Amargo sabor II

May 13, 2026 | Prosa & Verso

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista, novelista y ensayista.

 

A veces el amor no termina con una traición, ni con un grito, ni siquiera con otra persona. A veces se desgasta lentamente entre desayunos, silencios domésticos y tazas de café que se enfrían mientras alguien sostiene solo el peso invisible de la vida cotidiana.

Andrea despertó sobresaltada antes del amanecer.

Durante algunos segundos no entendió dónde estaba. El corazón le golpeaba con violencia y todavía sentía el olor metálico de la sangre mezclado con café quemado. Permaneció inmóvil mirando el techo oscuro de la habitación.

El silencio de la casa parecía intacto.

No había patrullas. No había cadáveres. No había ningún cuerpo dentro del baúl del Bora blanco de Ramón.

Pero el sabor amargo seguía ahí.

Giró lentamente la cabeza hacia el otro lado de la cama.

Ramón dormía.

La luz tenue que entraba desde la ventana apenas alcanzaba a dibujarle el rostro cansado. Andrea observó las canas desordenadas, la respiración pesada y el brazo extendido ocupando más espacio del necesario. Durante años había amado incluso esas pequeñas molestias. Ahora comprendía algo peor.

Ya no las amaba de la misma manera. Simplemente había aprendido a convivir con ellas, como quien se acostumbra al zumbido constante de una heladera vieja.

Se levantó sin hacer ruido y caminó hasta la cocina.

La prensa francesa seguía sobre la mesada. El frasco de sal continuaba abierto. La cuchara todavía tenía restos oscuros de café pegados en los bordes.

Todo estaba exactamente igual que en el sueño.

Y esa fue la parte que más miedo le dio.

Mientras calentaba agua recordó otra mañana. Otra cocina. Otra Andrea.

Francisco tenía ocho años y lloraba porque no encontraba la cartulina celeste para una exposición escolar. Luciana todavía usaba trenzas y decía que el café olía “a remedio viejo”. Ramón, mientras tanto, buscaba las llaves del Bora como si la casa completa hubiera sido diseñada únicamente para resolverle la existencia.

Andrea encontraba todo.

Las medias. Los útiles. Los boletines. Las vacunas. Las mochilas. Las meriendas. Las autorizaciones escolares.

Incluso encontraba tiempo para preparar desayuno antes de salir corriendo hacia la escuela donde trabajaba.

Ramón solo preguntaba desde otra habitación:

—¿Viste mis llaves?

Andrea sonrió apenas.

En el sueño él había muerto por culpa del café.

Pero despierta entendió que el verdadero problema jamás había sido el café.

Preparó café lentamente.

Esta vez sin sal.

Molió los granos más gruesos, dejó reposar la extracción y bajó el émbolo de la prensa con una suavidad que nunca había tenido. El aroma llenó la cocina con algo desconocido.

Calma.

Entonces recordó la frase de Ramón:

—No tiene aroma. No tiene cuerpo.

Andrea observó las volutas subir desde la taza.

Él nunca había estado hablando del café.

Desde la habitación llegó la voz adormecida de Ramón.

—¿Andrea?

Ella no respondió.

Abrió la heladera y observó los huevos, las semitas envueltas en papel madera, el jamón crudo y el yogur vencido olvidado en un estante.

El yogur seguía allí.

Igual que en el sueño.

Igual que ella.

Subió al dormitorio y abrió el placard.

No hizo grandes valijas. Apenas tomó algo de ropa, un ejemplar gastado de El Profeta de Kahlil Gibran y una fotografía vieja donde Francisco y Luciana aparecían sentados en la mesa haciendo la tarea mientras ella servía chocolatada y Ramón leía el diario sin mirar a nadie.

Ramón apareció en la puerta todavía medio dormido.

—¿Qué hacés?

Andrea siguió doblando ropa.

—Me voy.

Él soltó una risa breve, incrédula. Como si aquella posibilidad jamás hubiera existido realmente.

—¿Y esto qué significa ahora?

Andrea levantó la vista.

Y por primera vez en veinte años no buscó discutir. Ni explicar. Ni justificarse.

—Que estoy cansada de sostenerlo todo.

Ramón quiso responder, pero no encontró palabras.

Andrea tomó las llaves de su viejo Chevrolet y salió de la casa mientras el amanecer comenzaba a iluminar lentamente los cerros de San Juan.

El auto la esperaba afuera con la misma fatiga mecánica de siempre.

Nada que ver con el Bora impecable de Ramón.

El Chevrolet tenía los cubresoles rotos. Los asientos vencidos. El tablero vibrando. Y un golpeteo metálico debajo del motor que parecía desarmarse con cada pozo.

Andrea encendió el vehículo.

No había música.

Solo el ruido áspero del motor y el temblor constante de la carrocería.

Mientras manejaba hacia el Dique de Ullúm recordó otra madrugada.

Francisco con fiebre. Luciana llorando antes de un acto escolar. Ella conduciendo sola hasta la guardia mientras Ramón dormía porque al día siguiente tenía una reunión importante.

Siempre ella.

Ella firmando boletines. Ella asistiendo a reuniones escolares. Ella recordando cumpleaños. Ella preparando desayunos. Ella pasando noches enteras junto a la fiebre de los chicos. Ramón dormía. Porque al día siguiente tenía una reunión importante.

El Chevrolet volvió a tambalear violentamente sobre una grieta del asfalto. Andrea sujetó fuerte el volante y siguió avanzando mientras el amanecer comenzaba a reflejarse sobre el agua del Dique de Ullúm.

Cuando estacionó junto al dique apagó el motor y permaneció inmóvil.

Por primera vez en años no había nadie esperándola. Ningún desayuno pendiente. Ninguna mochila olvidada. Ninguna lista de supermercado.

Solo el silencio.

Andrea abrió el termo y volvió a servirse café.

Todavía estaba caliente.

Bebió despacio. Saboreó el amargor, la acidez y esa pequeña dulzura tardía que siempre aparece cuando el café finalmente deja de quemar.

Apoyó la cabeza en el asiento y miró el agua quieta del dique.

En el sueño había matado a Ramón.

En la realidad, estaba intentando salvarse ella.

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