Entre celebraciones oficiales y memorias selectivas, Lima cumple años mientras evita mirarse en su espejo más incómodo: la derrota, la ocupación y la persistente corrupción político-militar que atraviesa su historia. Un ensayo sobre lo que se festeja, lo que se calla y lo que vuelve cuando la memoria se posterga.
Lima festeja hoy.
La ciudad se adorna con música criolla, balcones coloniales restaurados para la foto, postres virreinales que endulzan la nostalgia y discursos oficiales que confunden historia con postal. Son 491 años de la fundación española de la Ciudad de los Reyes, y el calendario —siempre obediente al poder— marca celebración.
Pero el calendario también calla.
Ayer, 17 de enero, apenas unos pocos recordaron una fecha incómoda, una de esas que no entran en el programa oficial ni en el repertorio turístico: el aniversario de la caída de Lima tras las derrotas de San Juan, Chorrillos y Miraflores, durante la Guerra del Pacífico.
La pregunta no es si Lima debe festejar. Las ciudades sobreviven celebrándose.
La pregunta es qué eligen recordar y, sobre todo, qué deciden olvidar.
Hace 145 años, Lima no celebraba. Lima resistía mal, se defendía peor y era gobernada por una dirigencia que confundía retórica con estrategia y patriotismo con improvisación. Tras las derrotas militares que abrieron las puertas de la capital, las tropas chilenas ingresaron a la ciudad y la recorrieron como quien inspecciona un botín largamente anunciado.
Durante casi tres años, la bandera del país del sur flameó en el mismo centro donde hoy se levanta el Palacio de Gobierno. Ese edificio —como casi todo en el poder— ha cambiado de nombre y de fachada, pero no siempre de lógica.
¿Cómo habrá sido aquella Lima de enero de 1881?
No la Lima del vals ni del anticucho festivo, sino la Lima ocupada.
La Lima del silencio forzado, de las bibliotecas saqueadas, de los hospitales convertidos en cuarteles, de la humillación cotidiana.
La Lima que aprendió, a la fuerza, que la derrota militar suele ser apenas el último acto de una derrota política mucho más antigua.
Porque ninguna ciudad cae solo por la fuerza del enemigo.
Las ciudades caen primero por la ineptitud de quienes las gobiernan.
La corrupción como antesala de la derrota
La corrupción político-militar que se vivía en Lima en tiempos de guerra parece no haber cambiado; apenas ha aprendido a disfrazarse mejor.
En aquellos años, mientras los soldados mal armados defendían posiciones imposibles y los civiles improvisaban patriotismo con lo que quedaba, una parte de la dirigencia negociaba, especulaba o simplemente huía con pasaporte otorgado por el enemigo. Había generales sin tropas, políticos sin patria y contratos sin moral. La derrota no fue solo militar: fue ética.
Los archivos hablan de pertrechos que nunca llegaron, de fondos desviados, de decisiones estratégicas tomadas más por conveniencia personal que por necesidad nacional. La guerra encontró a Lima gobernada por una alianza tóxica entre improvisación, corrupción y soberbia ilustrada. Se hablaba de honor mientras se vaciaban arsenales; se invocaba la República mientras se licuaba el Estado.
Esa Lima no cayó en San Juan ni en Miraflores.
Cayó antes, en los escritorios.
Lo inquietante es que ese esquema no pertenece solo al siglo XIX. Cambiaron los uniformes, las armas y los discursos, pero la lógica de la impunidad sigue intacta. Hoy ya no se pierden guerras territoriales del mismo modo, pero se pierden batallas institucionales todos los días: presupuestos inflados y mal ejecutados, compras opacas, jerarquías militares subordinadas al vaivén político y una dirigencia civil que utiliza a las Fuerzas Armadas como escenografía antes que como institución estratégica.
Ayer fue la ocupación extranjera; hoy es la ocupación del Estado por redes de intereses.
Ayer flameó una bandera ajena en el corazón de Lima; hoy flamean otras banderas, más discretas pero igual de persistentes: las del negocio, el cálculo electoral, la desmemoria.
El Palacio, las bazofias y la repetición
El Palacio de Gobierno sigue en el mismo lugar. Es una geografía obstinada. Por sus salones pasó la humillación de la ocupación, el boato de las repúblicas frágiles y la coreografía infinita del poder latinoamericano. Cambian los hombres, no el rito. Cambian los discursos, no el vacío.
Los políticos que permitieron aquella tragedia histórica —con su ceguera, su mezquindad y su incapacidad para leer el mundo que se venía— no son figuras lejanas ni piezas de museo. Se parecen demasiado a muchos de los que hoy, siglo y medio después, pugnan por ocupar el mismo palacio, el mismo sillón, la misma ilusión de poder.
Treinta y tantas candidaturas —bazofias, en su mayoría— se disputan hoy el futuro del Perú como si fuera un premio y no una responsabilidad. Hablan de modernidad, de crecimiento y de estabilidad mientras repiten los mismos errores estructurales: fragmentación política, desprecio por la historia, incapacidad para construir Estado.
Ninguno parece preguntarse seriamente qué significa gobernar un país que ya fue ocupado cuando sus élites corruptas fallaron.
La Guerra del Pacífico no fue solo una guerra perdida. Fue una radiografía brutal de un Estado débil, de una clase dirigente desconectada de su territorio y de una sociedad obligada a pagar el precio de esa desconexión. Recordarla no es un acto de resentimiento: es un ejercicio de lucidez.
Celebrar sin memoria
Pero la memoria incomoda. Y por eso se la reemplaza por celebraciones inofensivas, por aniversarios edulcorados, por una Lima congelada en el imaginario colonial, como si el tiempo se hubiera detenido en los balcones y no en las cicatrices.
Celebrar sin recordar es una forma elegante de repetir la historia.
Ayer fue 17 de enero y casi nadie lo mencionó. Hoy es 18 y la ciudad canta. Mañana será otro día y la política seguirá girando en su rueda de promesas recicladas. Mientras tanto, el Palacio permanece: testigo mudo de banderas que cambian y errores que persisten.
Lima cumple años.
La memoria, en cambio, sigue esperando.
Y la historia —que nunca se va del todo— observa en silencio, anotando fechas.
Feliz domingo, despistados.
Nota:
Este artículo nace a partir de un comentario de mi amigo, escritor y editor José Donayre. Dos palabras —bazofia y despistados— le pertenecen y se conservan deliberadamente como guiño, eco y homenaje a aquella conversación inicial que encendió la memoria.














