Vargas Llosa desde el más allá: crónica del escritor que sigue corrigiendo al Perú

Nov 30, 2025 | Prosa & Verso

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

El cielo, si existe, debe parecerse mucho a una biblioteca que nunca cierra. Un lugar donde las estanterías no acumulan polvo, donde las ediciones nunca se agotan y donde incluso los errores ortográficos se autocorrigen por intervención divina. Y si no se parecía, Mario Vargas Llosa ya la habría remodelado antes de pedir permiso. “Un cielo sin libros no es cielo, es populismo puro”, habría dicho con una mezcla de ironía y convicción estética.

Lo imagino ahí, sentado en un sillón de cuero que no envejece —un lujo que ni en Europa encontró—, leyendo Conversación en La Catedral como quien revisa su propio expediente vital. El libro, en ese cielo infinito, no termina nunca: cada página aparece renovada, como si el tiempo no fuera una línea sino un eterno borrador.

Mientras subraya una frase juvenil, el mapa del Perú —ese rompecabezas sísmico y emocional— se ilumina frente a él. Algún arcángel, probablemente con sentido estético, actualiza la proyección cada media hora, porque el Perú cambia de crisis con la misma regularidad con la que un político cambia de discurso. Entonces, como un reflejo involuntario, la pregunta se le escapa; no es un susurro, es un lamento literario:

—¿En qué momento se jodió el Perú?

Los ángeles no responden.

El silencio celestial sabe que esa pregunta funciona como un loop infinito, una espiral sin fin donde entran presidentes, congresistas, golpes, contragolpes, renuncias, vacancias, marchas, contramarchas y toda esa maquinaria triste que llamamos “vida republicana”.

El Fantasma del 90

Hay días en que el cielo se vuelve tan frío como la cordillera peruana. Esos días Vargas Llosa recuerda el momento más épico y a la vez doloroso de su biografía política: la derrota del 90.

A veces la revive como una pesadilla luminosa; otras, como un capítulo mal editado que jamás logró corregir. Lo dice con resignación y una sonrisa amarga:

—Yo, el liberal ilustrado, enfrentado a un ingeniero desconocido con tractor, camisa hawaiana y promesas mínimas. Perdí. Carajo, perdí.

Los querubines no conocen a Fujimori —el cielo no estudia autogolpes—, pero intuyen el desastre. Uno de ellos le alcanza un pañuelo celeste; otro toma nota, como si quisiera escribir un seminario celestial sobre populismo andino.

Aquella elección no solo partió a Mario.

Partió al Perú.

Y él lo supo incluso antes de que las actas estuvieran contadas.

—Ese domingo entendí que la política peruana no es una ciencia ni un arte: es una ruleta rusa sin manual y con balas ilimitadas.

A veces cree que el Perú se jodió ahí.

Pero luego recuerda que la pregunta tiene raíces más profundas: tan antiguas como las conspiraciones coloniales, tan tenaces como las burocracias republicanas, tan histéricas como cualquier debate contemporáneo.

El País que No Entraba en una Novela

Desde su nube privilegiada, el Nobel observa al Congreso peruano.

Y cada vez que lo ve, da gracias a Dios —literalmente— por estar muerto.

Las bancadas se reproducen como cuyes en temporada de lluvia; los legisladores cambian de camiseta más rápido que él cambió de ideología; cada sesión parece un capítulo descartado de La Casa Verde o un ensayo fallido de Ionesco.

Vuelve a su frase favorita, ahora pronunciada con cansancio metafísico:

—¿En qué momento se jodió el Perú?

Y, como siempre, termina respondiéndose solo:

—Quizá cuando empezamos a confundir audacia con improvisación, y salvadores con oportunistas. Quizá cuando los peruanos quisieron milagros en vez de reformas. Y yo, pobre diablo —bueno, pobre ángel— pensé que podía enderezar un país con discursos y una campaña elegante.

El Perú no era una novela.

Era un incendio.

Uno que cambiaba de color, de intensidad y de responsable cada semana.

Autocrítica sin Pecado Mortal

La muerte tiene la cortesía de permitir la autocrítica sin el peso del qué dirán. Desde la eternidad, Vargas Llosa ya no puede mentirse:

—Sí, cambié de posiciones políticas varias veces. Pero lo hice con estilo, con argumentos, con la intensidad de quien discute con su propio espejo.

