Santidad, poder y silencio: el Vaticano a través de los siglos

May 13, 2025 | Internacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista; especialista en agregado de valor y franquicias.

 

El Papa ha muerto. El anillo del pescador se resquebraja en un ritual tan frágil como el cristal de un relicario, como si la eternidad pudiera romperse entre los dedos de un sacristán. Su cuerpo yace bajo el oro de un féretro que brilla como promesa incumplida, mientras la multitud inunda la plaza de San Pedro con sus susurros: un mar de fe que lame los mármoles de Bernini. Los cardenales avanzan, sus capas escarlata arrastrando siglos de polvo, fingiendo que la historia no les muerde los tobillos.
El tiempo aquí no pasa: se fosiliza. Los muros de la basílica guardan ecos de gritos ahogados en cónclaves, de pactos sellados con vino y veneno. «La Iglesia no cambia, solo sobrevive», susurra un archivista entre manuscritos olvidados. Su voz sabe a polvo y derrota. Porque la muerte de un Papa no es un final. Es apenas otro acto en el teatro milenario de la Iglesia, donde cada palabra ha sido dicha antes, cada gesto ensayado, cada lágrima calculada con la precisión de una reliquia exhibida en la vitrina correcta. Lo saben los cardenales que se cruzan en los pasillos del Palacio Apostólico, con la leve inquietud de quienes están a punto de elegir al próximo infalible. Lo saben los fieles que oran sin hacerse preguntas, porque la fe no requiere respuestas. Lo saben incluso los historiadores que han leído demasiado como para creer en la pureza de las instituciones, pero demasiado poco como para no maravillarse ante su persistencia.
Un Papa muere, otro es elegido, el ciclo continúa. La memoria de la Iglesia se reescribe con la meticulosidad de un copista medieval: aquí una herejía tachada, allá un pecado convertido en metáfora, siempre la misma sangre bajo nuevos dorados.
Los Papas que amaron demasiado
Entre estos muros, la santidad huele a sudor y vino derramado. Juan XII jadeó su último aliento no en un lecho sagrado, sino enredado en las sábanas de una adúltera, confirmando que los caminos del Señor son, en efecto, inescrutables. Alejandro VI, ese Lucifer de ojos verdes, convirtió el Vaticano en burdel y campo de batalla: sus hijos bastardos jugaban a la guerra santa con los huesos de los mártires. Benedicto IX, el primer Papa en liquidar su trono al mejor postor, demostró que hasta el Espíritu Santo tiene precio cuando la moneda es lo suficientemente pesada.
La Iglesia predica el celibato con la boca llena de hostias consagradas, pero sus sumos pontífices siempre encontraron fisuras en el dogma. Detrás de los tapices flamencos, entre confesionarios y cálices de oro, florecieron pecados de diseño divino: herejías con olor a almizcle, blasfemias que sabían a piel. Y cuando la muerte los alcanzaba, sus crímenes se volvían leyenda, luego anécdota, finalmente verso suelto en un salmo. Porque en Roma, hasta la condena eterna tiene permiso de residencia.
La Iglesia y la guerra: de las espadas a los silencios
Hubo un tiempo en que Dios cabalgaba junto a los cruzados, su manto blanco manchado de barro y entrañas de infieles. Cada piedra de San Pedro podría contar cómo se forjaron espadas con el oro de las indulgencias, cómo los gritos de las brujas quemadas en Friburgo se convirtieron en notas al pie de los tratados teológicos.
Cuando los hornos de Auschwitz alzaron su humo negro hacia un cielo indiferente, los Papas prefirieron rezar en latín. Cuando las dictaduras sudamericanas llenaban fosas comunes, el Vaticano afinaba su silencio hasta volverlo arte sacra. ¿Qué son décadas de complicidad ante una institución que cuenta el tiempo en siglos? La Iglesia sabe morder su lengua hasta que el peligro pasa, hasta que las víctimas se vuelven estatuas sin placa conmemorativa.
El poder eclesiástico ha perfeccionado el arte de la omisión. En cada época ha sabido qué callar y a quién absolver, a quién canonizar y a quién olvidar. No es la única institución que lo hace, pero es la única que lo hace en nombre de lo eterno.
La muerte y el eterno renacer de la farsa
Ahora yacen los restos del Papa bajo un velo blanco que pretende ser sudario, lápida y borrón. En los sótanos, archiveros sepultan documentos con más cuidado que el usado para enterrar cuerpos. Los cardenales ensayan sonrisas beatíficas y discursos de renovación, mientras las fumarolas de la Capilla Sixtina tejen mentiras piadosas con olor a azufre.
Pronto surgirá un nuevo nombre, un nuevo rostro arrugado como pergamino viejo. Hablará de perdón, de luz, de puertas abiertas. La multitud llorará de emoción, los periodistas escribirán obituarios prematuros al pasado, y las cámaras registrarán cada gesto como si fuera profecía.
Pero en las catacumbas de la burocracia vaticana, entre estantes que guardan secretos como otras iglesias guardan reliquias, un escriba seguirá tachando palabras en documentos que nadie leerá. Su pluma de ganso rasgará el papel con sonido de beso traicionero, porque aquí hasta la verdad se vuelve hereje si amenaza el espectáculo.
Y cuando el humo blanco ascienda de nuevo, alguien en la plaza recordará que Francisco también prometió cambiar las cosas. Entonces mirará a su alrededor, verá las mismas piedras, los mismos ropajes, el mismo humo de siempre. Y se preguntará si la esperanza fue otra reliquia falsa vendida a precio de absolución.

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