El futuro fracasó. Ahora lo puedes ver en Netflix.
En la Argentina del socialismo perfecto —ese experimento que lleva 70 años intentándose y 69 y medio justificándose—, por fin se había alcanzado la anhelada igualdad absoluta: todos cobraban lo mismo, nadie trabajaba y el mérito era considerado una forma de violencia simbólica, una herejía neoliberal.
La escarcha mortal de la tormenta de El Eternauta ya no se veía como una catástrofe, sino como una bendición redistributiva, un logro de la justicia social. “No hay nada más inclusivo que una nevada que mata a todos por igual”, afirmaba sin titubear el ministro de Defensa y Cultura Callejera, quien también ejercía como poeta urbano y vendedor de churros en Tecnópolis.
Ricardo Darín fue elevado a prócer holográfico. El motivo: haber pronunciar la herejía: “en este país te condenan por pensar”. Reaparecía sobre el escenario de El Eternauta Remix 2050 con la solemnidad de un mártir digital:
—Yo no quiero un país de héroes. Quiero un país donde se llegue a fin de mes sin convertirse en mártir… ni en meme. Aunque hoy en día es lo mismo.
Al mismo tiempo, en la Casa Rosada —rebautizada como “Museo Interactivo del Relato Nacional”—, el presidente, un algoritmo con voz de Néstor Kirchner y peinados rotativos entre Evita combativa y Cristina abogada, firmaba decretos que sólo podían leerse en lenguaje inclusivo y con capacitación emocional previa. Las transiciones capilares eran animadas, sincronizadas con cada consigna trending.
Las universidades ofrecían carreras como “Licenciatura en resiliencia climática con orientación de género y neblina ideológica”, y los comedores populares servían sopa de relato con pan de subsidio. Mientras tanto, la TV Pública lanzaba su nueva serie: Che Guevara: influencer del pueblo, con capítulos dirigidos por Lali Espósito y aprobados por el INADI. Amazon Prime, por su parte, estrenaba el documental El Futuro Militante, un drama de 8 episodios narrado por Dolores Fonzi y musicalizado por Trueno, donde el peronismo conquista el año 2100… retrocediendo.
Desde el Mausoleo Bicontinental del Papa Francisco —ubicado entre el Vaticano y una plaza de devoción en Flores— se organizaban misas populares con hologramas del Pontífice recitando sus últimas encíclicas peronistas: Fratelli Tutti con Chori. En ellas, proclamaba: “Donde hay dos o más militando en nombre de Perón, allí también está el Reino”.
La santificación ya era parte del relato institucional. Hebe de Bonafini había sido canonizada como Santa Resistencia de la Valija Milagrosa. Su figura, entronizada en el Santuario del Relato Infinito, lloraba lágrimas de subsidio cada 24 de marzo, mientras drones estatales arrojaban panfletos con sus frases célebres en papel reciclado de causas archivadas.
El Eternauta, aquel héroe colectivo nacido en la historieta, se había convertido en símbolo eterno de la lucha contra los enemigos de siempre: el imperialismo, el FMI, los medios hegemónicos y, últimamente, los influencers libertarios con más de 50 mil seguidores.
Y así, Argentina avanzaba con paso firme hacia su pasado perfecto, donde el futuro siempre es una promesa, el relato nunca caduca y la realidad es solo un detalle técnico.
Nada más apocalíptico que el peronismo.














