Crónica de un Dios desarmado

Jun 15, 2025 | Internacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista.

 

Israel e Irán caminan hacia el abismo con la fe de los fanáticos y la ceguera de los poderosos.

Nadie podría decir exactamente cuándo empezó esta guerra, porque en Oriente Medio las guerras no empiezan: se heredan. Se resucitan. Se arrastran como heridas mal cerradas que sangran al menor roce. Algunos la remontan a 1948, cuando el Estado de Israel fue proclamado y la historia volvió a escribirse con sangre sobre la arena. Otros retroceden aún más, a las gestas imperiales de Ciro el Grande o a las conquistas de David. Pero lo cierto es que esta guerra empezó muchas veces, en muchos cuerpos, con muchos nombres, y nunca terminó.

Empezó cuando una bomba cayó sobre Gaza y desfiguró el rostro de un niño que no conocía ni la causa ni la consigna. Empezó cuando un científico iraní fue asesinado en el trayecto habitual a su laboratorio. Empezó cuando un dron atravesó la noche sin testigos, vigilado solo por el ojo frío de una máquina. Y volvió a empezar —como siempre— cuando Israel lanzó su más reciente ataque “preventivo” contra el programa nuclear iraní.

Desde entonces, la región entera se ha tensado como una cuerda a punto de romperse. Irán respondió como solo responde quien no tiene otra salida: con una lluvia de drones, misiles y amenazas que oscurecieron el cielo y, de paso, la política. Israel, en nombre de su supervivencia —esa palabra que en su léxico es sinónimo de agresión— declaró el estado de guerra. En realidad, lo único que ha hecho es oficializar una práctica constante: gobernar desde el miedo y la excepcionalidad.

Hamás en Gaza, Hezbolá en el Líbano, las milicias chiitas en Irak, los hutíes en Yemen. Los enemigos del Estado hebreo no son solo armados: son parte del paisaje. Israel, acorralado, lanza zarpazos en todas direcciones como un animal al que han enseñado que solo la furia lo mantiene con vida. Ya no delibera: actúa. Ya no se pregunta por el futuro: lo castiga.

Durante años, Irán fue más calculador. Jugó su ajedrez en la sombra, delegó la violencia en terceros, cultivó su poder en la penumbra, esperando un día más propicio. Pero ese día, al parecer, ha llegado. Lo que antes era estrategia, ahora es desesperación. O tal vez fatalismo: la convicción de que todo intento de convivencia ha fracasado.

Israel, por su parte, es un país que nació de la necesidad y del espanto. De una promesa ancestral convertida en proyecto político, y de una víctima colectiva convertida en potencia armada. Pero conviene recordar una verdad que suele ser barrida por el viento de los discursos religiosos: la tierra de Israel no fue la entrega de un dios, sino la conquista de un pueblo que supo convertir el trauma en legitimidad y la culpa ajena en apoyo internacional.

La suya no fue una llegada bíblica, sino geopolítica: entre planes de partición, guerras, desplazamientos forzados y victorias militares. A esa fundación no le faltó coraje ni tragedia. Le sobró, eso sí, el mito: la idea de ser un elegido entre naciones malditas. Y lo que comenzó como refugio, se transformó en fortaleza. Y lo que era necesidad, se volvió dogma.

Gaza, hoy, es el ejemplo extremo de ese dogma. No un territorio: un laboratorio de castigo. Tras los atentados de octubre de 2023, la respuesta israelí fue una de las más cruentas de la historia reciente. Entre 50.000 y 100.000 muertos. Ciudades reducidas a polvo. Niños aplastados por escombros. La moral, suspendida por tiempo indeterminado. Y un primer ministro, Benjamín Netanyahu, convencido de que la paz solo se logra con exterminio.

Con Donald Trump en la Casa Blanca —ese caudillo que despreciaba el derecho y celebraba la brutalidad— Israel gozó de carta blanca. Trump no solo bloqueó todo intento de tregua: llegó a imaginar un Gaza sin palestinos, lista para el desarrollo inmobiliario. Su delirio dejó herencia: impunidad, desmemoria y destrucción.

La ofensiva se expandió. Contra Hamás, sí. Pero también contra cualquier vestigio de resistencia, de identidad árabe, de derecho palestino. Contra la noción misma de que puede haber otro en esa tierra. En esa cruzada, Netanyahu quiso someter al Líbano, advertir a Teherán, disuadir a Yemen, aplastar a Siria, borrar a Gaza. Todo junto. Todo ahora. Todo con fuego.

Hoy, el equilibrio regional es una ruina. Y el tabú nuclear —ese que durante décadas fue amenaza, no promesa— comienza a tambalear. Israel nunca lo confirmó ni lo negó, pero todos lo saben. Irán lo niega, pero nadie lo cree. El miedo atómico dejó de ser ficción.

La ONU balbucea. Las potencias occidentales evitan intervenir. La Corte Penal Internacional emite órdenes de arresto. La Corte de Justicia exige cesar el genocidio. Pero no hay obediencia: solo misiles, evacuaciones, funerales. El mundo asiste como espectador que no quiere ver.

Israel, en su obsesión por ser invulnerable, se ha vuelto insostenible. En su afán de castigar, ha dejado de imaginar. Y lo que fue un proyecto de supervivencia, hoy es una máquina sin freno, aceitada por la memoria del dolor, pero vaciada de razón.

Y entonces aparece la pregunta más honda, la más inquietante: ¿de dónde viene esta tragedia?

Quizás del peor invento humano: la idea de un dios que elige, que bendice a un pueblo y condena a los otros. Un dios que no habla, pero en cuyo nombre se mata. Un dios que no baja del cielo, pero que justifica todos los infiernos.

Porque si algo le ha hecho daño a la humanidad, no ha sido el odio ni la guerra, sino la invención de un dios que justifica ambas.

“Así fue escrito:

El día que el hombre creó a Dios, dejó de escuchar al otro hombre.

Porque creyó que su voz venía del cielo, y la del enemigo del infierno.

Desde entonces, mató con devoción, odió con fe, y lloró solo cuando se sintió traicionado por su propio altar.

Dios no eligió a nadie.

Pero los hombres eligieron matarse creyendo que sí.”

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