La paciencia del café y el oficio de aprender

Ene 15, 2026 | Prosa & Verso

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

Crónica–ensayo sobre cómo el periodismo se transmite en la escucha, la memoria y el tiempo compartido

Dicen que hay cafés donde el tiempo se comporta distinto. No avanza: se posa. Ese fue el café donde empezó todo, una tarde en la que el reloj decidió mirar para otro lado y dejar que la conversación hiciera su trabajo.

Él estaba sentado como si hubiera estado allí desde siempre. No esperaba a nadie, pero tampoco parecía solo. Observaba. Esa forma de mirar que no juzga, que no invade, que apenas inclina la cabeza, como quien sabe que la verdad no se deja atrapar por la fuerza ni por el apuro.

Nos acompañó una prensa francesa con café peruano. No llegó: se instaló. Las volutas del café ascendían lentas, dibujando figuras caprichosas en el aire, como si cada espiral estuviera buscando una historia. La prensa trabajaba con una paciencia casi humana, y cada segundo del proceso parecía una ceremonia, no una espera. El aroma ocupó la mesa y también la memoria, como si supiera que ese día no se contaba en horas, sino en vueltas completas.

Mientras el café descendía, algo más empezó a suceder.

Las palabras —que suelen esconderse— comenzaron a aparecer. Episodios de mi vida que yo creía extraviados regresaron como viejos conocidos: escenas sin fecha, voces que habían quedado en pausa, decisiones tomadas sin plena conciencia de su peso. Él no preguntaba. Escuchaba. Y en ese silencio activo, la memoria se animó a hablar sola, como si hubiera estado esperando ese clima exacto para volver.

Ahí comprendí que el periodismo de investigación no comienza con la sospecha, sino con la paciencia. Que hay verdades que no se arrancan: se dejan venir. Que forzarlas es, muchas veces, una forma elegante de mentir.

Miraba el proceso de la prensa francesa como un alquimista observa su experimento. Sabía que apurar el calor arruina la sustancia. En su mundo, investigar no era correr detrás del dato, sino quedarse lo suficiente como para que el dato decida aparecer. No perseguía la primicia: la esperaba. Y en esa espera había ética, método y una forma muy precisa de respeto por el otro y por la historia.

En ese café —que ya no era solo un café, sino un umbral— aprendí el oficio de periodista. No por instrucciones ni consignas, sino por contagio. Aprendí que escribir es hacerse cargo de lo que uno ve. Que escuchar es una forma de valentía. Que el silencio, cuando es honesto, también informa. Y que analizar no es enfriar la realidad, sino ordenarla para comprenderla mejor.

Afuera, la ciudad de Mendoza seguía su ritmo, indiferente y apurada. Adentro, algo se cerraba con suavidad. No con estrépito, sino como se cierran las cosas importantes: sin testigos. Sonreía de un modo distinto, como quien reconoce una fecha sin nombrarla. El café parecía más redondo, el aroma más completo, como si todo hubiera vuelto al punto exacto de partida.

Aprendí el oficio de periodista gracias a él. No en una redacción ni en un manual, sino en la práctica silenciosa del café, la conversación y la paciencia. Aprendí que el periodismo no es un acto de exhibición, sino de responsabilidad. Que analizar importa tanto como narrar. Que escuchar precede siempre a escribir y que la palabra, cuando llega demasiado rápido, suele llegar incompleta.

Ese día hubo una taza de café y una conversación que cerró un círculo.

Años que se acomodaron solos, como papeles viejos que por fin encuentran su archivo.

Voces que recuperaron su tono y su lugar.

Y la certeza —serena, sin estridencias— de que algunas pasiones no se apagan con el tiempo: se celebran en voz baja.

Hoy es su cumpleaños. Y este ensayo es apenas un granito de gratitud y admiración. Una forma de decir gracias sin levantar la voz. Un gesto mínimo para alguien que me enseñó que el periodismo no se grita: se escucha.

Cuando nos despedimos, la prensa francesa había terminado su tarea. La taza estaba vacía, pero el café seguía ahí, flotando en el aire, como si se negara a irse. Por un instante tuve la certeza de que el café tardaría años en olvidar esta fecha.

Hay culpas que no se expían.

Se agradecen.

Y esta —la de haberme empujado al periodismo sin empujarme— es la más querida de todas: la de mi amigo, Christian Sanz.

Porque el periodismo no se grita.

El periodismo se escucha y se analiza.

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