Hay guerras que empiezan con un disparo. Y hay guerras que empiezan con una certeza equivocada.
La certeza de que la historia puede resolverse rápidamente: eliminar a un líder, destruir algunos centros estratégicos, alterar un mapa y anunciar —con la solemnidad propia de los comunicados oficiales— que el equilibrio del mundo ha sido restaurado.
Pero Tolstói, que conocía la guerra mejor que los estrategas de escritorio, escribió Guerra y paz precisamente para demostrar lo contrario: la historia no obedece a los planes de los hombres poderosos. La historia obedece a fuerzas mucho más desordenadas.
Por eso el ataque del 28 de febrero de 2026, cuando Estados Unidos e Israel lanzaron una ofensiva masiva contra Irán eliminando parte de la cúpula del régimen —incluido el líder supremo Alí Jamenei—, tiene algo profundamente tolstoiano. No por su espectacularidad. Sino por su ilusión. La ilusión de que la historia puede ser dirigida.
La ilusión del control
En Guerra y paz, Napoleón aparece convencido de que domina el destino de Europa. Cree dirigir la guerra como un ajedrecista mueve piezas sobre un tablero.
Tolstói lo retrata con una ironía devastadora. Napoleón cree que conduce los acontecimientos cuando en realidad los acontecimientos lo arrastran a él.
Algo parecido ocurre hoy en Oriente Próximo. El ataque contra Irán fue concebido como una operación destinada a alterar el equilibrio regional en cuestión de semanas. Un intento de decapitación política apoyado en una maquinaria militar formidable: bases estadounidenses distribuidas por toda la región, portaaviones desplegados desde distintos océanos, decenas de miles de soldados preparados para sostener la ofensiva. Una arquitectura militar perfecta.
Pero la guerra —como sabía Tolstói— nunca respeta la arquitectura. Respeta el caos.
Irán respondió extendiendo el conflicto a toda la región: drones interceptados en el Golfo, misiles dirigidos contra bases militares, ataques indirectos a infraestructuras energéticas y amenazas sobre el estrecho de Ormuz.
El conflicto dejó de ser una operación. Se convirtió en un ecosistema de guerra. Y cuando una guerra se convierte en ecosistema, ya no pertenece a quienes la iniciaron. Pertenece a la historia.
El problema de matar al emperador
Tolstói dedica páginas enteras a desmontar otra fantasía muy común: la idea de que eliminando a un líder se destruye un sistema.
La historia demuestra lo contrario. Napoleón cae y Europa sigue en guerra. Los zares cambian y Rusia sigue siendo Rusia. Irán tampoco es Jamenei.
El régimen nacido de la revolución de 1979 fue diseñado precisamente para sobrevivir a las crisis. Está sostenido por una compleja arquitectura de poder: clérigos, consejos religiosos, Guardia Revolucionaria, redes económicas y estructuras de seguridad. Eliminar al líder supremo abre una disputa. Pero no garantiza un final.
El verdadero interrogante no es quién ocupará el lugar de Jamenei. El verdadero interrogante es qué facción dominará el sistema cuando el polvo de la guerra comience a asentarse: los clérigos, la Guardia Revolucionaria o un nuevo equilibrio entre ambos.
Tolstói lo habría resumido con brutal sencillez: la historia nunca se queda sin actores.
El capítulo que decide la guerra: el petróleo
En Guerra y paz hay algo que desconcierta a los lectores modernos: Tolstói dedica más páginas a los suministros que a las batallas.
Porque entiende algo esencial. Las guerras no se ganan en el campo de batalla. Se ganan en la retaguardia.
En 2026 esa retaguardia tiene un nombre geográfico: el estrecho de Ormuz. Por ese estrecho circula cerca del 20% del petróleo mundial. Cuando Irán amenaza con cerrarlo, la guerra deja de ser un problema regional. Se convierte en un problema global. Las navieras modifican rutas. Los mercados reaccionan. El precio del petróleo sube. La guerra llega a las cocinas del mundo.
Tolstói habría reconocido inmediatamente ese momento: el instante en que la guerra deja de ser una noticia y se convierte en una condición económica.
La paz como nuevo desorden
Supongamos —solo por un momento— que la ofensiva logra su objetivo y el régimen iraní se derrumba.
¿Llegaría la paz?
Tolstói respondería con una carcajada literaria.
La caída de Napoleón no trajo estabilidad a Europa. Trajo un nuevo equilibrio de tensiones.
Lo mismo ocurriría en Oriente Próximo. Israel eliminaría a su principal rival estratégico. Arabia Saudí reforzaría su liderazgo regional. Turquía ampliaría su influencia en Siria.
Pero esa aparente victoria abriría nuevas rivalidades. Porque la historia, como la naturaleza, detesta los vacíos de poder.
El último error de los estrategas
Tolstói escribió Guerra y paz para destruir una ilusión peligrosa: la ilusión de que los hombres poderosos escriben la historia.
La historia —decía— es un río. Los líderes no lo dirigen. Apenas intentan navegarlo. Por eso cada vez que un gobierno anuncia una guerra breve, Tolstói vuelve a tener razón desde el siglo XIX.
Las guerras raramente obedecen a quienes las comienzan. Y cuando finalmente terminan, los estrategas descubren algo profundamente incómodo:
Creían estar escribiendo la historia. Pero en realidad solo estaban dentro de ella.














