El licor y la palabra: ensayo íntimo sobre la bohemia del mundo

Nov 24, 2025 | Prosa & Verso

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

Donde la literatura aprende a temblar

Hay quienes creen que el licor es un exceso, un capricho. Yo siempre sospeché lo contrario: el licor es un lenguaje. Un alfabeto secreto donde el mundo se explica mejor que en la línea recta de la sobriedad.

No se trata de embriaguez: se trata de afinación.

De un temblor suave que acomoda las emociones como quien sacude un libro viejo para que caiga el polvo y aparezcan las letras verdaderas.

La literatura —esa criatura orgullosa y frágil— siempre necesitó una copa cerca. Un poco de sombra, un poco de luz, y ese instante donde uno se atreve a mirar la vida sin defensa.

Porque solo allí, en esa discreta inclinación del alma, aparecen las historias que no se confiesan durante el día.

Hemingway y el ron del destino

Hemingway bebía como quien firma una declaración jurada sobre su propia tragedia.

El ron era su brújula, su antídoto, su enemigo íntimo.

En El viejo y el mar no hay alcohol explícito, pero hay resaca de mundo. Esa clase de resaca donde el mar te observa y te reconoce como uno de los suyos: un animal que lucha incluso cuando sabe que va a perder.

“Escribe borracho, corrige sobrio”: Hemingway redujo a fórmula la caída y el ascenso de una vida entera.

Fitzgerald o la elegancia de la derrota

F. Scott Fitzgerald brindaba con champaña mientras el sueño americano se desangraba detrás de su espalda.

Quienes leen El gran Gatsby sin escuchar el tintineo de los vasos se pierden la mitad de la novela.

El gin y el jazz enmascaraban la tristeza más cara de Estados Unidos.

Fitzgerald bebía con estilo porque intuía algo terrible:

La tristeza sin glamour es insoportable; la tristeza con glamour es literatura.

Dylan Thomas: arder, caer, escribir

Dylan Thomas no bebía: se incendiaba.

La línea entre su whisky y su poesía era tan delgada que muchas veces ardieron juntas.

Murió como vivió: sin frenos.

Pero lo que dejó —ese rumor de tabernas donde los borrachos filosofan mejor que los sobrios— sigue latiendo en sus versos como una bomba de humo dulce.

Thomas entendió que la vida es demasiado breve para beber con prudencia.

Cortázar y el vino que piensa

Cortázar, en cambio, prefería la lucidez intoxicada del vino tinto.

No bebía para perderse: bebía para mirar el mundo desde un escalón lateral, ese ángulo donde la realidad se vuelve Rayuela.

Para él, la copa no era una fuga: era un instrumento óptico.

La Maga sostenía su vino como quien sostiene un secreto.

Oliveira lo bebía como quien discute con Dios en voz baja.

Con Cortázar, el vino dejó de ser líquido y se convirtió en mirada.

Bryce Echenique: la ebriedad tierna

Alfredo Bryce Echenique no necesitó grandes borracheras aunque el mito diga lo contrario.

Le bastaba un pisco discreto, una sonrisa cómplice y ese humor suyo que ya era una forma de embriaguez sentimental.

En Un mundo para Julius o La vida exagerada de Martín Romaña, el licor es un espejo tibio donde la melancolía se sienta a conversar con el corazón sin ponerse solemne.

Bryce bebía para acompañar su nostalgia, no para olvidarla.

Y su literatura, tan suave como un brindis sin testigos, sigue diciendo: que el mundo duela, sí, pero que duela con elegancia.

Faulkner: bourbon y culpa

Faulkner bebía bourbon como quien ahonda un pozo.

Las voces del sur lo perseguían y él, obediente, les daba bourbon para que hablaran.

“Entre la pena y la nada, elijo la pena.”

El bourbon le permitía escribir desde ese filo, ese territorio donde la humanidad se quiebra pero no se rinde.

Sin licor, Faulkner sería apenas un notario del dolor.

Con licor, se convirtió en su cartógrafo.

Bukowski: el vino barato y la verdad desnuda

Bukowski nunca se hizo el bohemio. Era un borracho sincero.

Y por eso lo leen millones.

El vino barato era su diploma, su salvavidas, su combustible, y, en cierto modo, su contrato de honestidad.

“Algunos no se vuelven locos. Qué vidas tan horribles deben tener.”

Mientras otros buscaban estilo, él brindaba por los derrotados del mundo.

Lo suyo no era literatura etílica: era filosofía callejera fermentada.

Neruda, Vallejo y los brindis del sur

Neruda bebía para celebrar.

Vallejo bebía para llorar.

Y ambos tenían razón.

El vino chileno —siempre un poco volcán, un poco océano— le daba a Neruda un lenguaje redondo.

Vallejo, en cambio, usaba la copa para conversar con sus muertos sin que nadie lo interrumpiera.

En América Latina, el vino no acompaña: medita.

Uno bebe, y la cordillera responde.

La bohemia del mundo

Todo el mundo tiene su bohemia.

Su taberna íntima.

Su copa preferida, visible o secreta.

Su noche donde la lógica se sienta al fondo a descansar y la intuición toma la palabra.

Beber —bien, con conciencia, con alma— no es perderse: es afinar la percepción.

Es una manera de estar a solas con la vida sin que la vida se enoje.

Por eso Baudelaire decía que había que estar siempre ebrio: de vino, de poesía o de virtud.

La sobriedad absoluta es un invierno del espíritu.

Mi vino, mi página, mi noche

Y ahora, mientras escribo el cierre de este ensayo, la noche puntana se inclina sobre mi mesa de noche.

El mundo hace silencio, como si esperara que yo respirara primero.

A mi lado, una copa de Malbec Reserva exhala ciruela, madera y algo que parece un recuerdo.

La llevo a los labios.

El vino entra despacio, como quien sabe que las buenas verdades no se anuncian: se revelan.

De pronto entiendo a Hemingway, a Bryce, a Cortázar, a Bukowski.

Todos buscaban esto: la compañía del instante en que la vida y la palabra se abrazan sin pedir permiso.

Apoyo la copa.

La tinta se vuelve más tibia.

La página se inclina hacia mí como un viejo amigo.

Y entonces encuentro mi última certeza de la noche:

El licor pasa. La literatura queda.

Pero cuando coinciden en un mismo sorbo, el mundo —por un instante— se deja comprender.

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