Humanitos del sur

May 31, 2026 | Prosa & Verso

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista, novelista y ensayista.

 

Entre Perú y Argentina existe una frontera geográfica, pero también una semejanza moral que pocas veces se admite. Dos países que aprendieron a convivir con la inflación de las palabras, con políticos que prometen redenciones imposibles y con ciudadanos que siguen levantándose temprano aun cuando el Estado parece haberse resignado a administrar el cansancio. Esta crónica-ensayo, inspirada en “Humanitos” de Eduardo Galeano, recorre las contradicciones de dos pueblos que todavía conservan algo extraordinario; la capacidad de reír mientras todo alrededor parece derrumbarse.

Darwin dijo que descendíamos de los monos.

Los gobiernos latinoamericanos se encargaron después de convencernos de que también descendíamos de la paciencia infinita.

Uno viaja por Lima y por Buenos Aires y descubre que existe un mismo idioma secreto entre los vendedores ambulantes del Metropolitano peruano y los jubilados que hacen fila frente a una farmacia argentina. No importa la bandera. No importa el himno. Hay una forma compartida de mirar el bolsillo antes de comprar pan. Una manera idéntica de calcular el precio del aceite como si fuese una operación de ingeniería nuclear. Una pedagogía del cansancio que ya forma parte de la educación sentimental de Sudamérica.

Perú aprendió a sobrevivir a presidentes que duran menos que una temporada de Netflix. Argentina aprendió a convivir con ministros de Economía que hablan como sacerdotes medievales explicando por qué el sacrificio siempre debe hacerlo otro.

Y mientras tanto, los humanitos continúan.

Los mismos que Galeano describía; capaces de inventar bombas y poemas, capaces de destruir selvas y escribir canciones hermosas sobre la lluvia.

Porque eso es quizá lo más extraño de nuestros países; el talento para producir belleza en medio del desastre administrativo.

En el centro de Lima una mujer vende emoliente bajo una neblina fría mientras escucha noticias sobre congresistas investigados. En Buenos Aires un taxista explica la deuda externa con la precisión de un profesor universitario mientras evita un pozo que el municipio prometió reparar hace tres elecciones. En San Juan un productor vitivinícola calcula pérdidas mirando un canal cada vez más seco. En Cusco un campesino mira el cielo esperando lluvias que ya no llegan con la misma frecuencia.

Y aun así, alguien sigue escribiendo poemas.

Eso debería estudiarse más seriamente que el Producto Bruto Interno.

Porque América Latina no se sostiene gracias a sus instituciones. Se sostiene gracias a la obstinación emocional de su gente.

Los humanitos del sur aprendieron a vivir rodeados de discursos épicos. En Perú les prometieron refundaciones republicanas mientras el Estado seguía siendo incapaz de ordenar un hospital público. En Argentina les prometieron revoluciones liberales, nacionales, populares, federales, tecnocráticas y hasta espirituales. Cambiaron los nombres del modelo económico, pero nunca desapareció la fila frente al cajero automático el día de cobro.

La región se volvió experta en fabricar relatos.

Los gobiernos hablan de crecimiento mientras el ciudadano aprende a reemplazar carne por polenta. Los funcionarios anuncian modernización digital mientras las escuelas rurales todavía discuten si habrá agua suficiente para los baños. Los ministros hablan de inteligencia artificial en países donde millones apenas sobreviven usando inteligencia natural.

Y sin embargo los humanitos continúan soñando.

Allí reside la contradicción más hermosa y más triste de esta parte del mundo.

Porque el latinoamericano conserva algo que las potencias perdieron hace tiempo; la imaginación como mecanismo de supervivencia.

Un peruano puede contar chistes durante un apagón político.

Un argentino puede hacer ironía mientras el dólar destruye sus ahorros.

Un venezolano puede cantar incluso en medio del éxodo.

Un boliviano puede seguir creyendo en la tierra después de que la política convirtió la identidad indígena en mercancía electoral.

Hay una dignidad silenciosa en esa resistencia cotidiana.

Pero también existe una tragedia.

Los humanitos del sur aprendieron demasiado temprano que la corrupción no siempre usa traje oscuro. A veces habla de justicia social. A veces habla de libertad absoluta. A veces se disfraza de revolución. A veces se viste de mercado. Cambian los slogans, pero la estructura emocional del poder permanece intacta; convencer al ciudadano de que debe sacrificarse mientras alguien arriba continúa acumulando privilegios.

Perú y Argentina se parecen más de lo que admitirían sus diplomáticos.

Ambos son países donde la política suele consumir más energía que el propio desarrollo. Naciones que discuten eternamente el pasado mientras el futuro espera sentado en una terminal de ómnibus.

Y aun así sobreviven.

Sobreviven gracias al mozo que memoriza nombres de clientes para sentirse menos solo. Gracias a la maestra rural que todavía corrige cuadernos con entusiasmo improbable. Gracias a la enfermera que trabaja doble turno mientras escucha promesas oficiales sobre “la recuperación”. Gracias al periodista que todavía investiga aunque el algoritmo premie el escándalo antes que la verdad.

Esos son los verdaderos humanitos de Galeano.

No los que aparecen en los discursos presidenciales.

No los que inauguran obras con cámaras y drones.

Sino los otros; los anónimos.

Los que todavía son capaces de convertir basura en hermosura.

Quizá por eso América Latina nunca termina de derrumbarse del todo. Porque debajo de cada crisis existe una reserva emocional clandestina que ningún ministro logra contabilizar.

Y tal vez allí habite la única esperanza seria de esta región agotada.

No en los gobiernos.

No en las ideologías recicladas.

No en las estadísticas que cambian según la conferencia de prensa.

Sino en la extraña terquedad humana de seguir creando belleza incluso cuando la realidad parece diseñada para destruirla.

Porque al final los humanitos somos eso; criaturas contradictorias que contaminan ríos y escriben canciones sobre el agua. Seres capaces de votar corruptos y después llorar honestamente frente a una guitarra criolla. Animales que destruyen bosques mientras publican frases sobre la naturaleza en redes sociales.

Un desastre biológico con momentos de poesía.

Y quizá, solamente quizá, esa contradicción sea lo único que todavía nos salva.

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