Cuando el periodismo dejó de leer

Sep 5, 2026 | Prosa & Verso

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista, novelista y ensayista.

 

Hay periodistas que saben lo que dijo un ministro esta mañana, pero ignoran que alguien dijo casi lo mismo hace cincuenta años. Conocen el último tuit, la encuesta de la semana, el escándalo que durará hasta mañana y la frase que durante unas horas incendiará las redes. Pueden recitar nombres, porcentajes y declaraciones con una velocidad admirable. El problema comienza cuando se apagan las pantallas y queda una pregunta bastante más incómoda. ¿Entendieron algo?

El buen periodismo siempre fue un oficio de gente curiosa y, por eso mismo, inevitablemente culta. No hablo de acumular títulos universitarios ni llenar una columna de citas para demostrar cuánto se ha leído. La cultura no es pedantería ni una biblioteca utilizada como escenografía. Es memoria, historia, literatura, música, economía, filosofía, derecho, cine, calle, fútbol y conversaciones de café. Cultura es saber que ninguna noticia nació esta mañana.

Argentina podría contarse como la historia de un país que periódicamente olvida lo que ya le ocurrió. No se puede entender el peronismo mirando solamente a Perón. Hay que mirar la Argentina anterior, las migraciones internas, los trabajadores ocupando nuevos espacios, la radio entrando en las casas, Eva convertida en símbolo y aquellas multitudes descubriendo que también podían ser protagonistas de la fotografía nacional. Tampoco puede comprenderse el antiperonismo sin estudiar sus razones, sus miedos y sus intereses. Pero resulta mucho más fácil elegir una camiseta, peronista o antiperonista, y asunto terminado.

Así comienza a morir el periodismo. No cuando se equivoca, porque equivocarse pertenece al oficio, sino cuando deja de intentar comprender.

La dictadura de 1976 dejó otra lección que todavía incomoda. El periodismo también puede mentir diciendo verdades incompletas. Puede publicar aquello que el poder permite, esconder lo que molesta y convertir un comunicado oficial en noticia. Algunas veces el silencio también tiene tipografía. En 1983 regresó la democracia y con ella palabras que durante años habían debido pronunciarse en voz baja. El Juicio a las Juntas fue mucho más que un acontecimiento judicial. Fue un país sentado frente a su propio espanto. Para narrarlo no alcanzaba con conocer códigos y expedientes. Había que comprender el miedo, la memoria y la dimensión moral de una sociedad intentando reconstruirse.

Después llegó Menem y la política descubrió que también podía bailar frente a las cámaras. La Ferrari, las celebridades, el deporte, la televisión. Muchos se quedaron mirando las patillas y no advirtieron algo bastante más profundo. La política comenzaba a convertirse en espectáculo y el espectáculo aprendía que también podía hacer política.

Pasaron los presidentes y permaneció la enfermedad. Con el kirchnerismo las trincheras se hicieron más profundas. Cada lado construyó sus héroes, villanos, periodistas, medios y finalmente hasta sus propios hechos. El conflicto con el campo y la confrontación con Clarín convirtieron parte del debate público en una disputa por quién tenía derecho a contar la realidad. Algunos periodistas comenzaron a preguntar menos para comprender y más para confirmar aquello que ya pensaban. El entrevistado dejó de ser una fuente y se convirtió en aliado o enemigo.

Con Macri cambió la estética. Llegaron los timbreos, las fotografías estudiadas, los mensajes breves y las redes cuidadosamente administradas. Y después llegó Milei. Quizá no haya inventado esta época. Quizá simplemente la haya entendido mejor que muchos.

Casta, zurdos de mierda, ensobrados, degenerados fiscales. Del otro lado llegan respuestas con frecuencia igualmente feroces. Cada tribu tiene su diccionario. El periodista podría detenerse y preguntar qué significa todo aquello, pero detenerse cuesta audiencia. Entonces reproduce. El insulto se convierte en título, el título produce clics, los clics producen números y los números se venden como audiencia. Mañana habrá otro insulto y la máquina volverá a ponerse en movimiento.

Sería demasiado sencillo responsabilizar solamente a Milei. Esta degradación comenzó mucho antes. El problema aparece cuando el periodista acepta las reglas y deja de explicar para limitarse a retransmitir. Cuando periodismo y cultura se separan, el debate de ideas desaparece lentamente. Ya no preguntamos qué piensa alguien, sino de qué lado está. Si es de los nuestros, justificamos. Si es de los otros, condenamos. Eso no es periodismo. Es una tribuna con micrófono.

