Pedro Páramo en la pampa de los espectros

Sep 7, 2025 | Prosa & Verso

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

La política argentina como Comala

Un país gobernado por murmullos, promesas incumplidas y líderes que nunca terminan de morir. Como en la novela de Juan Rulfo, la Argentina transita entre fantasmas que siguen decidiendo el presente.

La obra Pedro Páramo, de Juan Rulfo, retrata un pueblo condenado al eco de sus muertos. Esa metáfora encuentra un espejo inquietante en la política argentina: dirigentes que gobiernan desde la tumba, votantes que llegan tarde a reclamar una herencia ya perdida y un sistema que se alimenta más de rumores que de hechos. ¿Hasta cuándo podrá sobrevivir un país gobernado por voces de ultratumba?

Comala y la pampa: el eco de los muertos

En Pedro Páramo, Juan Rulfo dibuja un pueblo desierto donde los muertos hablan más que los vivos. En Argentina, no hace falta viajar a Comala: basta encender la televisión un domingo por la tarde. Allí, entre panelistas exaltados, dirigentes que prometen revoluciones económicas y expresidentes que juran seguir presentes “aunque no estén”, se reproduce la misma escena: un territorio habitado por espectros.

El país entero parece condenado a escuchar los murmullos de su pasado. Se oye a Perón desde un balcón eterno, se escucha a Alfonsín con su “felices Pascuas”, a Menem regalando pizza con champagne, a Néstor golpeando la mesa en la ONU. El presente argentino no es un lugar de certezas, sino un eco de voces superpuestas que se confunden como en un velorio interminable.

Pedro Páramo, patrón del país

El cacique de Rulfo, amo de las tierras y de las conciencias, gobierna por ausencia: manda aunque no esté. Su figura es tan sólida que se convierte en paisaje, en atmósfera, en condena. En la política argentina, los Pedro Páramo abundan: caciques provinciales que dominan con el reparto de subsidios, intendentes que manejan el voto como si fueran granos de maíz, presidentes que encarnan la promesa de redención y terminan siendo verdugos de su propia fe.

Perón fue el Pedro Páramo original, aunque con multitudes que lo amaban tanto como lo temían. Pero su sombra no se extinguió: permanece como un murmullo que atraviesa los partidos, las campañas y hasta los almuerzos familiares. Nadie lo invoca del todo y nadie se atreve a enterrarlo. Como Páramo, sigue gobernando desde la tumba.

Juan Preciado: el votante que llega tarde

El protagonista de la novela llega a Comala para reclamar una herencia que ya se esfumó. Lo mismo le pasa al votante argentino cada cuatro años. Llega con la fe intacta, con la ilusión de que esta vez se cumplirá la promesa de justicia social, estabilidad económica o república transparente. Pero lo que encuentra son ruinas: inflación que devora salarios, deuda externa que asfixia generaciones, funcionarios que se reparten los despojos del erario.

El ciudadano argentino es, en efecto, un Juan Preciado que atraviesa un desierto político para descubrir que su herencia fue dilapidada antes de nacer. Las promesas de cada campaña son títulos de propiedad de una tierra que ya pertenece a los fantasmas.

Los murmullos: política de espectros

En Comala, las voces se confunden: nadie sabe si provienen de los vivos o de los muertos. En Argentina, algo parecido ocurre con la política. Los debates parlamentarios, los discursos de campaña y los editoriales de la prensa dolida sin pauta, forman un coro espectral donde lo dicho importa menos que lo insinuado. Se gobierna con rumores, con operaciones mediáticas, con declaraciones que se desmienten al día siguiente.

Los murmullos son más poderosos que los hechos. Un rumor sobre una corrida cambiaria derrumba más que un plan económico. Un susurro de alianza entre dirigentes vale más que la letra de un acuerdo firmado. Como en Rulfo, la palabra no ilumina: enmaraña. Y los argentinos, como los personajes de la novela, se acostumbran a vivir en un presente donde el silencio nunca es ausencia, sino ruido de ultratumba.

Comala federal: el abandono multiplicado

Comala es un pueblo seco, condenado por la falta de agua y de esperanza. En Argentina, el abandono también se federaliza. Hay provincias que viven como Comala: esperando una lluvia que nunca llega, dependiendo de un patrón que reparta dádivas desde la capital.

El federalismo argentino es, en realidad, un mapa de Comalas: pueblos que emigran, ciudades que sobreviven con planes sociales, regiones enteras que se apagan porque el cacique de turno olvidó encender la lámpara. Y en cada rincón, como en la novela, los muertos se vuelven más importantes que los vivos: próceres embalsamados en monumentos, dirigentes eternizados en calles y avenidas, recuerdos de gestas pasadas que no se traducen en presente.

Susana San Juan y la nostalgia argentina

Pedro Páramo se obsesiona con Susana San Juan, mujer etérea que se convierte en símbolo de un amor imposible y condenatorio. La política argentina también está obsesionada con sus Susanas: ideales que nunca se alcanzan, modelos de país que se mencionan como amantes inalcanzables.

Unos sueñan con la Argentina potencia del Centenario, otros con la república austera de los fundadores, otros con la justicia social peronista, otros con el progresismo kirchnerista. Todos buscan a Susana en la memoria, pero lo que encuentran es un cadáver. Y aun así, como Pedro Páramo, la clase política persiste en desear lo que nunca tuvo, hipotecando el presente en nombre de esa obsesión.

El tiempo detenido

Rulfo muestra un Comala donde el tiempo no avanza, donde la vida es un eterno retumbar de pasos ya dados. Argentina parece atrapada en la misma condena: cada crisis económica es la repetición de otra, cada devaluación recuerda a la anterior, cada ciclo de esperanza y desencanto es una copia con ligeras variaciones.

La política argentina no se piensa hacia adelante: vive reescribiendo un guion que ya está impreso. El futuro no llega porque el pasado no termina de irse. Y los dirigentes, como los murmullos de Comala, insisten en hablar incluso después de haber sido derrotados, proscritos o jubilados.

El final sin final

Pedro Páramo muere, pero su muerte no libera: condena. En Argentina, cuando un líder cae, su sombra sigue gobernando. Así fue con Perón, con Menem, con Kirchner. El entierro nunca es definitivo, porque los muertos en política no descansan: votan, opinan, condicionan.

El país vive en un velorio infinito, donde las coronas se marchitan pero nadie se atreve a cerrar la puerta. Y mientras tanto, los vivos siguen atrapados en un presente fantasmal.

Argentina, un Comala ruidoso

La diferencia entre Comala y Argentina es que aquí no hay silencio. Los murmullos se mezclan con gritos, con marchas, con cacerolazos, con cadenas nacionales, con discursos de barricada. Pero ese ruido no evita la condena: solo la maquilla.

Argentina es Comala con parlantes. Un país donde los fantasmas no susurran: vociferan. Donde los muertos no descansan: gobiernan. Donde los vivos no heredan: sobreviven.

Y en ese paisaje, como Juan Preciado, cada ciudadano sigue buscando a su padre —ese Estado que debió cuidarlo, esa patria que debió incluirlo, esa política que debió representarlo— para descubrir que solo queda un eco.

La pregunta final no es literaria, sino política:

¿Cuánto tiempo más puede un país vivir gobernado por murmullos, promesas de ultratumba y fantasmas que no aceptan su sepultura?

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