Las mil caras de Borges y la única máscara de la Argentina

Nov 27, 2025 | Prosa & Verso

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

En tiempos de laberintos oficiales

Hay días en los que uno abre un libro de Borges y siente que el país entero está ahí adentro: entre las páginas, entrelíneas o, con más frecuencia, entre los silencios. Como si cada ministro, cada gobernador y cada dirigente repitiera, sin saberlo, algún párrafo de El jardín de senderos que se bifurcan. Lo trágico —o lo cómico— es que siempre eligen el sendero equivocado.

Esta semana, mientras Argentina se acomodaba entre paros intermitentes, ajustes que prometen milagros y discursos que prometen el cielo sin detallar cuánto cuesta el boleto, cayó en mis manos una reedición de Los diálogos. Ese libro donde Osvaldo Ferrari conversa con Borges entre 1984 y 1985, justo antes de que la Argentina se entregara a la hiperinflación, al sálvese quien pueda y a la tradición patriótica de echarle la culpa al que vino antes.

En esas charlas, Borges recuerda amigos, libros, bibliotecas, ciudades, ceguera y destino. Y yo, con mi café cargado y mi paciencia al borde del default, imaginé qué diría hoy sobre nuestros dirigentes. Sobre los gobernadores que se quejan de la herencia pero administran su propia herencia de errores; sobre intendentes que inauguran bicisendas como si fueran la Ruta de la Seda; sobre los diputados que descubren la moral pública justo cuando la necesitan de escudo.

Lo imaginé diciendo:

—La política argentina, joven, es un género literario… y tiene demasiados autores mediocres.

El Borges de las mil caras, la Argentina de una sola mueca

El libro de Ferrari funciona como una enciclopedia íntima. Borges habla de la muerte, de Cervantes, de los sueños, de Ginebra, de las traiciones menores. Todo con esa mezcla de timidez y lucidez que lo hacía parecer eterno.

La política argentina, en cambio, no logra ni parecer honesta.

Mientras avanzo en la lectura, escucho al gobernador del día prometer equilibrio fiscal, transparencia y “un futuro mejor”: las tres frases más pronunciadas desde 1983, justo después de “no fui yo” y “no es el momento de hacer política”.

La frase de Borges se me clava:

“La verdad suele necesitar menos explicaciones que la mentira.”

Por eso acá explican tanto.

Un país donde las ficciones gobiernan y los hechos hacen cola

Borges evitaba la política, pero su literatura la retrató sin querer:

La repetición infinita (Funes).

Los engaños circulares (Tlön).

La violencia debajo de los modales (El hombre de la esquina rosada).

¿Hace falta agregar más?

Hoy tenemos funcionarios que juran austeridad rodeados de escenografías que parecen hechas por Hollywood; legisladores que hablan de ética mientras negocian cargos en pasillos húmedos; gobernadores indignados con Nación mientras administran sus provincias con la transparencia de un sótano romano.

Borges hubiese encontrado ahí un género nuevo: el realismo mágico sin magia.

El eco de 1985 que vuelve en 2025

Las conversaciones con Ferrari ocurrieron cuando la democracia era un recién nacido al que todos querían cargar en brazos pero nadie quería cuidar de noche.

Hoy, cuarenta años después, seguimos preguntándonos lo mismo: ¿qué país queremos tener?, ¿qué país podemos tener?, ¿y cuánto del país que tenemos es culpa de los que gobiernan… y cuánto es culpa de los que los aplauden?

La diferencia es que ahora tenemos más pantallas, más opinólogos, más teleprompters… y menos vergüenza.

Borges decía que la vida es un borrador.

Argentina, en cambio, imprime el libro antes de escribirlo.

Por eso cada gobierno cree que inventa la historia.

Y por eso cada gobierno tropieza con la misma piedra, aunque la piedra tenga carteles luminosos.

Un espejo para un país que sigue buscándose

En las últimas páginas del volumen, Borges habla de la amistad con Bioy, de Reyes, de las conversaciones largas que construyen un destino.

Pienso en la política local: en los amigos que duran lo que tarda en cerrarse una interna; en los aliados que se evaporan cuando aparece una pauta; en las lealtades que se venden por un cargo, por un contrato, por un gesto.

Borges es incómodo porque exige precisión, rigor, belleza.

Tres virtudes que, en la política argentina, son bienes escasos.

Y sin embargo, mientras escribo estas líneas, pienso que tenía razón: el país es un laberinto, sí; pero la diferencia entre perderse y encontrarse no es filosófica: es moral.

Un país que todavía escribe a máquina

Cierro Los diálogos. Afuera, la ciudad respira con ese desorden tan nuestro: caos amable, impuntualidad crónica, discursos reciclados. Si Borges caminara por estas calles, sabría que nada cambió… y todo se degradó un poco más.

La Argentina tiene mil caras posibles, pero siempre termina usando la misma máscara: la del eterno comienzo.

Borges tenía una sola cara y mil mundos detrás.

Ahí está la diferencia: él construía universos; nosotros fabricamos excusas.

Pero hay algo que Borges insinuó en cada página, aunque nunca lo dijo así: la decadencia no es un destino, es una costumbre.

Y las costumbres —incluso las peores— se pueden romper.

La política argentina vive enamorada de sus laberintos, pero olvida lo esencial: que en cada laberinto hay una salida, y que no encontrarla no es un acto metafísico: es un acto de cobardía.

Por eso este país seguirá siendo una ficción incompleta hasta que alguien se anime a escribir la página que falta: la que ningún gobierno quiso redactar, la que ningún dirigente se atrevió a firmar.

No sé quién será ese escriba.

No sé si lo veremos.

Pero sé esto: cuando la política vuelva a decir la verdad —una sola, chiquita, mínima— ese día habrá terminado la pesadilla argentina.

Y habrá empezado, por fin, el cuento.

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