Amargo sabor

May 8, 2026 | Prosa & Verso

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista, novelista y ensayista.

 

Nunca es tarde para aprender a preparar una buena taza de café. Tampoco para descubrir que algunos matrimonios sobreviven veinte años únicamente porque nadie se atreve a pronunciar la verdad completa.

Andrea llegó al supermercado que queda camino al Dique de Ullúm con esa tranquilidad artificial de quienes todavía creen que el día puede corregirse. Empujó el carrito hasta la góndola de cafés y observó las pocas marcas disponibles. Siempre lo mismo. Cafés brasileños baratos, granos oscuros, molienda excesivamente fina y etiquetas que prometían intensidad cuando, en realidad, escondían descarte. Ramón decía que esos cafés se sobretostaban para tapar la humedad, los hongos y el moho. “Si el café necesita azúcar para sobrevivir, ya nació muerto”, repetía cada mañana con una solemnidad absurda, como si hablara de filosofía y no de desayuno.

Andrea jamás aprendió realmente a preparar café. Durante veinte años defendió la misma receta con una obstinación casi religiosa: agua hirviendo, cuatro cucharadas rebosantes, molienda fina y una cucharada de sal dentro de una prensa francesa de acero quirúrgico comprada en un viaje a Mar del Plata. El resultado era una bebida negra, espesa y brutalmente amarga que ella había bautizado “torrado”, aunque Ramón insistía en que aquello no era café sino una forma líquida del resentimiento.

Tomó una bolsa de café, un kilo de azúcar rubia, pan casero, huevos y jamón crudo, ese mismo que servían en la Casa de Gobierno y que Ramón celebraba como si fuera gastronomía europea financiada por la provincia. Después recordó las semitas preferidas de Francisco y Luciana. Los chicos llegarían cerca del mediodía, como todos los sábados, cuando la costumbre todavía simulaba ser familia.

Mientras acomodaba las compras en el carrito, descubrió un yogur vencido. Sonrió apenas. Ramón siempre revisaba fechas, etiquetas y envases con una precisión enfermiza. No soportaba los errores mínimos. Revisaba el auto, las luces, los frenos, el estéreo, los enchufes. Vivía como si el mundo pudiera derrumbarse por culpa de un detalle mal ajustado.

Andrea eligió la fila con más hombres porque avanzaba más rápido. Lo había aprendido después de años acompañando a Ramón al supermercado. Él caminaba deprisa entre las góndolas, impaciente, como si comprar comida fuera una pérdida de tiempo y vivir una obligación administrativa. Andrea siempre olvidaba algo, pero jamás protestaba. En veinte años había aprendido que ciertas discusiones no se ganan, apenas se administran.

Hasta esa mañana.

Mientras molía café en la cocina, Ramón apareció detrás de ella y dijo, con una serenidad insoportable, que se iría de la casa.

Nada de gritos. Nada de platos rotos. Nada de dramatismo cinematográfico. Solo una frase dicha con el cansancio burocrático de quien cancela un servicio que ya no piensa renovar.

Andrea creyó que era una discusión más. Le pidió esperar hasta después del desayuno, después de la llegada de los chicos, después del sábado. Ramón respondió que no. Que ya tenía todo preparado.

—¿Y ahora cómo les explico esto a Francisco y Luciana?

—Después voy a hablar con ellos.

—Claro. Después. Todo después.

Andrea no lloró. Todavía no. Primero quiso entender. Preguntó qué había hecho mal. Preguntó cuándo había empezado todo. Preguntó quién era la otra mujer. Pero Ramón respondía con frases agotadas sobre el desgaste, la rutina y el final del amor, como si estuviera citando un manual viejo de separaciones.

Entonces Andrea dejó de preguntar quién.

Y empezó a preguntar qué.

—¿Qué hice? ¿Qué cosa hice para que te fueras?

Ramón evitó responder. Andrea insistió. Lo tomó del brazo. Volvió a preguntar.

—¿Qué hice?

Y quizá por cansancio, por crueldad o simplemente porque algunas verdades llegan demasiado tarde, Ramón terminó diciendo aquello que llevaba años guardándose.

—No soporto el café que preparas. Ese café horrible, amargo y salado. No tiene aroma. No tiene cuerpo. Parece agua pantanosa.

El silencio que siguió fue peor que el insulto.

Andrea sintió algo romperse lentamente dentro de ella. No por el café. Ni siquiera por la otra mujer. Sino por descubrir que, después de veinte años, el hombre que compartía su cama había reducido toda una vida a una taza mal preparada.

La prensa francesa todavía seguía en sus manos.

Después recordó un golpe seco.

Luego sangre.

Luego el cuerpo de Ramón cayendo hacia atrás y golpeando la esquina de la mesada con un ruido breve, opaco y definitivo.

Pagó las compras en la caja número veintinueve —el día del cumpleaños de Ramón— y cargó las bolsas en el asiento trasero de su Volkswagen Bora blanco. Durante algunos segundos olvidó dónde estaba, o quizá todavía no terminaba de aceptar lo que llevaba en el baúl. Estaba inquieta. Debía regresar a casa para terminar de preparar el café, hornear las semitas, hacer los huevos revueltos para el desayuno y contarles a los chicos que Ramón se había ido para siempre de la casa.

Encendió el motor. El testigo de frenos permanecía iluminado en el tablero. Ramón habría detenido el auto inmediatamente. Ramón no soportaba las anomalías.

Andrea sonrió apenas.

Mientras manejaba hacia el dique, el estéreo reprodujo “Y sin embargo te quiero”, la canción favorita de Ramón. Los nervios le hicieron desviarse apenas de la ruta y una patrulla policial le ordenó detenerse.

Estacionó al costado del camino y bajó rápidamente. Entonces lo vio.

Una pequeña gota roja descendiendo desde el borde del baúl.

Después otra.

El policía se acercó lentamente. Andrea sintió que el aire desaparecía. Pensó en confesar. Pensó en Ramón dentro del maletero. Pensó en el café todavía caliente sobre la cocina.

Pero el agente la observó durante unos segundos y terminó sonriendo.

—Gracias a usted terminé la secundaria, profesora.

Andrea levantó la vista y lo reconoció. Había sido alumno suyo en el turno noche de la Escuela Domingo Faustino Sarmiento.

El joven le pidió que manejara con cuidado y regresó al patrullero.

Andrea asintió en silencio.

Luego volvió al auto y siguió conduciendo hacia el Dique de Ullúm mientras la canción continuaba sonando y un sabor oscuro, espeso y definitivamente amargo comenzaba a quedarse para siempre en su boca.

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