La cultura debería defendernos de esa pobreza. Quien ha leído historia desconfía cuando un político anuncia que todo comienza con él. Quien conoce economía pregunta de dónde salió el porcentaje. Quien conoce derecho distingue una denuncia de una condena. Quien ha leído literatura sabe que los seres humanos pueden ser víctimas y verdugos durante el mismo día. Y quien conoce la calle sabe que la cultura tampoco vive exclusivamente entre tapas duras. Está Borges, pero también Discépolo, Charly García, Quino, una cancha un domingo y una conversación de sobremesa.

Todo eso debería entrar a una redacción. Porque para escribir sencillo hay que haber pensado mucho. Lo difícil no es utilizar palabras complicadas. Lo difícil es comprender algo complejo y explicarlo sin mutilarlo.

Pero existe otra pobreza, menos intelectual y bastante más peligrosa. El dinero.

La relación entre poder político y medios no comenzó ayer ni pertenece a un partido. Gobiernos de distintos signos comprendieron hace tiempo que controlar un periódico no requiere necesariamente clausurarlo. Algunas veces resulta más eficiente financiarlo. La pauta oficial tiene una función legítima. El Estado necesita comunicar campañas, servicios y actos de interés público. El problema comienza cuando se transforma en un sistema de premios y castigos.

Entonces no hace falta que un funcionario llame para ordenar que una noticia no se publique. A veces nadie llama. El director sabe, el editor sabe, el periodista sabe. Y la nota simplemente no existe. Ese es quizá el mecanismo más sofisticado de censura porque no necesita censores. El miedo a perder ingresos hace el trabajo.

No todo medio que recibe pauta está comprado ni todo periodista que trabaja allí ha vendido su conciencia. Afirmarlo sería intelectualmente pobre. La pregunta importante no es solamente cuánto dinero recibe un medio. La pregunta verdaderamente incómoda es si ese dinero modificó su silencio. Investigar solamente al adversario es oposición. Esconder los errores de quienes nos agradan es propaganda. El periodismo comienza cuando somos capaces de hacerle a un amigo la misma pregunta que le haríamos a un enemigo.

No hace falta viajar demasiado lejos para comprobarlo. Basta mirar San Juan.

Hace meses presenté formalmente un pedido de acceso a la información pública para conocer cuánto dinero se había gastado en determinados eventos organizados o financiados por el Gobierno provincial. No pedí secretos de Estado. Pregunté por dinero público, dinero que sale del bolsillo de los ciudadanos y que, precisamente por ser público, debería poder seguirse desde que entra hasta que se gasta.

El pedido fue recibido. Hay fecha, sello y expediente. Lo que no hay es respuesta.

Mientras tanto, los actos se cubren, las inauguraciones se fotografían, los funcionarios hablan y los comunicados encuentran espacio en diarios, radios, portales y canales. El acontecimiento existe mientras haya que mostrarlo. Cuando llega el momento de preguntar cuánto costó, quién cobró, cómo se contrató o de dónde salió el dinero, la conversación pierde repentinamente entusiasmo. Allí la pauta deja de ser solamente una cuestión presupuestaria para convertirse también en un problema cultural. Una democracia no se deteriora únicamente cuando alguien prohíbe preguntar. También se deteriora cuando demasiados aprenden qué preguntas conviene no hacer.

Tal vez ningún funcionario haya llamado a ninguna redacción. Tal vez nadie haya ordenado silencio. Eso sería todavía más preocupante, porque significaría que el mecanismo ya no necesita órdenes.

Aquel expediente importa menos por las hojas que contiene que por la pregunta que representa. Hoy puede ser la Fiesta del Sol, un Ironman, un ArgOliva o cualquier otro gasto estatal. Mañana habrá otro evento, otro gobierno y, espero, otro periodista preguntando.

Porque cuando un periodista deja de leer puede terminar sin comprender el poder. Cuando deja de investigar, puede terminar repitiéndolo. Pero cuando sabe qué debe preguntar y decide no hacerlo porque teme perder la pauta, el acceso, la invitación o su lugar en la fotografía, ya no estamos hablando de ignorancia.

Estamos hablando de una elección.

En San Juan tenemos actos, cámaras, micrófonos, portales, periodistas y noticias todos los días.

