La costumbre de no ver: manual sanjuanino para sobrevivir a oscuras

Mar 20, 2026 | Nacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista, novelista y ensayista.

 

Entre aulas que repiten, canales que se secan y discursos que no se miran al espejo, la provincia parece haber perfeccionado una forma de adaptación: vivir como si ver fuera un exceso.

Hay relatos que no envejecen: se vuelven costumbre. El país de los ciegos, de H. G. Wells, no es ya una ficción lejana sino un manual involuntario para entender ciertos territorios donde la realidad no se niega: se administra. Allí, recordemos, la ceguera no era una limitación, sino una norma. Ver, en cambio, resultaba un problema.

San Juan —y uno escribe esto con la incomodidad de quien también habita esa geografía— parece haber ensayado, con paciencia institucional, su propia versión de ese relato.

No es que falten ojos. Falta la voluntad de abrirlos.

La educación que enseña a no mirar

En el país de los ciegos, los habitantes habían reorganizado el mundo para que la vista fuera innecesaria. En San Juan, la educación parece haber hecho algo más sutil, no eliminar la mirada, sino domesticarla.

El aula ya no es el lugar donde se aprende a preguntar, sino donde se aprende a no incomodar.

Paritarias que se aceptan y se rechazan en un mismo gesto, gremios que firman lo que luego desconocen, autoridades que se sorprenden de decisiones que ayudaron a construir. Todo ocurre en una coreografía donde el conflicto no se resuelve: se dosifica.

El docente —ese viejo artesano del pensamiento— se ha convertido en variable de ajuste. No por decreto, sino por desgaste. Se le fragmenta el salario, se le divide la carrera, se le dispersa el reconocimiento. Y mientras tanto, se le pide vocación —perdón, trabajo docente— como si la precariedad fuera una pedagogía.

En el país de Wells, quien veía era considerado un enfermo. Aquí, quien señala la incoherencia es tratado como exagerado, conflictivo, innecesario.

Ver, otra vez, incomoda.

Y sin embargo, hay ausencias que dicen más que cualquier discurso. El amparo anunciado, prometido como herramienta de defensa, como gesto mínimo frente a un derecho vulnerado, nunca llegó. No se presentó. No se explicó. Simplemente se evaporó en la misma lógica donde las decisiones se diluyen antes de existir.

Como en el país de los ciegos, no hace falta negar la realidad si se logra postergar su evidencia.

El agua que no se ve… hasta que falta

Pero si hay un lenguaje que no admite metáforas eternas, es el del agua.

San Juan, tierra de oasis construidos a fuerza de ingeniería y paciencia, ha comenzado a hablar en seco. El plan de cortes por 180 días no es solo una medida técnica: es una confesión política. El agua ya no alcanza, y sin embargo, durante años, se administró como si fuera infinita.

Como en el país de los ciegos, el problema no es la ausencia inicial, sino la adaptación posterior.

Se naturaliza el racionamiento. Se discuten porcentajes mientras los canales pierden memoria. Se celebran obras mientras el suelo cruje. Y en paralelo, la política —siempre atenta al encuadre— invierte en la estética: locales en la costa, eventos, escenarios donde el relato fluye mejor que el agua.

Cambiar el color de la infraestructura —del gris al celeste— resulta más urgente que discutir la matriz hídrica. La foto, una vez más, reemplaza al diagnóstico.

En el cuento de Wells, el protagonista intenta explicar lo que ve. Nadie le cree. Aquí, los datos existen, los informes circulan, las advertencias se repiten. Pero el sistema ha aprendido a neutralizarlos, no negándolos, sino diluyéndolos en la rutina.

La sequía no comienza cuando falta el agua. Comienza cuando deja de preocupar.

La corrupción como forma de adaptación

Hay algo más inquietante que la corrupción explícita: la corrupción asumida como paisaje.

En el país de los ciegos, la organización social había encontrado su equilibrio en la limitación compartida. En San Juan —y acaso en la Argentina entera— el equilibrio parece haberse construido sobre una tolerancia silenciosa.

No es que no se sepa. Es que se aprende a convivir.

El funcionario que inaugura lo que no termina. El gasto que se justifica en nombre de la visibilidad. El expediente que duerme lo suficiente para volverse irrelevante. Todo forma parte de una lógica donde la transparencia no se niega: se posterga.

El gobierno se justifica diciendo que recibió una provincia en crisis. Una herencia pesada, repiten, como si el pasado fuera una coartada permanente. Y sin embargo, los sobres no conocen de transiciones: siguen llegando, puntuales, como si la crisis fuera apenas un relato… y no un límite.

Y en ese aplazamiento constante, la ética se vuelve un tema secundario, casi decorativo.

Como en la ficción de Wells, la comunidad no necesita ocultar la verdad si logra redefinirla.

Aquí, la corrupción no siempre escandaliza. A veces aburre. Y ese es, quizás, su triunfo más perfecto.

El hombre que veía

En El país de los ciegos, el protagonista —el único que ve— cree, al principio, que tiene una ventaja. Luego descubre que su diferencia es una amenaza. Finalmente, se enfrenta a una elección brutal: adaptarse o quedar fuera.

San Juan, en su versión contemporánea, no expulsa a quien ve. Hace algo más sofisticado: lo agota.

Lo somete a la repetición. Lo rodea de explicaciones. Lo invita, una y otra vez, a aceptar que las cosas son así. Y en ese proceso, la lucidez se vuelve un esfuerzo solitario.

El periodista que insiste. El docente que cuestiona. El productor que advierte. Todos comparten una misma sensación, no la de ser ignorados, sino la de ser escuchados sin consecuencia.

Como si la realidad fuera un trámite más.

La pregunta que queda

Quizás el problema no sea la ceguera, sino la costumbre.

Porque ver —en el sentido profundo— implica incomodarse, discutir, perder privilegios, revisar decisiones. Y eso, en cualquier sistema, es más difícil que adaptarse.

San Juan no es el país de los ciegos. Es algo más inquietante: el lugar donde la vista existe, pero ha dejado de ser necesaria.

Porque en San Juan ya no se discute si vemos o no vemos.

Se ha perfeccionado algo más eficiente: mirar lo suficiente para entender… y lo justo para no cambiar nada.

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