La captura del cónsul tropical: cómo los imperios siempre llegan después del botín

Ene 4, 2026 | Internacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

Imperium non quaerit iustitiam, sed ordinem.

(El imperio no busca justicia, sino orden.)

La historia no se repite, pero rima. Y cuando rima, suele hacerlo con acento militar, olor a pólvora y un comunicado redactado en inglés correcto, traducido a varios idiomas y bendecido por la palabra “democracia” en su versión exportación. El bombardeo sobre Venezuela —preciso, dijeron— y la posterior captura de Nicolás Maduro no fue un relámpago moral ni un arrebato humanitario. Fue, como casi todas las grandes gestas del poder, una operación de intereses con épica incluida. Primero el mapa; después la ética. Primero el subsuelo; luego el discurso.

El guion es antiguo. Tan antiguo como el Mediterráneo cuando Roma decidió que Cartago no era un competidor comercial sino una anomalía intolerable. Cartago tenía flota, rutas, puertos, una economía viva y una peligrosa autonomía. Roma tenía legiones, senadores y una narrativa impecable: Cartago debe ser destruida. No porque fuera moralmente inferior —eso se escribiría después— sino porque estorbaba.

Venezuela, como Cartago, fue convertida primero en símbolo y luego en objetivo. El símbolo es indispensable: permite que el misil parezca una corrección histórica y no un acto de fuerza. El régimen bolivariano —esa mezcla de épica agotada, control social y retórica congelada en el siglo XX— llevaba años siendo presentado como una excepción moral. Dictadura, autoritarismo, crisis humanitaria, narcotráfico: todo cierto, todo insuficiente. Porque si la moral fuese el verdadero motor de las invasiones, el mundo estaría cubierto de cráteres éticos. Y no lo está.

Roma no cruzó el mar para liberar a los cartagineses de sus élites mercantiles. Cruzó porque Cartago controlaba el comercio. Porque su sola existencia cuestionaba el monopolio romano del Mare Nostrum. Cuando Julio César avanzó sobre las Galias, tampoco llevaba consigo un tratado de derechos civiles. Llevaba ambición, tierras prometidas para sus veteranos y una República que comenzaba a quedarle estrecha. La civilización, como siempre, vino después. Grabada en mármol. Escrita por los vencedores.

El bombardeo sobre Venezuela siguió la misma liturgia. Primero, la demonización absoluta. El adversario no puede ser simplemente un mal gobernante: debe ser un tirano arquetípico, una caricatura del mal, una figura sin matices. Catón el Viejo cerraba todos sus discursos en el Senado con la misma frase, sin importar el tema tratado. Hoy los noticieros hacen lo mismo: cualquier noticia regional termina, inevitablemente, en Caracas.

Luego llega la fase de inevitabilidad. “No había otra opción”. Roma tampoco tenía otra opción, decían. Cartago era una amenaza latente, aun derrotada. Venezuela, con sus reservas, su ubicación estratégica y su obstinación política, también lo era. La geopolítica detesta los cuerpos extraños. Prefiere territorios previsibles, gobiernos alineados y mercados obedientes.

La captura de Maduro fue presentada como el final de una anomalía histórica. Como si la historia fuera un problema administrativo que se resuelve removiendo una pieza del tablero. Roma creyó lo mismo cuando arrasó Cartago y, según la leyenda, sembró sal sobre sus ruinas. Eliminado el enemigo, vendría la paz. Lo que vino fue otra guerra. Y otra. Y otra más.

Hay una ironía persistente en estas escenas: los imperios siempre llegan tarde a sus propias justificaciones. Primero actúan; después explican. Primero conquistan; luego redactan el editorial moral. El discurso humanitario es siempre un epílogo, nunca un prólogo. En Venezuela, la narrativa de la liberación apareció cuando los misiles ya habían hablado en Miraflores.

Toda conquista necesita, además de armas, una palabra fetiche. Roma tuvo civilización. España tuvo evangelización. El siglo XXI tiene una más breve, más cómoda y peligrosamente elástica: América.

América —dicen los americanos— como si el continente fuera una franquicia registrada, como si el nombre completo viniera con manual de uso y derechos exclusivos. No Estados Unidos de América —demasiado largo, demasiado honesto— sino América, a secas, limpia, apropiada. El resto somos apéndices geográficos: Sud, Centro, Latino, Tropical. Adjetivos. Nunca sustantivo.

Roma jamás se llamó a sí misma Europa. Eso vino después, cuando ya no estaba. Pero los imperios modernos aprendieron rápido: nombrarse es dominar. Decir América es un acto de conquista semántica. Un bombardeo lingüístico previo al real. Porque cuando América actúa, no interviene un país: interviene una idea. Y las ideas no necesitan pedir permiso.