La pregunta es si tenemos periodismo.

El expediente sigue esperando una respuesta. Nosotros también.

Artículos relacionados

Milei y el hombre que recuerda

Milei y el hombre que recuerda

Estaba tomando café cuando apareció Mascarita. No sé exactamente de dónde vino. Tal vez salió de alguna página de El hablador que había quedado abierta sobre la mesa o de esa mala costumbre que tienen ciertos personajes literarios de abandonar los libros cuando...

Cuba, la revolución que alguna vez amamos

Cuba, la revolución que alguna vez amamos

Preparé café y me quedé mirando las volutas que ascendían lentamente sobre la taza. No sé por qué pensé en Cuba. O quizá sí lo sé. Hay países que uno conoce antes de conocerlos. Lugares a los que llegamos primero por los libros, las fotografías, las canciones o las...

Accomarca: la novela que no pude terminar

Accomarca: la novela que no pude terminar

A veces pienso que Lituma pudo haber llegado a Accomarca. No el cabo de una novela, exactamente, sino ese peruano desconcertado que Mario Vargas Llosa condenó a recorrer un país que nunca termina de comprender. Lo imagino subiendo por los caminos de Ayacucho,...

Hasta que la costumbre nos separe

Hasta que la costumbre nos separe

Hay matrimonios que terminan mucho antes del divorcio. Algunos incluso tienen la particularidad de continuar durante décadas después de haber terminado. Pensé en eso mientras desenroscaba una cafetera italiana. La llené de agua hasta debajo de la válvula, coloqué el...

La burguesía que aprendió a levantar el puño

La burguesía que aprendió a levantar el puño

Mi discusión con la izquierda comenzó mucho antes de que supiera que estaba discutiendo con ella. Comenzó en la universidad, estudiando Derecho y Ciencia Política, frente a uno de esos gruesos libros de Historia que convierten las revoluciones en capítulos y las...

El cometa que prometió volver

El cometa que prometió volver

En 1986 todavía mirábamos el cielo. No había teléfonos inteligentes que nos obligaran a caminar con la cabeza inclinada, ni redes sociales capaces de convertir cualquier prodigio en un espectáculo de quince segundos. Para saber qué estaba ocurriendo allá arriba había...

El retrato de Marcelo en la buhardilla

El retrato de Marcelo en la buhardilla

Hay políticos que envejecen. Hay otros que solamente retocan el retrato. Oscar Wilde imaginó a un hombre condenado a conservar intacta su belleza mientras un cuadro escondido acumulaba las marcas de sus miserias. Dorian Gray caminaba por los salones con el rostro...

Pocitolandia y el príncipe de las planillas

Pocitolandia y el príncipe de las planillas

Los viejos bosques saben guardar secretos. Los castillos, en cambio, apenas consiguen esconderlos. Había una vez, al pie de una cordillera donde las acequias parecían espejos y las viñas crecían obedeciendo al sol, un pequeño reino llamado Pocitolandia. Los viajeros...

La epidemia que aprendió a convivir con nosotros

La epidemia que aprendió a convivir con nosotros

Hay enfermedades que obligan a cerrar escuelas, aeropuertos y fronteras. Hay otras que dejan todo abierto porque nadie sospecha que son enfermedades. No producen fiebre. No alteran los análisis clínicos. No llenan hospitales. Sin embargo, modifican elecciones,...

Argentina también tiene su Odisea

Argentina también tiene su Odisea

La nueva versión cinematográfica de La Odisea vuelve a poner una pregunta sobre la mesa: los pueblos no solo se construyen con victorias, también con la forma en que sobreviven a sus propias derrotas. La historia argentina, vista desde esa perspectiva, parece menos...

Los caminos de un periodista

Los caminos de un periodista

Mientras leía por segunda vez Clases de literatura, hubo un pasaje que dejó de hablarme de escritores para empezar a hablarme de periodistas. No cambió el texto. Cambió el lector. Tal vez porque, después de tantos años recorriendo archivos, expedientes y silencios,...

El hombre que pudo haber sido

El hombre que pudo haber sido

Antes de comenzar, conviene hacer una advertencia: algunas conversaciones solo pueden ocurrir cuando uno se queda completamente a solas. No recuerdo cuándo comenzó aquella conversación. Solo sé que llevaba años evitándola. Él estaba esperándome, sentado en silencio,...