Balas y utopías: relato del fuego Latinoamericano

May 17, 2025 | Internacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista.

 

Manual de revolución para principiantes con machete
En un rincón del continente donde la selva es más espesa que los silencios y el viento lleva consigo los susurros de los siglos, nació la guerra como nacen los ríos: sin pedir permiso. Dicen los abuelos que el primer disparo se escuchó en las entrañas del monte colombiano, donde un campesino de mirada obstinada, Pedro Antonio Marín, que luego se llamaría Manuel Marulanda o simplemente Tirofijo, afilaba machetes contra las injusticias. A su lado, un hombre de voz suave y mirada de acero, Jacobo Arenas, le susurraba teorías marxistas como si fueran cuentos de medianoche, tejiendo el alma de lo que serían las FARC. Nadie se preguntó si el machete podía transformarse en arado antes de empuñar el fusil.
El médico, los hermanos y la pólvora en la mochila
Mucho antes de que los presidentes nacieran o los dictadores cayeran, un médico asmático de voz ronca recorría los Andes con un cuaderno de anotaciones. Ernesto, el Che, vio en la miseria de los pueblos la enfermedad más antigua del continente. En Cuba conoció a un abogado llamado Fidel, cuyo verbo incendiaba los muros del cuartel Moncada y cuyo hermano, Raúl, cargaba fusiles y esperanzas como si fueran una sola cosa. Juntos cruzaron el mar en un barco llamado Granma, y en Sierra Maestra aprendieron que la revolución no solo se escribe, se dispara. Y sin embargo, mientras las balas abrían paso al socialismo, también cavaban tumbas para sueños que podrían haberse cultivado con palabras.
En los bordes del alma caribeña, una ingeniera de nombre Vilma —Vilma Espín, la guerrillera del amor y la pólvora— tejía también otra revolución: la de las mujeres. Y en la selva, otro rebelde sin sotana, Camilo Torres, bendecía la lucha con salmos marxistas, convencido de que Cristo era también un guerrillero. Nadie, ni siquiera él, se atrevía a pensar si acaso los evangelios no eran más eficaces sin metralla.
El día que los profetas fundaron repúblicas
En Nicaragua, cuando la tierra temblaba de injusticia, un muchacho con cara de profeta —Daniel Ortega— levantaba la bandera del sandinismo y echaba abajo la dictadura de Somoza como si fuera un mito antiguo. Pero los años pasaron, y Ortega, que una vez había prometido liberar al pueblo, se convirtió en el carcelero de nuevas generaciones, repitiendo la historia con otros grilletes. ¿Será que la revolución siempre lleva en su vientre la semilla de la tiranía?
En El Salvador, un maestro llamado Salvador Sánchez Cerén, con voz de trueno mudo, prometía dignidad con la pólvora en los dedos. En su nombre, como en tantos otros, se mataba y se moría por la patria. Pero el fuego cruzado rara vez distingue entre verdugos y víctimas, y cuando llegó la paz, lo que quedó fue una patria herida.
De los sótanos de la historia a los palacios de gobierno
Más al sur, donde el Río de la Plata lame las piedras con acento triste, nacieron los Tupamaros. Raúl Sendic y José Mujica fueron camaradas de lucha, unidos por la misma pólvora y el mismo sueño de justicia. Asaltaban bancos con poesía y fusiles, pero soñaban con escuelas en los barrios. Mujica fue encerrado trece años entre sombras y cucarachas, y al salir no pidió venganza, pidió flores. De todos los guerrilleros, fue quizá el que más cerca estuvo de entender que la revolución verdadera no se logra con violencia.
En Brasil, donde las favelas son laberintos del alma, una muchacha de ojos brillantes, Dilma Rousseff, se alzó contra la dictadura. Fue detenida, golpeada, silenciada, pero no vencida. Décadas después, las urnas le devolvieron la voz que las torturas no pudieron apagar. Y sin embargo, la democracia que conquistó no necesitaba de pólvora, sino de paciencia.
En un barrio húmedo de Bogotá, un joven economista con cara de poeta, Gustavo Petro, tomó la palabra como antes tomó las armas. Fue del M-19, el grupo que robó la espada de Bolívar para recordarle al continente que aún tenía filo. Petro, como otros antes que él, cambió la selva por el Senado, y luego por la Casa de Nariño. Tal vez intuyó que los ideales tienen más futuro si se escriben en papel que en pólvora.
Cuando las balas se cansaron de hacer justicia
Así, la historia guerrillera de América Latina se enredó como una telaraña entre montes, ciudades y corazones. Cada guerrillero fue un personaje de un realismo más mágico que trágico, más humano que doctrinario. Unos murieron con el fusil en la mano, otros cambiaron la pólvora por discursos, y unos pocos llegaron a gobernar los mismos países que antes incendiaron con sus utopías.
Pero al final, el autor de esta historia —que no es más que un cronista de silencios— se pregunta si no fue un camino equivocado. Si la sangre derramada no era tinta desperdiciada. Si la revolución, en su intento de justicia, no confundió el medio con el fin. Porque al mirar atrás, entre ruinas y monumentos, queda la sospecha de que el sueño era justo, pero el método equivocado.
Y es que, como ironía del destino, la guerrilla no solo desató revoluciones: también encendió las alarmas de las dictaduras, justificó los golpes militares, y en muchos países, dio pie al terrorismo de Estado. Fue en nombre del orden que se arrasaron aldeas, se desaparecieron voces, y se tejió un nuevo horror bajo bandera distinta.
La nostalgia también sabe empuñar fusiles
La selva aún susurra sus nombres. Y en los cafés de los pueblos, entre el olor a lluvia y tierra, alguien siempre cuenta la historia de aquellos hombres y mujeres que, por amor o rabia, quisieron cambiar el destino de un continente entero.
Quizá no lo lograron como pensaban, pero el polvo de sus botas sigue en los caminos de América. Y el eco de sus balas se ha vuelto palabra, mito, memoria. Y, quizás, advertencia.

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