Acompañar no alcanza
En una provincia cuya economía depende históricamente de la vitivinicultura, el problema nunca fue solamente defender o atacar a la Coviar. El verdadero problema era saber qué hacía, cómo lo hacía y qué utilidad concreta tenía para San Juan.
La política del comentario moderado
La declaración del ministro de Producción parece diseñada para sobrevivir políticamente a cualquier escenario. No confronta con Nación, tampoco defiende plenamente a la Coviar. Apenas acompaña. Observa. Administra prudencia.
“Desde el Gobierno Provincial no cuestionamos el trabajo de Coviar, pero sí acompañamos el pedido de los viñateros que demandaban la voluntariedad”.
La frase suena razonable hasta que se la examina de cerca. Porque allí aparece una ausencia mucho más importante que la discusión sobre aportes obligatorios.
Nadie explicó cuál era exactamente el trabajo de la Coviar para San Juan.
Y ese silencio resulta más grave que cualquier diferencia ideológica.
No se trata de simpatía institucional
El debate nunca debió reducirse a una cuestión emocional entre “defender” o “cerrar” organismos.
San Juan es una provincia productora. Vitivinícola. Exportadora. Territorialmente vinculada al vino no solo como economía, sino como identidad cultural y estructura social.
Entonces el rol lógico de un Ministerio de Producción no era simplemente “no cuestionar” la Coviar. Era conocerla técnicamente.
Evaluarla. Medirla. Intervenir estratégicamente. Condicionar mejoras. Exigir resultados. Complementar políticas. Detectar oportunidades para los productores sanjuaninos.
Porque si una provincia depende de una actividad económica relevante y desconoce el verdadero alcance operativo de una institución nacional vinculada a esa actividad, el problema ya deja de ser ideológico. Empieza a ser administrativo.
Chile discutía mercados, Argentina discutía estructuras
Mientras Argentina convertía a la Coviar en una batalla entre “impuestos” y “libertad”, Chile hacía algo mucho menos ruidoso y mucho más eficaz. Construía mercados.
La diferencia no está únicamente en el vino. Está en la manera de pensar la producción.
Chile entendió hace décadas que la competitividad vitivinícola necesitaba coordinación estratégica, promoción internacional, acuerdos comerciales y continuidad técnica. No eliminó articulaciones porque funcionaran imperfectamente. Las corrigió para volverlas funcionales.
ProChile promovió exportaciones. Las bodegas junto a Vino Chileno trabajaron posicionamiento global. El Estado facilitó apertura comercial. Los privados profesionalizaron integración internacional.
No hubo épica destructiva. Hubo estrategia.
Argentina, en cambio, muchas veces quedó atrapada en discusiones internas sobre quién controla la estructura antes de preguntarse cómo conquistar mercados.
Y ahí aparece la gran diferencia.
Chile exportó vino. Argentina exportó debates.
La diferencia entre gobernar y acompañar
En Argentina se volvió frecuente una forma extraña de gestión. Los gobiernos ya no lideran sectores productivos. Los acompañan discursivamente.
Y acompañar es cómodo.
Porque evita tomar posición técnica. Evita producir diagnósticos propios. Evita construir planificación seria. Evita confrontar con datos.
Entonces el funcionario queda protegido dentro de una ambigüedad elegante. Si la Coviar funcionaba, no la cuestionaban. Si fracasó, acompañan el cambio. Si desaparece, tampoco parece alterar demasiado la estrategia provincial.
Pero ahí aparece la pregunta incómoda.
¿Dónde estaba la política productiva sanjuanina mientras todo esto ocurría?
La provincia que debía saber más
San Juan no podía actuar como un espectador moderado en esta discusión.
Tenía que saber cuánto aportaba la Coviar al posicionamiento de sus vinos; qué programas beneficiaban realmente a productores locales; qué impacto tenían las campañas internacionales; qué bodegas accedían a herramientas de promoción; qué retornos existían; qué fallaba; qué debía reformularse.
Eso hace una provincia que piensa estratégicamente su matriz productiva.
Porque el vino no es un tema decorativo para San Juan. Es parte de su arquitectura económica.
Y cuando una provincia productora habla de una institución clave sin explicar técnicamente su funcionamiento, transmite una sensación inquietante. Como si el debate se hubiera reducido únicamente a acompañar el clima político nacional.
El vacío técnico
Quizá la Coviar necesitaba reformas profundas. Posiblemente sí.
Pero entonces correspondía decir cuáles. Con evidencia. Con estudios. Con métricas. Con objetivos concretos.
No alcanza con repetir la palabra “voluntariedad” como si eso resolviera automáticamente el problema estructural de competitividad vitivinícola argentina.
Porque la competitividad no aparece por decreto. Se construye.
Y se construye con logística, estrategia exportadora, inteligencia comercial, financiamiento eficiente, articulación territorial y políticas de largo plazo.
Justamente aquello que Argentina suele reemplazar por declaraciones prudentes y conferencias de prensa con preguntas arregladas.
El problema no era la existencia, era la conducción
Quizá el error más grande del debate fue convertir a la Coviar en una discusión moral.
Como si el problema fuese únicamente si debía existir o no.
No. El problema era otro.
Qué hacía. Cómo gastaba. A quién beneficiaba. Qué resultados producía. Qué debía corregirse. Cómo podía integrarse mejor con provincias productoras como San Juan.
Porque destruir una estructura puede generar impacto político inmediato.
Pero entenderla habría requerido algo bastante más difícil.
Capacidad de gestión.














