Hay causas demasiado grandes para los gobiernos que pretenden administrarlas. Malvinas es una de ellas. Existía antes de Galtieri, sobrevivió a Galtieri y seguirá existiendo cuando los nombres de quienes gobiernan hoy sean apenas una nota al pie de alguna página de historia. Por eso, para comprender lo ocurrido en 1982, hay que separar por un momento Malvinas de la guerra de Malvinas. Porque no son exactamente lo mismo.
Una cosa es el reclamo argentino sobre las islas, construido durante generaciones y sostenido mucho antes de que los militares llegaran al poder. Otra, bastante distinta, es preguntarnos por qué una dictadura debilitada decidió recuperarlas por las armas precisamente en 1982.
La respuesta comienza, curiosamente, no el 2 de abril, sino tres días antes. El 30 de marzo de 1982 las calles argentinas no gritaban por Malvinas. Gritaban contra la dictadura. La CGT había convocado una movilización bajo una consigna elemental y desesperada, «Paz, Pan y Trabajo». Hubo represión y detenidos. El gobierno militar atravesaba una crisis económica, social y política cada vez más difícil de contener.
Tres días después, las tropas argentinas desembarcaron en las islas.
Sería demasiado sencillo afirmar que la operación nació para tapar aquella protesta. No fue así. La alternativa militar venía estudiándose desde antes. Pero el contexto permite comprender algo mucho más profundo. La Junta encontró en Malvinas aquello que ningún discurso económico, ninguna censura y ninguna represión podían proporcionarle ya. Una causa capaz de unir a los argentinos.
Y la utilizó.
El Informe Rattenbach, elaborado después de la derrota por una comisión militar argentina, sería devastador. Analizó el deterioro del Proceso de Reorganización Nacional y dejó expuestos graves errores políticos, estratégicos y militares. Entre ellos, la equivocada apreciación de la posible reacción británica y del comportamiento que tendría Estados Unidos.
Allí está quizá la clave de toda la tragedia. Los militares argentinos aparentemente no fueron a Malvinas convencidos de poder derrotar militarmente a Gran Bretaña. Fueron convencidos de que no tendrían que hacerlo.
El razonamiento era audaz y terriblemente irresponsable. Ocupar para negociar. Crear un hecho consumado, colocar nuevamente la bandera argentina en las islas y obligar a Londres a discutir seriamente la soberanía.
El problema apareció cuando el adversario se negó a representar el papel que Buenos Aires le había asignado.
Gran Bretaña mandó la flota.
Y entonces Argentina descubrió algo terrible. Había preparado una ocupación mucho mejor de lo que había preparado una guerra. Una cosa era desembarcar. Otra, sostener las islas frente a una potencia naval con submarinos nucleares, tropas profesionales y una capacidad logística que la conducción argentina había subestimado. Cuando aquello que se consideraba improbable ocurrió, comenzó la improvisación.
Pero entre aquellos cálculos políticos y aquellos errores estratégicos había hombres. Muchachos. Soldados enviados a convertir en realidad una decisión que otros habían tomado sobre escritorios.
Aquí debemos ser cuidadosos con la historia. Una cosa es juzgar a quienes decidieron la guerra y otra muy diferente juzgar a quienes la combatieron. La precariedad logística y los errores de conducción no disminuyen el valor de quienes estuvieron allí. Mientras arriba alguien calculaba probabilidades diplomáticas, abajo había pilotos volando al límite de su autonomía, marinos enfrentando un océano convertido en campo de batalla y soldados esperando entre el frío, el barro y el viento.
Ellos no combatían para prolongar el mandato de Galtieri. Combatían por Argentina. Y esa diferencia moral es enorme.
Quizá por eso una de las imágenes más inquietantes de aquella historia no está en las islas. Está en Buenos Aires. El 30 de marzo una dictadura acorralada reprimía manifestantes. Pocos días después, la Plaza de Mayo estaba llena y Galtieri aparecía en el balcón.
Por unos instantes debió creer que había ocurrido el milagro político que necesitaba. El gobierno que comenzaba a quedarse solo había encontrado una multitud. El régimen que perdía legitimidad había conseguido apropiarse momentáneamente de una causa cuya legitimidad no dependía de él.
Pero confundió algo fundamental. La gente podía estar allí por Malvinas sin estar allí por Galtieri. La bandera argentina era mucho más antigua que el uniforme del hombre que hablaba desde aquel balcón.
El poder suele cometer ese error. Cuando una multitud acompaña una causa, el gobernante termina creyendo que la multitud lo acompaña a él. La dictadura convocó al patriotismo y después quedó atrapada en su propio discurso. La operación destinada a fortalecer una negociación terminó convirtiéndose en una guerra que Argentina no estaba preparada para sostener.
Y allí aparece la paradoja más cruel de 1982. La dictadura buscó en Malvinas una forma de prolongar su vida y terminó acelerando su muerte. Quiso recuperar legitimidad y terminó perdiendo lo que le quedaba. Quiso transformar una causa nacional en capital político y terminó entregándole a la democracia uno de los argumentos definitivos contra el régimen militar.
Pero sería igualmente injusto permitir que la dictadura se llevara consigo la causa cuando cayó. Malvinas no pertenece a Galtieri ni a la Junta Militar. Malvinas pertenece a una historia argentina que comenzó mucho antes de 1982. La memoria de aquella guerra pertenece especialmente a quienes fueron enviados a combatirla, a quienes regresaron y tuvieron que aprender a vivir después de ella y a quienes todavía permanecen allí.
Podemos entonces afirmar que las Malvinas son argentinas y preguntarnos, al mismo tiempo, si la guerra de 1982 fue una irresponsabilidad política y estratégica. Podemos honrar al soldado y condenar al general. Defender la soberanía y cuestionar la guerra. Recordar a los caídos sin convertir en héroes a quienes los enviaron.
Porque una patria madura no necesita mentirse para honrar a sus muertos.
Los soldados fueron a Malvinas llevando una bandera. La Junta fue llevando también sus cálculos. Unos pusieron el cuerpo. Los otros apostaron su permanencia en el poder.
Cuando todo terminó, el 14 de junio de 1982, la historia hizo una distinción que todavía conviene recordar.
Los generales terminaron cayendo. Los soldados quedaron para siempre.
Y Malvinas también.
Por eso hay que desconfiar cuando detrás de Malvinas aparece el cálculo político. Las Malvinas son de todos los argentinos. No pertenecen a un gobierno, a un partido ni a una elección. No son una palabra que pueda sacarse del cajón cuando conviene al calendario político y volver a guardarse cuando ya no sirve.
En 1982 ya aprendimos cuánto puede costar confundir una causa nacional con las necesidades de un gobierno.
Cuidado, Javier. Este tango ya lo lloramos.














