañan cada grito presidencial.

El desfile de los ratones libertarios

Cuando Javier Milei apareció en escena, tardó doce minutos en atravesar el campo de batalla. Doce minutos de procesión que parecían siglos medievales. La guardia pretoriana —un escudo de seguridad tan sobreactuado que parecía sacado de un set de Mad Max— lo protegía mientras, en el aire, flotaban promesas de reformas tributarias y laborales.

Los ratones de Hamelín, en esta versión criolla, tienen nombres propios: Espert (caído por narco-gate), Adorni (convertido en maestro de ceremonias), Lilia Lemoine (corista cosplay de ministra) y un Bertie Benegas Lynch que, por algún capricho de los dioses, golpea la batería como si de allí dependiera el PBI.

Rock nacional como conjuro mágico

El flautista original embelesaba con notas agudas; Milei lo hace con hits prestados. “Demoliendo hoteles” sonó como un conjuro imperfecto, entre gritos desafinados y un eco de Charly que, desde alguna estrella, debe haber pensado: “A mí no me echen la culpa”.

Después vinieron Nino Bravo, Los Ratones y hasta Sandro. Cada tema era menos una canción y más un decreto invisible: el público bailaba convencido de que “Dame fuego” era también “Dame déficit cero”, que “Libre” equivalía a “Dólar flotante” y que “Rock del Gato” podía resumir la política exterior.

Los conjuros, sin embargo, no se limitaban a la música: frases como “castigar el gasto” o “liquidar la inflación” resonaban con la fuerza de un mantra, fórmulas mágicas que prometían resolver con un hechizo simple la economía de compleja polifonía.

El pueblo bajo hipnosis

Como en el cuento, la multitud siguió al flautista. No era un mar homogéneo de fanáticos, sino un archipiélago de desencantos: el empleado que ya no descifraba su recibo de sueldo, la madre que hacía malabares con la boleta de la luz, el joven que veía su futuro como un paisaje en blanco.

Todos navegaban, no hacia un río donde ahogarse, sino hacia un mar de eslóganes: “Estamos a mitad de camino, no aflojen”.

La hipnosis se medía en porcentajes de inflación (“horrible, pero estable en 30”), en la aritmética mágica de millones de pobres que desaparecían como ratas tras la melodía, y en promesas de devolución de 500 mil millones de dólares para 2031, fecha en la que —con suerte— Hamelín habrá dejado de existir o habrá sido privatizado en cuotas.

El homenaje a los espectros

Hubo también un momento solemne: un homenaje a Charlie Kirk, convertido en mártir de Occidente, como si el flautista necesitara evocar a un santo patrono para legitimar su partitura.

“Charlie vive en cada uno de nosotros”, dijo Milei, y la multitud aplaudió convencida de que, si los ratones creyeron en el flautista, ellos también podían creer en un milagro importado.

La mitología, así, se construía en tiempo real: no con héroes locales, sino con fantasmas globales que daban un aura de cruzada universal a una pulseada doméstica.

El merchandising de la fe

En los cuentos medievales, el flautista cobraba con monedas de oro. En Villa Crespo, el pago llegó en stands repletos de libros con títulos milagrosos y en pantallas gigantes que anunciaban compra online.

La épica libertaria no se mide en cruzadas ni en castillos conquistados, sino en ejemplares vendidos con firma presidencial. Si el flautista llevaba consigo una flauta, Milei carga con trece libros: bibliografía suficiente para hipnotizar a cualquier aldea en crisis.

La fe, ahora, tiene precio de oferta y se paga en cuotas.

El epílogo en clave de parodia

En Hamelín, el final era oscuro: los niños desaparecían tras el flautista. Aquí, el final fue una mezcla de karaoke y cruzada espiritual. Karina observaba emocionada, como si asistiera no al fin de un cuento sino al inicio de una saga épica: “Yo soy un liberal”, cantó el Presidente, y los ratones —perdón, los ciudadanos— repitieron al unísono.

Moraleja

En la Argentina de 2025 no hace falta magia para guiar multitudes; basta un setlist desafinado, un libro con “milagro” en el título y la promesa eterna de que “lo peor ya pasó”.

Pero la verdadera pregunta, la que sobrevuela cada aplauso, es si el hechizo reside en la voz del flautista o en el oído de quienes, desesperados por un ritmo que ordene el caos, están dispuestos a seguir cualquier melodía que suene a salvación.

El peligro no es que el flautista cante mal, sino que el pueblo, cansado de la compleja sinfonía de la realidad, prefiera la simplicidad engañosa de una canción de karaoke.

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