Así, el ataque sobre Venezuela no fue —según el relato— obra de un Estado con intereses concretos, sino de América defendiendo valores. América como sustantivo moral, no como geografía. América como juez, no como parte. América como si Caracas no estuviera en ella, como si el Caribe fuera un error de imprenta.

Cartago también fue expulsada del lenguaje antes de ser arrasada. Dejó de ser ciudad para convertirse en amenaza. Venezuela dejó de ser país para convertirse en problema. Y los problemas no se gobiernan: se corrigen. A veces con sanciones. A veces con bloqueos. A veces con capturas televisadas.

Y entonces, cuando el humo todavía ascendía como una ofrenda mal calculada, apareció la escena indispensable para completar el decorado moral. María Corina Machado, elevada por el encuadre televisivo a la categoría de conciencia legítima, aplaudía. No el estruendo —eso sería vulgar— sino la intención. Aplaudía la corrección histórica. El orden restablecido desde el cielo.

Era un aplauso limpio, civil, casi académico. Un aplauso de salón ilustrado mientras Caracas ardía en planos generales. Roma también tenía estos gestos: senadores que celebraban la caída de una ciudad sin haber pisado jamás sus ruinas. La virtud, cuando se alía con el poder, siempre encuentra la forma correcta de las manos.

El Premio Nobel de la Paz —ese galardón que suele llegar cuando la sangre ya se secó— parecía asomar como posibilidad futura. No por la paz conseguida, sino por la postura correcta. Porque en el nuevo orden moral, no se premia el silencio del fuego sino la coherencia del discurso. Aplaudir a tiempo es una forma moderna de heroísmo.

El aplauso cumplía su función: sellar el consenso. Roma destruía; los notables asentían. El imperio avanzaba; la virtud tomaba nota.

Plaudite, cives: imperium factum est.

(Aplaudan, ciudadanos: el imperio está hecho.)

La imagen del líder reducido a individuo —esposado, custodiado, mirando al suelo— completó el ritual. Roma exhibía a los reyes derrotados en sus triunfos. Hoy se los muestra en transmisiones globales. Cambia la escenografía; no el mensaje. El sacrificio del jefe permite cerrar el relato y tranquilizar conciencias.

El pueblo, siempre invocado, aparece tarde. El pueblo cartaginés no fue consultado sobre su liberación. El venezolano tampoco lo fue en el momento decisivo. Las consultas populares suelen llegar cuando ya no alteran el resultado. La democracia, como la civilización romana, se exporta empaquetada.

Hay algo profundamente romano en la apropiación del nombre América. Roma no necesitaba adjetivos: Roma era el mundo. Lo que quedaba afuera era barbarie. Hoy, América cumple la misma función simbólica: todo lo que no responde a su gramática es una desviación que debe ser corregida. No por odio —dicen— sino por responsabilidad histórica.

Y sin embargo, como en la Antigüedad, el mapa revela lo que el discurso oculta. Las conquistas no avanzan sobre desiertos morales, sino sobre territorios estratégicos. Roma no destruyó Cartago por su sistema político, sino por su ubicación. América no bombardea Venezuela por su retórica, sino por su subsuelo. El resto es redacción.

Cuando se apagan las cámaras y la historia vuelve a su ritmo lento, lo que queda nunca es la moral sino la geometría del poder. Un territorio reordenado. Un liderazgo decapitado. Un relato estabilizado. El imperio no celebra: normaliza. No promete: administra. No discute: ordena.

Roma no cayó el día que perdió una batalla, sino el día que creyó que su lengua era la historia misma. Cuando confundió su interés con el bien común y su expansión con un destino providencial. Antes de desaparecer, dejó una lección brutal que el presente se niega a aprender: ningún imperio sobrevive al instante en que su relato se vuelve más importante que la realidad que explota.

Venezuela, como Cartago, será escrita y reescrita hasta que el saqueo tenga apariencia de estabilidad. Cada versión dirá menos del país y más del poder que la narra. Porque las conquistas no se justifican: se gestionan. Y la ética, como siempre, llega tarde, cuando el botín ya cambió de manos y los mapas ya fueron corregidos.

La Antigüedad, al menos, no fingía. Decía conquista y conquistaba. Decía imperio y avanzaba. El presente prefiere la máscara: habla de valores mientras calcula reservas, invoca libertad mientras asegura rutas, pronuncia América como si fuera una coartaday no un nombre apropiado.

La historia no absuelve ni condena. Registra. Y lo que registra, una y otra vez, es lo mismo:

Ubi imperium, ibi interest.

(Donde hay imperio, hay interés.)

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