El disfraz liberal del poder

Jun 22, 2026 | Nacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista, novelista y ensayista.

 

Las ideologías cambian de nombre. La naturaleza del poder casi nunca.

Hay una costumbre muy latinoamericana: cambiar las palabras para no cambiar las conductas.

Durante décadas hubo gobiernos que se proclamaban populares mientras concentraban poder. Otros se definían republicanos mientras debilitaban los controles institucionales. Hoy asistimos a una nueva versión del mismo fenómeno: dirigentes que se presentan como liberales mientras ejercen el poder con reflejos que el liberalismo siempre combatió.

El liberalismo nunca fue una pose ni un eslogan de campaña. Fue una filosofía nacida de una profunda desconfianza hacia el poder. Por eso defendió la división de poderes, la independencia judicial, la libertad de expresión y una prensa capaz de controlar a los gobiernos. No para proteger al gobernante, sino para proteger a los ciudadanos del gobernante.

Quien reduce el liberalismo a un programa económico ha comprendido apenas la mitad de su historia. La otra mitad, quizá la más importante, consiste en aceptar que ninguna persona posee el monopolio de la verdad y que la crítica no es un obstáculo para gobernar, sino una condición indispensable de toda democracia.

La libertad de prensa ocupa allí un lugar central. No porque los periodistas sean infalibles; también se equivocan, exageran y muchas veces responden a intereses propios. Pero una sociedad libre no necesita periodistas obedientes. Necesita periodistas que puedan preguntar sin miedo y gobernantes capaces de responder sin convertir cada cuestionamiento en una guerra personal.

Cuando el poder comienza a interpretar toda crítica como una conspiración, deja de discutir ideas para exigir lealtades. La política abandona el terreno de las instituciones y entra en el del espectáculo. La moderación pasa a verse como debilidad; la descalificación se confunde con liderazgo; la estridencia termina reemplazando a la gestión.

Ese fenómeno no pertenece a una sola ideología. La historia latinoamericana ofrece ejemplos de gobiernos de izquierda, de derecha y de centro que, una vez alcanzado el poder, terminaron creyendo que ellos encarnaban la voluntad popular por encima de las instituciones. Cambiaron los discursos, pero no la tentación de concentrar poder alrededor de una persona.

La verdadera fortaleza de un gobernante no se mide por la dureza de sus insultos ni por la intensidad de sus discursos. Se mide por su capacidad para tolerar el disenso, convivir con la crítica y respetar las reglas incluso cuando le resultan incómodas.

Porque cualquiera puede hablar de libertad cuando recibe aplausos.

La prueba comienza cuando aparecen las preguntas incómodas.

Es allí donde el demócrata escucha, el republicano responde y el liberal acepta que la discrepancia forma parte del contrato democrático.

El caudillo, en cambio, necesita enemigos permanentes. Vive de la confrontación porque entiende que el conflicto fortalece su liderazgo. Convierte cada diferencia en una batalla moral y cada crítica en una ofensa personal.

Por eso el autoritarismo rara vez llega anunciándose como tal. Siempre entra envuelto en palabras nobles, prometiendo libertad, justicia o renovación.

La historia demuestra que las democracias no suelen perderse de un día para otro. Se erosionan lentamente, cada vez que el poder deja de aceptar límites y comienza a creer que su propia voz vale más que las instituciones.

Y cuando eso ocurre, el liberalismo deja de ser una convicción para convertirse en el disfraz perfecto del poder.

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