Los ángeles lo escuchan con curiosidad: ellos no entienden la política, pero sí disfrutan del drama humano. Y en el cielo no existe Twitter, así que cada frase es un lujo sin linchamiento digital.

Admite también otra verdad, quizá la más grande:

—Mi error no fue perder. Mi error fue creer que el Perú quería ser modernizado desde arriba. El país no quería un arquitecto: quería un mago.

El cielo asiente con un silencio cómplice.

El Perú siempre fue más místico que racional.

El Congreso como Comedia Involuntaria

Vargas Llosa mira al actual Congreso peruano y siente que Kafka, sin querer, debió inspirarse en algún diputado cusqueño. Las interpelaciones no buscan respuestas, las vacancias exprés son rituales deportivos, las denuncias se acumulan como si fueran estampitas y las comisiones investigan a otras comisiones que, a su vez, investigan a otras comisiones en un eterno retorno burocrático.

—Debí escribir sobre esto. Pero me habrían acusado de realismo ofensivo.

Ríe.

Porque, después de todo, el Perú siempre fue eso: una mezcla involuntaria entre tragedia griega, comedia costumbrista y stand-up involuntario.

Epifanía en la Biblioteca Eterna

La eternidad ofrece claridad, aunque no consuelo. Con la transparencia que solo los muertos poseen, Mario comprende:

—El Perú no se jodió en un momento. Se jodió por entregas. Capítulo por capítulo. Gobierno por gobierno. Reforma por contrarreforma. Y yo intenté corregir el libro cuando ya estaba impreso en piedra.

Cierra los ojos un instante.

Recuerda el 90.

Recuerda a Zavalita.

Recuerda la eterna pregunta.

Recuerda que incluso él, que escribió las mejores novelas del país, fue incapaz de escribir un final digno para la política peruana.

El cielo, por primera vez, parece tenerle compasión.

Noticias Celestiales de Última Hora

Cuando Vargas Llosa está por retomar su lectura, la alarma de noticias celestiales irrumpe con estridencia.

Una especie de CNN divina, con querubines conduciendo y arcángeles operando pantallas táctiles como si fueran community managers de Dios.

El titular retumba incluso entre las nubes:

“TOQUE DE QUEDA EN EL INFIERNO.”

El locutor celestial amplía la información:

—Un golpe interno obligó al Diablo a pedir asilo temporal en el cielo. Hay acusaciones de corrupción, sobreprecios en azufre, redes ilegales de tortura tercerizada y presuntos pactos con congresistas terrenales.

Vargas Llosa no contiene la carcajada.

—Ni el Diablo puede gobernar sin que lo tumben. Qué país, qué mundo, qué averno.

Pero la segunda noticia es todavía más desconcertante:

“MIENTRAS SE ANALIZA SU PEDIDO DE ASILO…

EN EXCLUSIVA, UN TAL CHINO HABRÍA DISUELTO EL CONGRESO INFERNAL Y REORGANIZADO TODA LA CORRUPCIÓN.”

Según la cadena celestial:

—Fuentes del Averno informan que un ciudadano de origen chino disolvió el congreso y tomó control del infierno, reorganizó los pagos indebidos, implementó un sistema de coimas más rápido y duplicó los ingresos infernales en menos de una semana.

Los ángeles se miran asustados.

San Pedro toma nota: teme que el infierno termine funcionando mejor que varias repúblicas latinoamericanas.

Vargas Llosa suspira, cierra su libro, y sentencia:

—Bueno… si hasta el Diablo pierde el control de su propio infierno, ¿cómo no iba yo a perder las elecciones del 90?

Se recuesta sobre su nube, mira al Perú desde arriba y murmura, con ternura irónica:

—Tal vez el Perú siga jodido. Tal vez el mundo también. Pero al menos ahora sé que no era yo el problema: era el guion entero del universo.

Y mientras el Averno reorganiza su corrupción con eficiencia asiática y el cielo debate si acepta al Diablo como refugiado político, el Perú continúa ahí abajo, escribiendo su propio caos histórico.

Un país que seguirá preguntándose —hoy, mañana, siempre—:

¿En qué momento se jodió el Perú?

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