El monólogo interrumpido

Jun 15, 2025 | Prosa & Verso

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista.

 

Entre el murmullo de Bloom y el grito de Milei, el relato argentino se quedó sin voz femenina. ¿Quién narra la historia ahora que Cristina está presa, silenciada o fuera de escena?

En el corazón de Ulises, esa novela desmesurada de James Joyce, hay un hombre común que deambula por Dublín durante un solo día. Se llama Leopold Bloom, y todo lo que piensa, siente, recuerda o evita queda expuesto en un flujo de conciencia que nunca calla. Es un forastero en su propia ciudad, un esposo traicionado, un hombre sin épica, pero con una profunda humanidad. A casi un siglo de distancia, otro personaje solitario —aunque estridente, beligerante, ensimismado— ocupa hoy el centro de la escena argentina: Javier Milei. También él irrumpe en un sistema que no lo espera. También él camina entre ruinas —aunque no calle sino que grite.

El extrañamiento es el primer hilo común. Bloom camina por una ciudad que lo mira con sospecha: es judío, publicista, sentimental, raro. No encaja. Milei irrumpe en la política argentina como un cuerpo ajeno: economista ultraliberal, gritón, iconoclasta, marginal al clivaje peronismo-antiperonismo. Si Bloom es la alteridad que la ciudad tolera a duras penas, Milei es la amenaza que el sistema pretende neutralizar, hasta que gana. En ambos casos, la extranjería no es sólo biográfica; es ontológica. Están fuera del relato común.

Pero la forma de habitar esa extranjería difiere. Bloom la asume con melancolía, con una introspección que lo lleva a pensar en la muerte de su hijo, en el cuerpo de su esposa, en los detalles mínimos de la vida. Su potencia está en su pasividad. Milei, en cambio, hace de esa exclusión un acto de guerra. Su lenguaje es performativo, ofensivo, espectacular. Donde Bloom duda, Milei arremete. Donde Bloom observa, Milei grita. “Un grano en el trasero del Estado”, ha dicho de sí mismo.

Bloom es un paria que no busca el centro; Milei es un outsider que lo conquista. Allí está una de las diferencias cruciales. Bloom nunca deja de ser marginal, incluso en su propio hogar. Su monólogo interior es un murmullo que nadie escucha. En cambio, Milei se apropia del centro del sistema con un discurso de demolición. Ha llegado a la presidencia para desmantelar lo que considera un orden corrupto. Su soledad, entonces, no es existencial, sino estratégica: prescinde de partidos, aliados, negociaciones, incluso del protocolo.

Ese contraste se refleja también en el uso del lenguaje. En Ulises, el lenguaje se pliega a la conciencia de los personajes, se vuelve espiralado, fragmentario, hipersensible. En Milei, el lenguaje es un arma. Frases como “zurdos de mierda” o “el Estado es una organización criminal” no son pensamientos: son proyectiles. Y sin embargo, ambos operan en el límite del lenguaje normativo. Bloom piensa como quien divaga. Milei habla como quien tuitea.

Pero hay una presencia que sobrevuela a ambos: Molly Bloom. Su monólogo final, esa corriente incontenible de recuerdos, sensaciones, deseos y afirmaciones (“…y sí dije sí quiero Sí…”), es una de las cumbres de la literatura moderna. Ella es el reverso de Bloom: vital, afirmativa, sexual, rotunda. Si Bloom calla y camina, Molly dice y permanece. En la versión argentina, esa voz también tiene nombre: Cristina. También ella habló cuando todos callaban, también ella narró desde una lógica distinta, no siempre comprensible para el relato dominante. Desde el populismo, con retórica polarizante, con una relación ambigua con los medios y acusaciones recurrentes de corrupción, Cristina construyó un relato propio que no necesitaba del sistema para legitimarse, sino de una comunidad de oyentes fieles.

Cristina, como Molly, sostuvo la historia desde la cama: la de la enfermedad, la del duelo, la del deseo. Su palabra siempre fue un exceso, una afirmación, una provocación. Mientras Milei desarma y ataca, ella representó durante años la posibilidad de un relato alternativo, afectivo, épico. Y ahora que está ausente, que ha sido silenciada o incluso judicialmente apartada, la pregunta se impone: ¿qué sucede con el relato cuando quien lo tejía ya no puede hablar?

Para ella, la condena judicial no fue sólo una derrota política: fue, en sus propios términos, un certificado de dignidad. Como si la sentencia no cerrara la historia, sino que la consagrara. “Me gusta estar sola, tengo cosas en la cabeza, cosas que no puedo decir”, piensa Molly. En esa frase resuena el silencio de Cristina en la última etapa. Mientras Milei llena el vacío con ruido, con insultos, con diagnósticos brutales, el espacio del contrapunto se esfuma.

Bloom, al menos, encontraba un eco en Molly. ¿Quién escucha hoy a Milei? ¿Quién lo contradice desde otro lugar que no sea la confrontación directa?

