El boom desde sus ausencias

Sep 12, 2026 | Prosa & Verso

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista, novelista y ensayista.

 

Europa creyó descubrir la literatura latinoamericana en los años sesenta. Tal vez ocurrió algo más incómodo. América Latina llevaba décadas escribiendo su propia revolución y Europa simplemente llegó tarde. El boom iluminó a escritores extraordinarios, pero toda luz proyecta una sombra. Y en esa sombra también se escribieron obras enormes.

Hay una fotografía que hemos visto tantas veces que terminamos confundiéndola con la historia. Cortázar, García Márquez, Vargas Llosa, Carlos Fuentes. A veces aparece José Donoso. Hay cigarrillos, cafés, tertulias, editoriales españolas y una Barcelona que por algunos años pareció convertirse en la capital accidental de la literatura latinoamericana. La fotografía es verdadera. Lo discutible es creer que dentro de ella cabe toda una época.

Porque el boom también debería estudiarse desde sus ausencias.

Durante décadas repetimos una versión demasiado cómoda. En algún momento de los años sesenta, América Latina produjo una generación extraordinaria de escritores y Europa quedó fascinada. Aparecieron Rayuela, La ciudad y los perros, Cien años de soledad, La muerte de Artemio Cruz y el continente, aparentemente, aprendió a contarse.

Pero las literaturas no nacen de repente y mucho menos por decreto editorial.

Cuando García Márquez llegó a Macondo, Juan Rulfo ya había llenado Comala de muertos que conversaban como si morir fuera apenas otra manera de quedarse en el pueblo. Cuando Cortázar comenzó a desordenar nuestra percepción de lo cotidiano, Borges llevaba décadas construyendo bibliotecas infinitas, laberintos, espejos y universos donde la realidad tenía la mala costumbre de parecerse demasiado a la ficción. Y mucho antes, desde otra lengua y otra tradición, William Faulkner había creado Yoknapatawpha para demostrar que no hacía falta poseer el mundo entero para contar la condición humana. Bastaba inventar un territorio y hundirse profundamente en él.

La pólvora, entonces, ya estaba puesta.

Europa no inventó la explosión. Escuchó el ruido.

Y después hizo algo decisivo. Encendió los reflectores.

Ahí comienza la parte menos romántica de la historia.

No pretendo disminuir a los protagonistas del boom. Sería una estupidez. García Márquez, Vargas Llosa, Cortázar y Fuentes no necesitan que ningún fenómeno editorial justifique su dimensión literaria. Sus obras sobrevivieron al marketing, a las modas, a las disputas ideológicas y hasta a ellos mismos. Tampoco fueron aquella fraternidad perfecta que algunas fotografías parecen sugerir. Las amistades tuvieron límites, las diferencias políticas crecieron y el célebre puñetazo de Vargas Llosa a García Márquez terminó convirtiéndose, involuntariamente, en una metáfora magnífica. Aquellos hombres podían compartir una época sin compartir necesariamente una hermandad.

El problema no son quienes aparecen en la fotografía.

El problema es creer que no había nadie fuera de ella.

Detrás de cualquier fenómeno cultural existe algo menos poético que la inspiración, pero igualmente determinante. Hay editoriales, agentes, traducciones, críticos, suplementos culturales, universidades, premios, contactos, viajes y dinero. Para convertirse en escritor universal no alcanza con escribir una obra universal. Alguien tiene que publicarla, distribuirla, traducirla, comentarla y colocarla en las manos adecuadas.

El talento escribe el libro. La maquinaria cultural decide hasta dónde viaja.

Y allí el boom deja de ser únicamente un acontecimiento literario para convertirse también en un fenómeno editorial. No porque Europa fabricara escritores latinoamericanos, sino porque construyó carreteras para que algunos de ellos circularan por el mundo.

Otros siguieron caminando.

