Cuando El Principito llegó al planeta San Juan

Feb 24, 2026 | Nacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

Crónica mínima sobre maestros, números y esa obstinada ficción administrativa según la cual la estrechez siempre es una fatalidad y nunca una elección.

Cuando el pequeño viajero arribó al planeta San Juan —una geografía de sol insistente, vientos zonda que parecían arrastrar siglos de polvo y montañas inmóviles como pensamientos demasiado viejos— creyó, como en cada escala de su travesía, que encontraría adultos entregados a ocupaciones trascendentes. Los adultos, después de todo, jamás se consideran ociosos; siempre están absorbidos por asuntos que juzgan fundamentales, aunque rara vez puedan explicar con claridad en qué consiste tal fundamentalidad.

No tardó en advertir la institución central de aquel mundo: la escuela.

Había edificios austeros, patios silenciosos, campanas disciplinadas, horarios trazados con una precisión casi astronómica. Todo parecía funcionar bajo esa lógica tranquilizadora que tanto seduce a los sistemas organizados: la previsión, el orden, la secuencia. Y había maestros. Muchos. Caminaban con una prisa peculiar, cargando carpetas, cuadernos, planificaciones, preocupaciones y una forma de cansancio que el viajero —experimentado observador de planetas y costumbres humanas— no había visto en otras latitudes. No era agotamiento físico. No era desinterés. Era algo más denso.

Una fatiga que no provenía del acto de enseñar —que en casi todos los planetas conserva algo de impulso vital— sino del peso invisible de sostener, día tras día, una tarea que el planeta exaltaba en ceremonias y comprimía en liquidaciones.

Un zorro, atento como todos los seres verdaderamente lúcidos, ofreció la primera clave interpretativa:

—Enseñan.

El viajero asintió, aunque su intuición le indicaba que aquella respuesta, aun siendo cierta, resultaba insuficiente.

—No caminan así por enseñar —aclaró el zorro con suavidad irónica—. Caminan así por lo que los adultos llaman salario.

Y entonces comenzó a revelarse la lógica íntima del planeta.

La devoción por los números

En aquel mundo, los adultos veneraban los números con una fe que ya no parecía administrativa sino casi teológica. Todo debía expresarse en cifras: escalas, incrementos, márgenes, proyecciones. Los números no solo describían la realidad; la legitimaban, la ordenaban, la volvían —al menos en apariencia— irrefutable.

Aquello que podía cuantificarse adquiría inmediatamente el prestigio de lo indiscutible. Aquello que no, quedaba relegado al territorio incómodo de las percepciones.

Intrigado, el viajero pidió que le mostraran cuánto valía un maestro.

Los adultos, complacidos —pues pocas cosas tranquilizan tanto como una conversación sostenida en aritmética— desplegaron tablas impecables: columnas alineadas, sumas exactas, equilibrios cuidadosamente justificados. Sin embargo, las cifras resultaban desconcertantemente modestas frente a la magnitud simbólica que aquellos mismos adultos atribuían al oficio docente en ceremonias y discursos.

—¿Esto es todo? —preguntó el viajero.

—Es lo posible —respondieron con serenidad técnica—. La realidad presupuestaria del planeta impone límites inevitables.

El viajero, que había recorrido demasiados mundos habitados por adultos, reconoció de inmediato aquella forma particular de certeza: la que convierte decisiones humanas en fatalidades impersonales, prioridades en inevitabilidades y elecciones en simples consecuencias de una aritmética supuestamente inapelable. Los números pequeños, comprendió, generan inquietudes persistentes.

La Ministra, la Secretaria y las palabras cuidadosamente razonables

En el centro institucional del planeta San Juan habitaban dos figuras de dicción irreprochable: la Ministra y la Secretaria. Dominaban el delicado arte del lenguaje público, territorio donde la elocuencia prosperaba con admirable vitalidad, aun cuando la inteligencia —más tímida, más laboriosa— no siempre acompañara el mismo ritmo de expansión.

—Reconocemos el esfuerzo de los maestros.

—Comprendemos la complejidad del contexto.

—Trabajamos dentro de las posibilidades reales.

Nada sonaba incorrecto. Nada resultaba abiertamente áspero. Cada frase emergía pulida, prudente, técnicamente razonable. Y, sin embargo, los maestros escuchaban aquellas declaraciones con una expresión que intrigó profundamente al viajero.

No era ira. No era sorpresa. Era algo más silencioso. Una forma de escepticismo sereno, de cansancio que ya no necesita exaltarse porque ha aprendido la estabilidad de ciertas fórmulas, la circularidad de ciertos argumentos, la persistencia casi ritual de ciertas explicaciones.

—¿Por qué no se tranquilizan si las palabras son tan razonables? —preguntó el viajero al zorro.

El zorro respondió con una ironía suave:

—Porque las palabras, cuando circulan demasiado tiempo sin alterar la materia de las cosas, comienzan a comportarse como el viento. Se oyen. No necesariamente modifican el clima.

