Apología a la lectura junto a una taza de café peruano

Mar 8, 2026 | Prosa & Verso

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

Dicen que hay libros que no se abren: despiertan.

Yo descubrí eso una madrugada cualquiera, cuando el mundo todavía estaba medio dormido y el aroma del café peruano comenzaba a subir desde la taza como si fuera una pequeña neblina doméstica. En ese instante comprendí que el café y los libros pertenecen a la misma familia de milagros discretos. Ambos nacen humildes. Ambos atraviesan transformaciones silenciosas. Y ambos terminan despertando algo en el espíritu humano.

El café, por ejemplo, tiene una biografía vegetal que parece escrita por un poeta paciente. Una sola vez florece. Ilumina con su fragancia los cafetos solitarios de los montes. Su flor se confunde con el blanco del cielo mientras sus pétalos se mezclan con el verde y el rojo de sus frutos.

Esa es la sencillez profunda de la naturaleza. La razón secreta de la vida. Es la batalla ganada a la tierra, al agua y al viento.

El camino es largo y el tiempo transforma. El grano lucha, se hace más fuerte, corrige su forma, cambia su destino. Y, como prueba final, el fuego del infierno cree dominarlo y doblegarlo.

Pero no. El grano regresa erguido, oscuro y victorioso, para contemplarse en la superficie tranquila de una taza.

Nada más revolucionario que un grano de café.

Quizá por eso el café siempre acompaña a los lectores. Los grandes lectores lo saben: el pensamiento necesita calor, tiempo y paciencia.

Vivimos en una época que ha confundido información con sabiduría. Las pantallas nos arrojan palabras como si fueran granizo, pero pocas logran germinar en la memoria. La lectura verdadera ocurre de otra manera: lenta, silenciosa, casi vegetal.

Leer es permitir que una idea eche raíces.

Un lector abre un libro y de pronto comienza una conversación imposible. Borges aparece caminando por una biblioteca infinita. Cervantes discute con un hidalgo flaco que confunde molinos con gigantes. García Márquez deja pasar una lluvia de mariposas amarillas por el patio de una casa caribeña.

Todo ocurre dentro de la página.

Los libros no transportan cuerpos: transportan mundos.

Un lector puede estar sentado en cualquier mesa —en San Juan, en Lima o en una biblioteca perdida entre los Andes— y sin moverse un centímetro recorrer siglos enteros de pensamiento humano.

Es un viaje que ninguna aerolínea puede vender.

Por eso la lectura siempre ha sido una actividad incómoda para el poder. Las sociedades que leen desarrollan una costumbre peligrosa: hacen preguntas. Y las preguntas, como el buen café, despiertan.

El lector aprende pronto que la realidad nunca es tan simple como la cuentan. Descubre que cada relato oficial es apenas una versión provisional del mundo. Que detrás de cada historia existe otra historia esperando ser leída.

Leer, en el fondo, es aprender a sospechar. Pero también es aprender a detenerse.

Mientras el mundo corre detrás de la próxima notificación, el lector realiza un acto casi revolucionario: se sienta. Abre un libro. Y durante un rato deja que el tiempo vuelva a tener profundidad.

El café ayuda.

No solo por la cafeína, sino por el ritual. La taza caliente entre las manos. El aroma oscuro elevándose como una pequeña nube doméstica. El sonido suave de una página girando. Es una coreografía íntima entre el pensamiento y la quietud. Y entonces ocurre algo extraño. Los lectores lo saben. En medio de la lectura, el mundo cambia de temperatura. Las calles parecen más antiguas. Las conversaciones más densas. El silencio más inteligente.

Un buen libro no se lee: se habita.

Hay frases que se quedan viviendo dentro de nosotros durante años. Frases que regresan cuando caminamos por una calle vacía, cuando observamos una ventana iluminada o cuando el mundo parece haberse vuelto demasiado absurdo.

Quizá por eso las bibliotecas se parecen a bodegas de vino. Cada libro guarda una cosecha de ideas. Y cada lector, al abrirlo, descorcha una conversación que comenzó siglos antes de que él naciera.

Una mañana, mientras terminaba mi café, creí escuchar algo curioso. No venía del libro ni de la calle. Venía de la taza. El grano parecía susurrar su propia historia. Recordaba la montaña, la lluvia, el viento, el fuego que lo transformó. Y comprendí entonces que el café y los libros comparten el mismo destino: ambos nacen en silencio para despertar conciencias.

Tal vez por eso la civilización no se sostiene en los parlamentos ni en los discursos solemnes. Se sostiene en cosas más pequeñas.

Un libro abierto.

