Entre gitanos no se leen las manos

Abr 19, 2026 | Internacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista, novelista y ensayista.

 

Fe, poder y el eco del abismo

Trump acusa. El Papa responde. Pero si el demonio de Nietzsche tuviera razón —si todo debiera repetirse—, entonces la discusión no es moral ni política: es existencial. Y en ese terreno, incluso Dios ha dejado de ser refugio.

Hay noches —en San Juan, en Roma, en cualquier geografía donde el viento arrastre memoria— en las que el mundo no gira: se detiene a escucharse a sí mismo.

Y cuando eso ocurre, lo que emerge no es la verdad… sino el eco.

El 12 de abril de 2026, Donald Trump declaró en Phoenix:

«El Vaticano ha sido durante siglos una fábrica de excusas… El nuevo Papa es otro burócrata de la culpa blanca.»

Tres días después, el Papa León XIV respondió desde el Palacio Apostólico, sin nombrarlo:

«La paz no se construye con desprecio. La verdad no se administra con tuits. Cuando el poder insulta, confiesa su miedo.»

No es un cruce.

Es una forma de organización del conflicto.

No es coyuntura.

Es síntoma.

Y lo verdaderamente inquietante no está en lo que dicen… sino en lo que repiten.

Friedrich Nietzsche no introduce al demonio para asustar. Lo introduce para desnudar.

No juzga.

No castiga.

Expone.

¿Aceptarías esta vida —esta misma, con sus decisiones, sus omisiones, sus excesos— una y otra vez, por toda la eternidad?

La pregunta no acusa.

Desarma.

Porque obliga a Trump a confrontar no al Papa… sino a sí mismo.

Y al Papa, no a Trump… sino a la historia que lo sostiene.

Hay una tentación —muy moderna, muy ingenua— de creer que los conflictos son nuevos.

No lo son.

Cambian los nombres.

Persisten las formas.

El poder político que amenaza.

El poder espiritual que advierte.

La guerra como posibilidad.

La paz como discurso.

Napoleón y Pío VII.

Reagan y Juan Pablo II.

Trump y Francisco.

Ahora, Trump y León XIV.

No es una anomalía.

Es una reiteración.

Y en esa reiteración —precisa, obstinada— el mundo no avanza: administra su propia repetición.

Hay instituciones que administran presente.

Y hay instituciones que cargan siglos.

La Iglesia pertenece a la segunda categoría.

No solo por lo que dice… sino por lo que arrastra.

Cruzadas.

Inquisición.

Silencios frente a dictaduras.

Abusos encubiertos.

No como acusación.

Como herencia.

Porque la Iglesia no solo predica moral.

Durante siglos, la definió.

León XIV pide paz.

Y su voz importa.

Pero el problema no es lo que dice… es desde dónde lo dice.

El perdón —aunque necesario— no disuelve la memoria.

La reorganiza.

Y en ese desplazamiento —sutil, casi imperceptible— se juega la fragilidad de su autoridad.

Trump no discute: desplaza.

No argumenta: instala.

Su lenguaje no busca verdad.

Busca efecto.

«Fábrica de excusas», «burócrata de la culpa blanca»: frases diseñadas no para explicar… sino para resonar.

Y funcionan.

Porque en un mundo percibido como caótico —inflación, migraciones, guerras activas— la palabra firme, incluso brutal, ofrece algo que escasea: dirección.

Trump no inventa esa lógica.

La actualiza.

Es el gesto antiguo del poder que promete orden… y que, al hacerlo, intensifica el desorden que necesita para existir.

La frase no es folclore.

Es diagnóstico.

Trump y León XIV se reconocen.

No en la superficie.

En la estructura.

Ambos ejercen poder.

Ambos administran relato.

Ambos construyen sentido.

No son equivalentes —uno dispone de fuerza material; el otro, de legitimidad simbólica—, y sin embargo, son necesarios.

El exceso de uno legitima la advertencia del otro.

La moderación de uno potencia la radicalidad del otro.

No se anulan.

Se sostienen.

Y en ese equilibrio —inestable, pero funcional— el conflicto se vuelve permanente.

Y entonces aparece la tesis más incómoda de Friedrich Nietzsche:

Dios ha muerto.

No como provocación.

Como diagnóstico.

El mundo ya no se ordena desde lo absoluto.

Se organiza desde decisiones humanas.

El bien y el mal dejan de ser coordenadas divinas… para convertirse en construcciones.

Pero hay algo más inquietante: quizás el problema no es que Dios haya muerto… sino que el poder aprendió a hablar en su nombre incluso después de enterrarlo.

¿Qué implica esto?

Que el Papa habla desde un orden que ya no es universal.

Pero que ese orden —aunque debilitado— sigue siendo útil como lenguaje de autoridad.

Y que Trump no lo combate.

Lo reemplaza.

No discute a Dios.

Ocupa su lugar.

No es que uno tenga razón y el otro no.

Es que ambos operan en un escenario donde la verdad ya no está garantizada… pero sigue siendo utilizada.

Si Dios ha muerto, no hay instancia superior que ordene el sentido.

No hay absolución final.

No hay tribunal último.

Hay decisiones.

Trump no puede escudarse en la seguridad nacional.

León XIV no puede refugiarse en la tradición.

Ambos —como todos— quedan expuestos ante la misma pregunta:

¿Es este el mundo que estás dispuesto a repetir?

Y si la respuesta incomoda —si algo dentro se resiste—, entonces el problema no está en el adversario.

Está en la estructura que sostenemos.

Trump grita.

El Papa responde.

El mundo opina.

Pero el viento —ese que en San Juan no sopla, sino que recuerda— insiste en otra verdad: que no hay inocentes en la historia, que la fe también tuvo sombras, que el poder necesitó de Dios… hasta que dejó de necesitarlo.

Y que incluso ahora —cuando el cielo ha dejado de dictar reglas— el poder sigue invocándolo… como si nunca hubiera muerto.

Porque quizás el problema nunca fue la ausencia de Dios.

Sino la persistencia de quienes hablan en su nombre.

Y entonces —cuando todo vuelve, cuando todo insiste, cuando todo se repite— la pregunta ya no es quién tiene razón.

Es otra.

Más incómoda.

Más honesta.

Más peligrosa: si este mundo —con su violencia, sus discursos y sus silencios— va a repetirse eternamente… ¿vamos a seguir actuando como si no lo supiéramos… o vamos a aceptar, de una vez, que el mecanismo no nos gobierna… nos representa?

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