El viajero comprendió entonces que el lenguaje institucional cumplía una función sutil y decisiva: amortiguar tensiones, explicar limitaciones, preservar equilibrios. Reconocer sin desordenar. Admitir sin transformar demasiado. Nombrar la dificultad sin alterar su arquitectura.

El maestro que se distribuía

Entre los habitantes de la escuela, el viajero conoció a un maestro que contemplaba varios crepúsculos cada día. No por inclinación poética ni por fascinación astronómica, sino por una necesidad más elemental. Enseñaba en distintos puntos del planeta, encadenando jornadas fragmentadas, reorganizando su tiempo con la precisión de quien ya no administra vocaciones sino supervivencias.

—¿Te gusta viajar? —preguntó el viajero.

—No viajo —respondió el maestro con una sonrisa cansada—. Me distribuyo.

Aquella palabra quedó suspendida en el aire como una revelación involuntaria.

Distribuirse: fragmentar la energía, dividir la atención, dispersar la presencia.

Distribuirse: no habitar plenamente ningún sitio, pero ser necesario en todos.

El viajero comprendió entonces que la estrechez material no solo reorganizaba ingresos; reorganizaba existencias. El maestro ya no era únicamente un transmisor de saberes. Se convertía, silenciosamente, en un equilibrista temporal, en un administrador de fatigas, en un profesional de la adaptación constante. Y el sistema —como todos los sistemas eficaces en apariencia— aprendía a depender de esa elasticidad sin necesidad de nombrarla demasiado.

La Rosa

Fue entonces cuando el viajero advirtió algo más delicado, más difícil de capturar en informes oficiales. En cada aula, en cada gesto pedagógico, en cada paciencia silenciosa, parecía latir una presencia invisible pero obstinada.

Como una rosa.

No era una flor literal, sino algo más frágil: la vocación. Ese lazo íntimo, casi irracional desde la lógica estrictamente económica, que une al maestro con el acto de enseñar, con el saber, con los alumnos, con una idea del mundo donde el conocimiento todavía conserva dignidad transformadora.

Cada maestro, comprendió el viajero, cuidaba su propia rosa. La regaba con esfuerzos invisibles. La protegía del desaliento. La sostenía más allá de las cifras.

Pero aquella rosa —a diferencia de las que había visto en otros planetas— crecía en suelo austero. El clima material resultaba inestable. La serenidad, siempre condicionada. La continuidad, permanentemente amenazada por variables externas al aula. Y, sin embargo, sobrevivía. No gracias al clima. No gracias a la estructura. Sino gracias al vínculo.

La paradoja persistente

En ceremonias y discursos, los adultos del planeta San Juan exaltaban la figura del maestro con solemnidad impecable. Lo llamaban pilar del futuro, garante del desarrollo, arquitecto social. Las metáforas abundaban con una generosidad retórica casi exuberante. Pero al observar las condiciones materiales de aquellos pilares tan celebrados, el viajero experimentó una perplejidad difícil de disipar:

—Si son tan importantes, ¿por qué viven con tanta estrechez?

Los adultos explicaron equilibrios, contextos, limitaciones, responsabilidades de gestión. Y lo hicieron con la serenidad característica de quienes dominan el lenguaje de las restricciones inevitables.

El viajero advirtió entonces otra constante universal:

Los sistemas administrados por adultos poseen una notable capacidad para convivir con contradicciones prolongadas, especialmente cuando estas pueden expresarse en términos técnicos, presupuestarios o procedimentales.

El sistema admiraba la rosa. Pero el jardín dependía de márgenes. Y los márgenes —siempre razonables, siempre explicables— rara vez admiten urgencias humanas.

Lo esencial y sus condiciones

Antes de partir, el viajero formuló una pregunta que generó silencios espesos en los ámbitos donde se decidían los asuntos verdaderamente importantes del planeta:

—¿Qué sucede cuando quienes cuidan las rosas viven preocupados por la lluvia?

Los adultos consultaron cifras. Revisaron previsiones. Articularon respuestas impecablemente razonables.

El viajero se marchó con una intuición persistente, serena, casi obvia:

Lo esencial —aunque invisible— nunca es completamente independiente de las condiciones que lo sostienen.

Y los adultos, siempre tan serios, siempre tan convencidos de sus números, de sus márgenes, de sus palabras cuidadosamente prudentes —incluido el Gobernador, incluida la Ministra, incluida la Secretaria, incluidos todos aquellos que administran los asuntos importantes del planeta— rara vez advierten el instante exacto en que aquello que dicen proteger comienza a debilitarse.

No de golpe. No dramáticamente. Sino con la paciencia silenciosa, administrativa, perfectamente explicada… del desgaste.

Y fue entonces cuando el viajero comprendió que, en ciertos mundos, lo verdaderamente invisible no es lo esencial, sino la responsabilidad.

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