El hombre que aprendió a vivir entre dos países

May 24, 2026 | Prosa & Verso

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista, novelista y ensayista.

 

Hay una clase de soledad que no aparece en las estadísticas migratorias. No figura en los informes consulares, ni en los discursos sobre integración latinoamericana, ni en las fotografías sonrientes de quienes anuncian en redes sociales que “empezaron una nueva vida”. Es una soledad más silenciosa. Más difícil de explicar. La de sentirse extranjero dos veces.

Primero en el país al que uno llega.

Después, lentamente, en el país que dejó atrás.

Hace nueve años crucé la frontera hacia Argentina creyendo que emigrar consistía solamente en cambiar de territorio. Pensaba, como piensan muchos, que el verdadero desafío sería económico. Conseguir estabilidad. Adaptarse. Entender las nuevas reglas. Aprender los códigos sociales. Construir una rutina. Sobrevivir.

Y sí, todo eso ocurre.

Pero nadie le explica al inmigrante que la transformación más profunda sucede en otro lugar. No en los documentos. No en el acento. No en el trabajo. Ocurre adentro.

Porque emigrar es una cirugía invisible de la identidad.

Al principio uno conserva intactas ciertas costumbres como quien protege pequeñas reliquias personales. El modo de preparar el café. Las palabras que todavía se niega a reemplazar. Los programas de televisión que sigue viendo desde lejos. La música. Los sabores. Las discusiones políticas que continúan importándole aunque ya no viva allí.

Después el tiempo empieza a hacer su trabajo silencioso.

Y un día, sin darse cuenta, uno comienza a hablar mezclando expresiones. Empieza a usar modismos ajenos. Aprende nuevos humores, nuevas ironías, nuevas formas de caminar la calle. El país receptor deja de ser paisaje y comienza lentamente a convertirse en cotidianeidad.

Ahí aparece la contradicción más extraña del inmigrante.

Porque uno empieza a pertenecer… pero nunca del todo.

Durante estos nueve años en Argentina entendí algo que pocos admiten públicamente: la integración absoluta probablemente no existe. Existe, en cambio, una convivencia permanente entre lo que uno fue y lo que aprende a ser.

Argentina me enseñó muchas cosas. Me enseñó otra velocidad emocional para vivir la política. Otra intensidad para discutir ideas. Otra manera de transformar el café en ceremonia y la conversación en filosofía improvisada. Me enseñó la nostalgia tanguera, incluso antes de comprender completamente el tango. Me enseñó el folclore del asado, esa liturgia casi religiosa donde el fuego funciona como excusa para conversar de la vida, discutir de fútbol, criticar gobiernos y reconstruir amistades alrededor de una parrilla humeante. Me enseño barrios donde la melancolía parece parte del urbanismo.

Pero también me mostró algo más profundo.

Que los inmigrantes desarrollan una sensibilidad especial para detectar la fragilidad humana. Porque quien migra aprende rápidamente que toda estabilidad puede romperse. Que la vida puede obligarte a empezar de nuevo en cualquier momento. Que ningún título garantiza pertenencia. Que ningún éxito económico reemplaza el desarraigo.

Por eso muchos inmigrantes viven observando más de lo que hablan.

Miran.

Escuchan.

Comparan.

Aprenden los códigos invisibles de la sociedad para no sentirse completamente fuera del mapa.

Y mientras hacen eso, ocurre otro fenómeno extraño; el país de origen empieza a convertirse en memoria.

Uno regresa y descubre que tampoco pertenece del todo allí.

Las calles siguen iguales, pero algo cambió. Los amigos envejecieron. Algunos desaparecieron. Los negocios cerraron. Las conversaciones ya no tienen el mismo ritmo. Incluso la propia mirada se volvió distinta.

Entonces aparece el choque más brutal.

Comprender que emigrar no fue solamente irse de un lugar. Fue convertirse en otra persona.

A veces pienso que los inmigrantes vivimos construyendo puentes psicológicos entre dos versiones de nosotros mismos. El que se quedó congelado en el país que dejamos. Y el que aprendió a sobrevivir en otro territorio.

Ninguno desaparece completamente. Ambos conviven.

Por eso hay noches en que uno extraña cosas absurdamente pequeñas. El tono de ciertas voces. El olor de una calle después de la lluvia. Un pan específico. Un insulto típico. Una canción escuchada en la adolescencia. Detalles mínimos que terminan funcionando como anclas emocionales.

La migración tiene mucho de épica económica y muy poco de épica emocional. Casi nadie habla del cansancio psicológico de reinventarse. Del esfuerzo de demostrar permanentemente quién eres. De la necesidad de adaptarte sin sentir que traicionas tu identidad.

Y sin embargo, también existe algo hermoso en todo esto.

Porque vivir entre dos países te obliga a mirar el mundo con menos fanatismo y más complejidad. El inmigrante descubre rápidamente que ninguna sociedad es completamente como se cuenta a sí misma. Todas tienen grandezas y miserias. Todas construyen relatos para sobrevivir.

Quizás por eso muchos inmigrantes terminan desarrollando una mirada incómoda para los nacionalismos extremos. Aprenden que la identidad verdadera no necesita convertirse en odio hacia otros.

Hoy, después de nueve años, ya no sé si me fui completamente de mi país ni si llegué completamente a otro. Tal vez la migración consiste exactamente en eso: en aprender a vivir en una frontera emocional permanente.

Una tierra intermedia.

Un territorio invisible.

Porque el inmigrante, en el fondo, termina convirtiéndose en algo distinto. Un hombre capaz de habitar dos nostalgias al mismo tiempo.

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