Lo que Milei eligió callar en Gaza

Jun 13, 2025 | Internacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista.

 

Hay gestos que no necesitan demasiada interpretación. Javier Milei, en su visita a Jerusalén, eligió uno de esos. Frente a Benjamin Netanyahu, y mientras Gaza arde bajo los escombros, dijo: “Si Israel gana, ganará todo el mundo occidental”. No fue una frase suelta. Fue una declaración de lealtad, no a un país, sino a una lógica: la lógica del exterminio como defensa, del poder armado como virtud, de la victoria como justificación moral.

Podría haber sido un gesto diplomático, una visita de rigor, incluso un momento para pedir una tregua. Pero Milei fue más lejos. Elogió con fervor a Netanyahu —acusado en tribunales internacionales por crímenes de guerra—, respaldó su “valentía” en “múltiples frentes” y, sin temblores, se convirtió en su cómplice simbólico. Lo hizo con entusiasmo. Con la emoción de quien encuentra en la guerra una forma de redención ideológica.

Mientras Naciones Unidas y decenas de organizaciones humanitarias denuncian bombardeos indiscriminados, desplazamientos forzados y la devastación de hospitales y escuelas, Milei eligió callar. Y en política, callar ante una masacre es también una forma de legitimarla.

Gaza y el silencio del sur

Más de 30.000 palestinos han muerto en Gaza. Muchos eran niños. La gran mayoría, civiles. La tragedia no necesita hipérboles: se cuenta sola. Pero el presidente argentino no tuvo una sola palabra para ellos. Ni una oración, ni una mención, ni un gesto. Rezó, sí, en el Muro de los Lamentos. Por los rehenes israelíes. Un gesto humano, necesario, pero incompleto. En la tragedia, la empatía no puede ser selectiva. Y, sin embargo, Milei eligió ver solo una parte. Eligió mirar con un solo ojo.

La historia argentina conoce el horror. Sabe lo que es la muerte organizada, la desaparición sistemática, el uso del Estado como instrumento de violencia. Esa memoria colectiva debería enseñarnos algo. Debería hacernos más cautos, más humanos. Pero parece que el presidente ha decidido que la memoria es un estorbo. O peor: que solo vale para algunos.

De cruzado, no de presidente

En vez de representar los intereses del país, Milei se comportó como un cruzado ideológico. Su viaje no fue diplomático: fue doctrinario. Su discurso no buscó paz ni consenso: buscó épica. Una épica gastada, donde el mundo se divide entre civilizados y bárbaros, entre buenos con drones y malos sin voz. Y en esa narrativa, la muerte del otro se convierte en un daño colateral.

Mientras el Tribunal Penal Internacional evalúa ordenar la detención de Netanyahu, Milei lo elogia. Mientras el mundo exige un alto el fuego, él pide más fuego. Mientras las madres palestinas lloran a sus hijos, él celebra la “fortaleza” del verdugo. No lo hace por error. Lo hace por convicción.

No es política, es ética

Esto no se trata de geopolítica. Se trata de humanidad. Apoyar a un Estado aliado no implica aplaudir sus crímenes. Tener relaciones diplomáticas no exige cerrar los ojos ante una masacre. Pero Milei no distinguió. Eligió con claridad. Eligió al agresor. Y lo hizo en nombre de todos los argentinos, aunque la mayoría jamás lo hubiera hecho.

El eco final

Quizá algún día, en los libros de historia, aparezca esta escena: un presidente argentino, de pie junto a un líder acusado de genocidio, proclamando su apoyo incondicional. Tal vez una nota al pie recuerde que, mientras hablaban, Gaza seguía sangrando.

Y entonces alguien —tal vez un estudiante, tal vez un fiscal del futuro— leerá esas palabras y pensará lo que Borges tal vez hubiera escrito con su elegancia insomne:

«No hay infamia más sutil que la del adulador que confunde la espada con la pluma, y la matanza con el destino.»

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