Una mirada crítica sobre la cultura domesticada y la traición al arte en tiempos de subsidios estatales.
Hay cosas que duelen más por silenciosas que por violentas. Una de ellas es constatar cómo el arte —ese hermano mayor del alma— fue adaptándose a los formularios, a los cronogramas, al renglón obligatorio del “impacto comunitario” en la planilla de subsidio. Se ve, se vive. En la Argentina de las grandes pasiones y los estómagos flacos, aquel arte escrito con barro y bronca, con vino patero y guitarras afinadas por oído, se convirtió en un trámite más.
No en todos los ámbitos, por supuesto. Pero sí en los suficientes como para que duela. El Estado, que tantas veces fue esencial para evitar que el alma muriera de olvido, pasó a ser el administrador del aplauso. Así, el arte comenzó a existir no por necesidad ni deseo, sino por asignación presupuestaria. Y, como suele ocurrir cuando lo público se regula mal, lo que nació como salvación terminó por convertirse en trampa. El subsidio no fue red: fue jaula. Y, peor aún: con moño.
Durante los años del kirchnerismo, la cultura fue transformada en una herramienta de adoctrinamiento, aunque disfrazada de inclusión. El objetivo no era fomentar nuevas voces, sino consolidar un ecosistema cerrado de artistas leales al poder. Casos abundan. Andrea del Boca recibió 50 millones de pesos para una novela que nadie vio ni recuerda. Sebastián Ortega y Gastón Portal también formaron parte del reparto: más de 114 millones se volcaron a sus productoras para ficciones que, salvo contadas excepciones, pasaron desapercibidas en audiencia y en alma.
Pero el fenómeno no se agotó en las cámaras. Fito Páez, símbolo de la rebeldía en los años 80, se convirtió en figura habitual de los escenarios oficiales. Cobró cientos de miles de pesos por presentaciones en actos gubernamentales. El mensaje fue claro: con suficiente efectivo, incluso la rebeldía puede alquilarse. Lali Espósito —estrella pop sin ideología visible más allá de sus fechas de cobro— también encontró su lugar en la cartelera kirchnerista. Cantó en actos, desfiló por festivales estatales, participó de todo evento “inclusivo” con peinado sponsoreado. La Sole, referente del folclore popular, tampoco quedó afuera: giras financiadas, escenarios asegurados y discurso impecable.
Mientras tanto, en otro país que convive con este, músicos independientes hacían colecta para alquilar una consola, poetas repartían volantes en semáforos y cineastas grababan cortos con celulares de segunda y corazones encendidos.
El INCAA, institución que prometía pluralidad, devino en club de privilegiados. En 2012, más de 50 películas nacionales financiadas con fondos públicos no alcanzaron los mil espectadores. Algunas ni siquiera los 200. Eso sí: contaban con afiches, estrenos glamorosos y un par de críticas favorables escritas por algún periodista amigo. La ecuación era simple: con proyecto aprobado y respaldo ideológico, ya se estaba del lado correcto. El talento era opcional; el carnet, no.
El subsidio, que en teoría debía democratizar, se convirtió en un filtro: avanzaban quienes dominaban el lenguaje técnico, el guiño al funcionario, el discurso correcto. Los que venían con barro en los zapatos quedaban afuera. Así se fue construyendo, silenciosamente, una aristocracia cultural: artistas repetidos, premiados por existir, programados eternamente en los mismos festivales. Cultura de planilla y catering.
Cabe aclarar: no se trata de demonizar a los artistas que cobraron. A veces hay que pagar el alquiler, a veces hay que llenar la olla. El problema no son ellos, sino un sistema que utilizó la cultura como escudo, máscara y anestesia. Se vistió de inclusión, pero fue clientelismo. Se vendió como diversidad, pero fue obediencia.
Lo más grave, tal vez, fue la normalización de la mediocridad.
Una mediocridad que no se mide en talento, sino en ética. En procesos turbios, favoritismos descarados, silencios cómplices. Una mediocridad que repitió: “No hace falta que seas bueno. Alcanza con que seas de los nuestros”.
Y mientras tanto, en los márgenes, el arte real seguía sangrando tinta. Una obra escrita en el bondi. Una canción grabada en una cocina prestada. Un mural pintado de apuro, antes de que llegue el patrullero. Ese arte, el que incomoda y arde, sigue vivo. No necesita protocolo ni firma ni sello. Necesita coraje.
Porque el arte, cuando no lo dejan ser libre, se vuelve clandestino.
Y quizá, en esa clandestinidad, recupere la dignidad que le arrebataron las planillas, los afiches y los abrazos de utilería.
Tal vez —quién sabe— dentro de unos años, alguna de esas películas que no vio ni el apuntador gane un premio en el exterior. Y entonces se brindará con champagne estatal, proclamando que fue gracias al “modelo cultural K”. Porque si algo nos sobra, es verso. Lo que nos falta, es verdad.
Un cierre poético para reflexionar
Arte sin permiso
no me financies el grito
si vas a pedirme que lo susurre
no me pongas un precio
si pensás después cobrarme el alma
no me convoques a tu certamen
si el jurado ya sabe a quién aplaudir
no me des una beca
si antes tengo que rendirme
prefiero la guitarra rota
el pincel sin cerdas
la libreta sin hojas
a la limosna con condiciones
porque el arte, si es real,
no es obsecuencia ni planilla
no es cuota ni catálogo
es espina, es pregunta, es salto
y si algún día me ves sin escenario
cantando en la vereda
o escribiendo en los márgenes
no pienses que me perdí
simplemente, me encontré.
I.Nolazco