Una mesa tranquila.

Una taza de café humeante.

Porque mientras exista alguien leyendo en silencio —con una taza de café peruano junto al libro— la inteligencia humana seguirá teniendo un refugio contra el rebuzno del mundo. Y tal vez esa sea la verdadera historia de la humanidad: la conversación infinita entre un libro abierto… y una taza de café.

Artículos relacionados

Cuando el periodismo dejó de leer

Cuando el periodismo dejó de leer

Hay periodistas que saben lo que dijo un ministro esta mañana, pero ignoran que alguien dijo casi lo mismo hace cincuenta años. Conocen el último tuit, la encuesta de la semana, el escándalo que durará hasta mañana y la frase que durante unas horas incendiará las...

Milei y el hombre que recuerda

Milei y el hombre que recuerda

Estaba tomando café cuando apareció Mascarita. No sé exactamente de dónde vino. Tal vez salió de alguna página de El hablador que había quedado abierta sobre la mesa o de esa mala costumbre que tienen ciertos personajes literarios de abandonar los libros cuando...

Cuba, la revolución que alguna vez amamos

Cuba, la revolución que alguna vez amamos

Preparé café y me quedé mirando las volutas que ascendían lentamente sobre la taza. No sé por qué pensé en Cuba. O quizá sí lo sé. Hay países que uno conoce antes de conocerlos. Lugares a los que llegamos primero por los libros, las fotografías, las canciones o las...

Accomarca: la novela que no pude terminar

Accomarca: la novela que no pude terminar

A veces pienso que Lituma pudo haber llegado a Accomarca. No el cabo de una novela, exactamente, sino ese peruano desconcertado que Mario Vargas Llosa condenó a recorrer un país que nunca termina de comprender. Lo imagino subiendo por los caminos de Ayacucho,...

Hasta que la costumbre nos separe

Hasta que la costumbre nos separe

Hay matrimonios que terminan mucho antes del divorcio. Algunos incluso tienen la particularidad de continuar durante décadas después de haber terminado. Pensé en eso mientras desenroscaba una cafetera italiana. La llené de agua hasta debajo de la válvula, coloqué el...

La burguesía que aprendió a levantar el puño

La burguesía que aprendió a levantar el puño

Mi discusión con la izquierda comenzó mucho antes de que supiera que estaba discutiendo con ella. Comenzó en la universidad, estudiando Derecho y Ciencia Política, frente a uno de esos gruesos libros de Historia que convierten las revoluciones en capítulos y las...

El cometa que prometió volver

El cometa que prometió volver

En 1986 todavía mirábamos el cielo. No había teléfonos inteligentes que nos obligaran a caminar con la cabeza inclinada, ni redes sociales capaces de convertir cualquier prodigio en un espectáculo de quince segundos. Para saber qué estaba ocurriendo allá arriba había...

El retrato de Marcelo en la buhardilla

El retrato de Marcelo en la buhardilla

Hay políticos que envejecen. Hay otros que solamente retocan el retrato. Oscar Wilde imaginó a un hombre condenado a conservar intacta su belleza mientras un cuadro escondido acumulaba las marcas de sus miserias. Dorian Gray caminaba por los salones con el rostro...

Pocitolandia y el príncipe de las planillas

Pocitolandia y el príncipe de las planillas

Los viejos bosques saben guardar secretos. Los castillos, en cambio, apenas consiguen esconderlos. Había una vez, al pie de una cordillera donde las acequias parecían espejos y las viñas crecían obedeciendo al sol, un pequeño reino llamado Pocitolandia. Los viajeros...

La epidemia que aprendió a convivir con nosotros

La epidemia que aprendió a convivir con nosotros

Hay enfermedades que obligan a cerrar escuelas, aeropuertos y fronteras. Hay otras que dejan todo abierto porque nadie sospecha que son enfermedades. No producen fiebre. No alteran los análisis clínicos. No llenan hospitales. Sin embargo, modifican elecciones,...

Argentina también tiene su Odisea

Argentina también tiene su Odisea

La nueva versión cinematográfica de La Odisea vuelve a poner una pregunta sobre la mesa: los pueblos no solo se construyen con victorias, también con la forma en que sobreviven a sus propias derrotas. La historia argentina, vista desde esa perspectiva, parece menos...

Los caminos de un periodista

Los caminos de un periodista

Mientras leía por segunda vez Clases de literatura, hubo un pasaje que dejó de hablarme de escritores para empezar a hablarme de periodistas. No cambió el texto. Cambió el lector. Tal vez porque, después de tantos años recorriendo archivos, expedientes y silencios,...