Más popular que Jesucristo: una cruz y una canción

Ene 17, 2026 | Prosa & Verso

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

A sesenta años de la frase que incomodó al mundo, John Lennon vuelve como síntoma. Entre la reingeniería del Vaticano, la conversión de la fe en marca y la política como espectáculo, este ensayo recorre la disputa silenciosa entre sentido y visibilidad, entre el Cristo que no compite y un mercado que todo lo convierte en producto.

Si Jesucristo regresara en 2026 no lo crucificarían.

Lo invitarían a competir.

Le abrirían una cuenta verificada, le asignarían un hashtag, le sugerirían acortar las parábolas a treinta segundos y, si fuera posible, sonreír un poco más. El problema no sería su mensaje, sino su bajo rendimiento en métricas. No grita. No polariza. No promete resultados inmediatos. No vende.

John Lennon lo habría entendido al instante.

Cuando en 1966 dijo que los Beatles eran “más populares que Jesucristo”, no estaba haciendo teología ni marketing. Estaba describiendo un cambio de época. Medio siglo después, aquella frase ya no escandaliza: funciona como diagnóstico. La modernidad no dejó de creer; cambió el objeto de su fe. Reemplazó el misterio por el espectáculo, la trascendencia por la visibilidad, la duda por el alcance.

En el centro del escenario está Jesucristo. No habla. No empuja. No se explica. No compite.

A su alrededor, una feria contemporánea: revolucionarios profesionales con consignas prefabricadas, líderes políticos convertidos en marcas personales, influencers con causas reciclables, corporaciones que venden rebeldía en envases sustentables. Todos disputan el mismo bien escaso: atención.

Jesús no participa.

Y por eso pierde.

A la derecha, un revolucionario de catálogo alza el puño con el logo bien visible. A la izquierda, una multinacional lanza una campaña solidaria mientras ajusta salarios. Más allá, un líder carismático promete redención nacional en cuotas. Todos hablan de cambiar el mundo. Nadie calla.

Jesucristo permanece quieto. No pide seguidores. No cobra entrada. No promete éxito. Habla de perder para encontrar, de amar al enemigo, de cargar la cruz propia y no la ajena. Ideas poco competitivas en un mundo que mide todo en rendimiento.

Los algoritmos no saben qué hacer con él. No retiene audiencia. No genera engagement. No entra en una historia. No sirve para merchandising.

La competencia ya no es entre Cristo y los Beatles.

Es entre el silencio y el ruido.

Y el ruido gana.

En 2026 no se cree: se consume. No se reza: se reacciona. No se busca sentido: se busca posicionamiento. La fe se volvió performance; la rebeldía, una línea de productos. Hay rankings de indignación, podios morales, guerras convertidas en contenido. Todo compite: ideas, dolores, tragedias.

John Lennon lo intuyó temprano. La verdadera herejía no fue compararse con Jesucristo, sino señalar que la popularidad se había convertido en la nueva medida de existencia. Si viviera hoy, tal vez corregiría su frase con exacta precisión:

“No somos más populares que Jesucristo. Es el mercado el que lo es.”

El Vaticano lo entendió antes que muchos.

No por revelación divina, sino por supervivencia institucional.

Comprendió que ya no competía contra herejías, sino contra la indiferencia. Y la indiferencia no se combate con dogma: se combate con presencia. El Concilio Vaticano II no fue solo un gesto teológico; fue una operación de reposicionamiento simbólico. Se abandonó el latín —idioma del misterio— y se eligió la lengua de la cercanía. Se acortó la distancia. Se humanizó el gesto.

El Vaticano entendió algo clave: Jesucristo era su marca más poderosa y también la más rentable, no solo en términos económicos, sino como capital cultural, político y moral. Pero esa marca debía seguir viva, reconocible, visible, en un mundo que empezaba a olvidar cómo mirar sin pantallas.

Así comenzó la reingeniería.

La marca Jesucristo no es estática. Sigue la reingeniería del Vaticano y se acomoda al desarrollo del mercado de cada época. No porque el mensaje haya cambiado, sino porque el mercado del sentido sí lo hizo. Cada tiempo exige su propio Cristo visible: uno solemne para épocas de obediencia, uno carismático para la Guerra Fría, uno cercano para la era de la desafección. El Vaticano entendió que, en un mundo gobernado por flujos de atención, Cristo debía seguir circulando.

No fue una traición a la fe. Fue estrategia.

Llegaron los papas mediáticos, los viajes multitudinarios, las transmisiones globales, los discursos diseñados para titulares. Juan Pablo II como frontman carismático. Benedicto XVI como el último intento del pensamiento lento en una época que ya no lee notas al pie. Francisco como síntesis final: cercanía, frases breves, gestos simbólicos, narrativa social. Un papa comprensible para la lógica del recorte.

La Iglesia decidió competir sin admitir que competía.

Administrar el mensaje. Proteger la marca. Mantener vigente al Cristo institucional mientras el Cristo original seguía hablando un idioma incompatible con el mercado.

Porque Jesucristo —el de las parábolas largas, el del silencio, el de la incomodidad— nunca pidió esa reconversión.

No habló en slogans. No buscó audiencias. No adaptó su mensaje al público objetivo. No se dejó monetizar. Fue el mercado el que tuvo que aprender a convivir con su ausencia.

En 2026, el Vaticano compite —aunque no lo diga— con plataformas digitales, gurúes motivacionales, influencers espirituales, causas instantáneas y marcas que venden redención sin cruz. Compite por tiempo, por atención, por sentido. Lo hace con siglos de experiencia y una maquinaria simbólica que ninguna multinacional posee.

Jesucristo sigue afuera de esa carrera.

No tiene cuenta oficial.

No lanza campañas.

No ajusta su mensaje al clima de época.

Tal vez esa sea su última provocación.

No vencer.

No gritar.

No venderse.

Permanecer.

Y, al final, en esta competencia feroz de posicionamiento de marcas, de identidades convertidas en producto y de causas reducidas a logotipo, siempre habrá alguien —anónimo, silencioso, fuera de las métricas— que reconozca una cruz mientras escucha una canción de los Beatles. No como contradicción, sino como intuición. Porque en ese gesto mínimo conviven dos verdades que el mercado nunca logró separar del todo: la necesidad de sentido y la belleza que incomoda. Lennon lo dijo sin saberlo, Cristo lo enseñó sin venderlo, y el mundo —entre ruido, pantallas y consignas— sigue buscándose ahí, en ese cruce improbable donde una melodía y una cruz todavía dicen más que cualquier marca bien posicionada.

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