El Comité de Montreuil: cinco gobernadores en busca de una tercera Argentina

Ago 6, 2025 | Prosa & Verso

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista y ensayista.

 

Una lectura política libremente inspirada en Los Miserables, de Victor Hugo

Cinco gobernadores del interior decidieron sentarse a la misma mesa, no para inventar un país nuevo, sino para intentar corregir el que se viene cayendo a pedazos desde hace décadas. La reunión, sin sello partidario ni manifiesto revolucionario, tuvo más de novela que de conferencia de prensa. En lugar de proclamas, compartieron diagnósticos. En vez de fotos, compartieron inquietudes. Y sin querer, dieron origen a lo que algunos analistas ya llaman —con cierta poética y no poca expectativa— el Comité de Montreuil.

La alusión literaria no es casual: en Los Miserables, de Victor Hugo, Jean Valjean se convierte en alcalde de Montreuil-sur-Mer luego de una vida de persecución y miseria. Allí intenta hacer el bien desde la gestión, aun bajo la sombra de su pasado. En Argentina, estos cinco mandatarios no arrastran prontuarios novelescos, pero sí enfrentan una realidad nacional que amenaza con devorarse incluso a los que intentan gobernar sin estridencias.

Martín Llaryora (Córdoba), Ignacio Torres (Chubut), Maximiliano Pullaro (Santa Fe), Claudio Vidal (Santa Cruz) y Carlos Sadir (Jujuy) integran este bloque en gestación que no grita, no acusa y, curiosamente, no se define como oposición. No buscan disputar el liderazgo de Javier Milei con pancartas ni volver al kirchnerismo con nostalgias. Saben que hay un electorado huérfano —los llamados “blandos” del balotaje— que votó al libertario por hartazgo, no por convicción.

En una escenografía política dominada por extremos, estos cinco gobernadores representan algo inusual: la moderación. Y en Argentina, ser moderado es casi subversivo.

La contradicción del federalismo

Entre los temas que los unió sobresale uno tan viejo como inconcluso: el federalismo. Esa palabra que en campaña se infla como bandera y en la práctica se reduce a reclamo presupuestario. En teoría, el federalismo es autonomía provincial; en la práctica, es peregrinar a Buenos Aires en busca de fondos. Las provincias que más producen suelen recibir menos, y las que menos tienen, dependen del humor del poder central.

Los gobernadores lo saben. Lo viven. Y lo callan con elegancia. Uno de ellos lo dijo en voz baja:

—No es federalismo verdadero. Pero es lo más cerca que estuvimos.

Otro, más escéptico, respondió:

—Tal vez lo auténtico nunca exista, pero eso no nos exime de intentarlo.

Esa es la diferencia. No buscan redención, sino equilibrio. No vienen a refundar la Argentina, sino a evitar que se oxide.

¿Una barricada sin fusiles?

En un país donde la política se volvió espectáculo, estos cinco intentan construir un espacio sin épica, pero con lógica. No proponen revolución ni restauración. Ni planes quinquenales ni motosierra. Proponen lo más raro: una administración sensata.

Y lo hacen en silencio. Mientras Milei organiza su “Derecha Fest” y el kirchnerismo apuesta al regreso del relato, ellos escriben documentos técnicos, discuten cómo redistribuir subsidios, evalúan el costo fiscal de un plan productivo nacional. Lo suyo no es una barricada con pólvora, sino una con carpetas.

Los críticos los llaman tibios. Los defensores, necesarios. Ellos no se llaman de ninguna forma. Pero tienen algo que hoy escasea: gestión, territorio y niveles altos de adhesión en sus distritos.

El pueblo que observa

En un barrio sin nombre, una mujer contaba monedas para el pan. No sabía de federalismos ni de pactos interprovinciales. Solo sabía que el gas estaba más caro y que el subsidio al colectivo ya no llegaba.

—Dicen que estos nuevos no son ni Milei ni Cristina —le dijo una vecina.

—Entonces quizás duren un poco más antes de decepcionar —respondió ella.

Y en una obra en construcción, un joven escuchaba discursos desde un celular prestado. Se llamaba Juan, pero bien podría llamarse Gavroche. Escuchó hablar de “equilibrio institucional”, “producción federal” y “orden responsable”. Se rascó la cabeza:

—¿Y laburo? —preguntó.

—Eso dicen que están buscando —le respondió el capataz.

—Ya es más que prometer asado.

La escena se repite en todo el país. Electores que no quieren más ruido. Ciudadanos que no creen en Mesías, pero tampoco en el caos. Gente que necesita soluciones, no épica. Y quizás ahí esté la clave de este nuevo bloque: hablarle a esa mayoría silenciosa que se cansó de elegir entre dos extremos.

Villarruel: la estatua que no fue

Y mientras el centro político busca su forma, el poder necesita una antagonista. Una figura que resuma el espanto ajeno y oculte los errores propios. Para algunos, esa figura es Victoria Villarruel.

Ni libertaria pura ni peronista redimida, Villarruel carga sobre sus hombros el raro peso de los grises. Su rostro aparece en las redes como emblema de lo que se teme o se odia. En esta tragicomedia nacional, le tocó el papel de chivo expiatorio con moño institucional: cuando el ajuste duele, se la culpa; cuando la memoria incomoda, se la lincha moralmente.

Ella no incendia ni apacigua. Y por eso molesta.

No es Jean Valjean ni Javert. Es más bien Fantine: alguien que sobrevive a pesar del relato ajeno, sin que nadie sepa muy bien si está cayendo o resistiendo.

Una tercera Argentina

Este bloque de gobernadores, todavía sin nombre definitivo —aunque ya resuena Provincias Unidas—, podría convertirse en la novedad política más relevante desde la irrupción de Milei. No por lo que promete, sino por lo que representa: una tercera Argentina. Una que ni grita ni se victimiza. Una que, en lugar de elegir entre motosierra o relato, decide prender la luz del taller y ver qué piezas todavía sirven.

El manifiesto que compartieron es casi un haiku administrativo:

“Representamos al campo, a la industria, la energía, la minería, el comercio.

No venimos a encender pasiones, sino a reparar máquinas.”

Y al margen, alguien escribió con honestidad brutal:

“No prometemos salvación. Apenas coherencia.”

Epílogo sin estatua

Grabado en una piedra rota de alguna ruta nacional sin repavimentar podría leerse:

“Si cuesta que un intendente coordine con su gobernador, ¿cómo van cinco provincias a construir un país común?”

Y más abajo, con letra invisible:

“Tal vez, justamente por eso, valga la pena intentarlo.”

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