Ni comprendo ni aprendo: La educación argentina según PISA

Sep 8, 2026 | Nacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista, novelista y ensayista.

 

Hay algo cruel en las pruebas PISA. Cada cierto tiempo llegan unos señores con preguntas, sientan a nuestros chicos frente a un examen y después nos cuentan aquello que llevamos años intentando no mirar. Entonces aparecen ministros, especialistas, funcionarios y pedagogos explicando los números. Se cuestiona la metodología, se culpa al gobierno anterior y alguien anuncia inevitablemente que ahora sí comenzará la transformación educativa. Después pasan los días, guardamos los gráficos en algún cajón del ministerio y seguimos adelante. Hasta la próxima prueba. Hasta el próximo fracaso.

Esta vez los números tienen la frialdad de una autopsia. Argentina obtuvo en PISA 2025 apenas 367 puntos en Matemática, 389 en Lectura y 393 en Ciencias. El 76 por ciento de los estudiantes de quince años quedó por debajo del nivel mínimo en Matemática y el 59 por ciento tampoco lo alcanzó en Lectura y Ciencias. Dicho sin la delicadeza de las estadísticas, casi ocho de cada diez chicos tienen dificultades para resolver problemas matemáticos considerados adecuados para su edad y seis de cada diez no alcanzan el umbral mínimo esperado en comprensión lectora y ciencias.

Podemos discutir PISA, claro. Una evaluación internacional jamás explicará completamente lo que ocurre dentro de un aula de Jáchal, Buenos Aires, Córdoba o La Quiaca. Podemos hablar de pobreza, pandemia, teléfonos celulares, familias y salarios docentes. Todo merece discutirse. Lo que resulta bastante más difícil es discutir contra veinte años de decadencia.

En Matemática, el porcentaje de estudiantes argentinos que alcanzaba al menos el nivel mínimo era del 36 por ciento en 2006 y 2009. Después fue 34 por ciento en 2012, 31 en 2018, 27 en 2022 y ahora apenas 24. La Argentina educativa lleva casi dos décadas descendiendo una escalera mientras cada gobierno asegura estar subiéndola.

Y esa es la primera verdad incómoda. Este fracaso no tiene un único dueño. Pasaron presidentes, ministros, partidos y discursos diferentes. Cada administración recibió la educación prometiendo repararla, explicó durante un tiempo que la culpa pertenecía a quienes habían gobernado antes y finalmente dejó el problema sobre el escritorio del siguiente. La educación argentina consiguió así una extraña política de Estado. No mejorar sostenidamente, sino encontrar siempre un culpable anterior.

Pero existe otra discusión bastante menos cómoda porque obliga a levantar la mirada desde los pupitres hasta los despachos.

A los docentes les exigimos títulos, capacitaciones, concursos y resultados. A los estudiantes les exigimos estudiar, comprender y aprobar. Está bien. Lo curioso ocurre cuando ascendemos por el organigrama estatal y la palabra idoneidad comienza a volverse más flexible. Allí aparecen la confianza política, la pertenencia, la cercanía con el poder y esa vieja institución latinoamericana que ningún manual de administración pública reconoce, pero todos conocemos perfectamente, el amigo del amigo.

No significa que todo funcionario sea incapaz ni que cada cargo haya sido entregado por amistad. Significa algo más serio. Un Estado que no garantiza que la competencia técnica prevalezca sobre la conveniencia política deja abierta la puerta para convertir también la educación en territorio de reparto.

Y entonces llegó San Juan para regalarnos una escena casi demasiado perfecta para este ensayo.

La ministra de Educación, Silvia Fuentes, salió a responder los resultados y señaló que solamente habían participado 70 alumnos sanjuaninos. Luego explicó que, después de los avances en Lengua, “tenemos que apostar en Matemática”.

Me quedé pensando en los 70.

Porque si la muestra de PISA fue diseñada para ser representativa de San Juan, decir que “solo participaron 70” no explica absolutamente nada. Una muestra no pierde validez porque al funcionario le parezca pequeño el número. Y si esos 70 estudiantes no constituyen una muestra estadísticamente representativa de la provincia, entonces la aclaración pertinente no era destacar que eran pocos, sino explicar que los resultados no permiten realizar inferencias específicas sobre San Juan.

Pero “solo fueron 70” suena mejor.

Tiene algo de defensa futbolera. Perdimos, sí, pero la cancha estaba mojada.

Y viniendo de una ministra de Educación, la ironía casi se escribe sola. Mientras PISA acaba de advertir que casi ocho de cada diez estudiantes argentinos no alcanzan el nivel mínimo en Matemática, la respuesta política consiste en relativizar un resultado hablando del tamaño de una muestra sin explicar su representatividad estadística.

Después vino aquello de que “tenemos que apostar en Matemática”.

Apostar.

Quizá ese verbo explique más de nuestra educación de lo que pretendía la propia ministra. Yo preferiría que no apostemos. Para apostar están los casinos. En Educación convendría planificar, enseñar, medir, corregir y volver a evaluar. Porque si después de conocer semejantes resultados nuestra política educativa depende de una apuesta, al menos deberían decirnos las probabilidades.

Mientras tanto seguimos fascinados por aquello que puede mostrarse. Entregamos computadoras, inauguramos edificios, repartimos certificados y organizamos actos. Una computadora puede ser una herramienta formidable. El problema comienza cuando confundimos herramientas con resultados.

Los sistemas educativos que ocupan los primeros lugares de PISA no construyeron su excelencia sobre la sencilla ecuación de repartir computadoras y esperar conocimiento. Detrás existen formación docente, exigencia académica, planificación, evaluación, continuidad y capacidad institucional. Nosotros parecemos fascinados por aquello que cabe dentro de una fotografía.

Una computadora se entrega, se fotografía, se publica y se contabiliza.

El conocimiento no.

El conocimiento tarda. No corta cintas. No lleva el nombre de ningún gobernador y tiene un defecto terrible para la política. Sus resultados pueden aparecer cuando quien tomó la decisión ya no ocupa el cargo. Porque una computadora puede encenderse con un botón. La inteligencia de un sistema educativo, no.

Tal vez llevamos demasiado tiempo evaluando únicamente hacia abajo. PISA evalúa a los chicos de quince años. Está bien. Pero algún día podríamos organizar nuestra propia prueba y sentar frente a un escritorio a ministros, secretarios, subsecretarios, directores y asesores. Sin fotógrafos, sin maquillaje, sin discursos ni asesores de prensa y, sobre todo, sin posibilidad de preguntarle la respuesta a quien los nombró.

Matemática, Lectura, Ciencias, Pedagogía, Presupuesto, Gestión Pública y Política Educativa.

Dos horas. Lápiz y papel.

Después publicamos los resultados.

Quizá entonces descubramos que el fracaso educativo argentino no comienza cuando un adolescente no comprende un texto o no puede resolver una proporción. Comienza mucho antes, cuando confundimos confianza con capacidad, pertenencia con idoneidad, propaganda con gestión y entregar herramientas con producir conocimiento.

PISA evalúa a nuestros alumnos. Por suerte para algunos funcionarios, todavía no evalúa a los ministros. Porque más grave que descubrir que nuestros chicos no alcanzan los conocimientos mínimos sería descubrir que, para llegar a algunos de los escritorios desde donde se decide su educación, nunca hubo que rendir ningún examen.

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