Este ensayo no busca una equivalencia fácil. Bloom y Milei no son la misma figura. Uno es vulnerable, el otro hipermediático. Uno se disuelve en las calles, el otro se impone en cadena nacional. Pero ambos, a su modo, encarnan una crisis del centro, una fractura del relato. Y en ambos casos, la figura femenina al final del camino (Molly, Cristina) es la que ofrecía una posibilidad de sentido, de cierre, de memoria.

Porque la historia no se escribe solo desde el estrado o el escritorio. También se dice desde la cama, desde la intimidad, desde ese monólogo ininterrumpido que nadie escucha pero que persiste.

Y entonces, la pregunta final deja de ser retórica y se vuelve urgente:

¿Cómo será ese relato ahora que Molly —o Cristina— está presa?

Artículos relacionados

El boom desde sus ausencias

El boom desde sus ausencias

Europa creyó descubrir la literatura latinoamericana en los años sesenta. Tal vez ocurrió algo más incómodo. América Latina llevaba décadas escribiendo su propia revolución y Europa simplemente llegó tarde. El boom iluminó a escritores extraordinarios, pero toda luz...

Cuando el periodismo dejó de leer

Cuando el periodismo dejó de leer

Hay periodistas que saben lo que dijo un ministro esta mañana, pero ignoran que alguien dijo casi lo mismo hace cincuenta años. Conocen el último tuit, la encuesta de la semana, el escándalo que durará hasta mañana y la frase que durante unas horas incendiará las...

Milei y el hombre que recuerda

Milei y el hombre que recuerda

Estaba tomando café cuando apareció Mascarita. No sé exactamente de dónde vino. Tal vez salió de alguna página de El hablador que había quedado abierta sobre la mesa o de esa mala costumbre que tienen ciertos personajes literarios de abandonar los libros cuando...

Cuba, la revolución que alguna vez amamos

Cuba, la revolución que alguna vez amamos

Preparé café y me quedé mirando las volutas que ascendían lentamente sobre la taza. No sé por qué pensé en Cuba. O quizá sí lo sé. Hay países que uno conoce antes de conocerlos. Lugares a los que llegamos primero por los libros, las fotografías, las canciones o las...

Accomarca: la novela que no pude terminar

Accomarca: la novela que no pude terminar

A veces pienso que Lituma pudo haber llegado a Accomarca. No el cabo de una novela, exactamente, sino ese peruano desconcertado que Mario Vargas Llosa condenó a recorrer un país que nunca termina de comprender. Lo imagino subiendo por los caminos de Ayacucho,...

Hasta que la costumbre nos separe

Hasta que la costumbre nos separe

Hay matrimonios que terminan mucho antes del divorcio. Algunos incluso tienen la particularidad de continuar durante décadas después de haber terminado. Pensé en eso mientras desenroscaba una cafetera italiana. La llené de agua hasta debajo de la válvula, coloqué el...

La burguesía que aprendió a levantar el puño

La burguesía que aprendió a levantar el puño

Mi discusión con la izquierda comenzó mucho antes de que supiera que estaba discutiendo con ella. Comenzó en la universidad, estudiando Derecho y Ciencia Política, frente a uno de esos gruesos libros de Historia que convierten las revoluciones en capítulos y las...

El cometa que prometió volver

El cometa que prometió volver

En 1986 todavía mirábamos el cielo. No había teléfonos inteligentes que nos obligaran a caminar con la cabeza inclinada, ni redes sociales capaces de convertir cualquier prodigio en un espectáculo de quince segundos. Para saber qué estaba ocurriendo allá arriba había...

El retrato de Marcelo en la buhardilla

El retrato de Marcelo en la buhardilla

Hay políticos que envejecen. Hay otros que solamente retocan el retrato. Oscar Wilde imaginó a un hombre condenado a conservar intacta su belleza mientras un cuadro escondido acumulaba las marcas de sus miserias. Dorian Gray caminaba por los salones con el rostro...

Pocitolandia y el príncipe de las planillas

Pocitolandia y el príncipe de las planillas

Los viejos bosques saben guardar secretos. Los castillos, en cambio, apenas consiguen esconderlos. Había una vez, al pie de una cordillera donde las acequias parecían espejos y las viñas crecían obedeciendo al sol, un pequeño reino llamado Pocitolandia. Los viajeros...

La epidemia que aprendió a convivir con nosotros

La epidemia que aprendió a convivir con nosotros

Hay enfermedades que obligan a cerrar escuelas, aeropuertos y fronteras. Hay otras que dejan todo abierto porque nadie sospecha que son enfermedades. No producen fiebre. No alteran los análisis clínicos. No llenan hospitales. Sin embargo, modifican elecciones,...

Argentina también tiene su Odisea

Argentina también tiene su Odisea

La nueva versión cinematográfica de La Odisea vuelve a poner una pregunta sobre la mesa: los pueblos no solo se construyen con victorias, también con la forma en que sobreviven a sus propias derrotas. La historia argentina, vista desde esa perspectiva, parece menos...