Blanca Varela es una de esas presencias que permiten entender las ausencias. Peruana, extraordinaria, vinculada a algunos de los grandes círculos intelectuales de su tiempo, reconocida tempranamente por Octavio Paz, vivió en París y conoció desde dentro aquel universo cultural. Sin embargo, cuando pronunciamos la palabra boom, difícilmente pronunciamos su nombre.

¿Por qué?

Quizá porque el encuadre era más pequeño que la literatura.

El boom no solamente privilegió escritores. Privilegió una forma literaria capaz de atravesar fronteras con enorme eficacia comercial. La novela. Las editoriales necesitaban grandes historias, universos reconocibles, territorios narrativos capaces de convertirse en acontecimientos internacionales. La poesía viajaba de otra manera, con otros tiempos y otros públicos. Y con ella quedaron en un segundo plano voces que no encajaban perfectamente en aquella fotografía exportable de América Latina.

También estaba el hecho de ser mujer. No faltaban escritoras extraordinarias. Faltaban las mismas condiciones de circulación. El mundo cultural de entonces ofrecía a los hombres mayores posibilidades para viajar, relacionarse, publicar, instalarse en determinados círculos intelectuales y convertirse en figuras públicas. No hacía falta una conspiración reunida alrededor de una mesa en Barcelona. Las estructuras sociales suelen ser mucho más discretas y, precisamente por eso, bastante más eficientes.

Pero tampoco deberíamos cometer el error contrario y convertir una revisión literaria en un tribunal contemporáneo contra el pasado. No se trata de bajar a García Márquez para subir a otra persona, ni de borrar a Vargas Llosa para corregir una fotografía sesenta años después. Eso sería reemplazar una simplificación por otra.

Hay que ampliar el encuadre.

Porque mientras Macondo comenzaba a conquistar el mundo, América Latina estaba llena de otros territorios literarios. Borges había construido sus laberintos. Rulfo escuchaba las voces de Comala. Onetti levantaba Santa María. Alejo Carpentier había pensado lo real maravilloso. José María Arguedas intentaba escribir un Perú donde convivían dolorosamente distintas lenguas, culturas y maneras de comprender el mundo. Blanca Varela convertía el silencio en una forma brutal de poesía.

No había una literatura latinoamericana.

Había muchas.

Tal vez allí radique nuestra verdadera riqueza y también el error de pretender encontrar un padre para cada fenómeno. Faulkner influyó profundamente. Borges abrió puertas que todavía seguimos atravesando. Rulfo hizo hablar a los muertos sin pedirles permiso para regresar. Carpentier formuló una manera diferente de comprender lo maravilloso americano. García Márquez tomó tradiciones, memoria, oralidad, imaginación y experiencia histórica y construyó una de las síntesis narrativas más extraordinarias del siglo XX.

La literatura nunca nace de un solo hombre.

Cada escritor escribe acompañado por una biblioteca de fantasmas.

Quizá por eso deberíamos volver a mirar aquella famosa fotografía del boom. No para arrancar a nadie de ella, sino para preguntarnos qué había alrededor cuando el fotógrafo decidió apretar el obturador. Quién estaba escribiendo unas calles más allá. Quién tenía una novela extraordinaria pero no un agente literario. Quién escribía poesía cuando las editoriales buscaban novelas. Quién no podía viajar a París o Barcelona. Quién escribía desde Lima, Buenos Aires, México, Santiago o cualquier pequeño pueblo latinoamericano mientras Europa celebraba haber descubierto una literatura que llevaba décadas existiendo sin pedirle permiso.

El boom fue extraordinario. Pero quizá nunca fue el nacimiento de la gran literatura latinoamericana.

Fue el momento en que el mundo decidió mirarla.

Y ahí aparece la pregunta que verdaderamente me interesa. No quiénes fueron los escritores del boom. Eso lo sabemos y llevamos medio siglo repitiéndolo.

La pregunta incómoda es quién decidió cuáles de nuestras voces representarían a América Latina ante el mundo.

Tal vez la historia completa no esté en quienes aparecen sonriendo en aquella fotografía.

También está en quienes quedaron fuera.

No hace falta cambiar la historia.

Hace falta correr la cámara.

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