De cuna de civilización a escombro estratégico (Siria)

Jul 7, 2025 | Internacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista.

 

Relato de un país usado, bombardeado y olvidado por turno

Hubo un tiempo en que Siria era sinónimo de Alepo, de Damasco, de mosaicos bizantinos y bibliotecas en arameo. Un tiempo en que se discutía filosofía bajo los minaretes y se negociaban especias en los zocos, sin saber que el polvo que pisaban llevaba mil imperios sepultados.

Pero llegó la guerra. O, más bien, llegaron todas las guerras. La de los otros y la suya propia. Y la tierra donde nació el alfabeto se convirtió en territorio de drones, túneles y banderas ajenas. En Siria ya no se libra una guerra civil: se libra una guerra global con nombres locales.

Un país, varios ejércitos y ningún dueño

El mapa sirio no lo entiende ni Google. En un mismo kilómetro cuadrado conviven soldados del régimen, milicianos chiitas, rebeldes suníes, kurdos, rusos, turcos, estadounidenses, israelíes y yihadistas freelance. Cada quien con su uniforme, su objetivo y su cliente.

El Estado Islámico vino como peste y se fue como excusa. Tras su derrota formal, nadie se fue. Al contrario, llegaron más. Porque Siria dejó de ser un país y pasó a ser una esquina estratégica. Está cerca de Irán, de Israel, del petróleo, del Mediterráneo y de la historia.

Y eso, para las potencias, es irresistible.

Bashar al-Ásad: el dictador útil

Hijo de un dictador clásico, Bashar era oftalmólogo. Soñaba con Londres y terminó en un palacio rodeado de ruinas. Gobernó con la ambición de modernizar, pero la primavera árabe lo sorprendió sin anestesia.

Cuando la revuelta civil estalló en 2011, su reacción fue la de siempre: represión. Pero la diferencia fue que esta vez el mundo ya estaba mirando. Y también lo estaban esperando.

Estados Unidos lo acusó de criminal. Rusia lo abrazó como aliado. Irán le ofreció milicias. Israel lo bombardeó selectivamente. Turquía miró al norte con apetito. Y Europa… Europa se escandalizó, pero solo aceptó refugiados hasta donde el populismo se lo permitió.

Ásad no cayó. Porque no todos quieren que caiga. Algunos prefieren al tirano conocido que al caos espontáneo. Siria es un espejo incómodo: muestra que en Medio Oriente la estabilidad vale más que la democracia. Aunque huela a cloro y pólvora.

Alepo: la ciudad mártir que nadie reconstruyó

Alepo fue una de las ciudades más antiguas del mundo habitadas de forma continua. Fue. Porque hoy es una postal de la devastación moderna. Las bombas no cayeron solo sobre edificios: cayeron sobre la idea de futuro.

Occidente lloró por Alepo en redes sociales. Rusia dijo que eran terroristas. Siria dijo que eran traidores. La gente dijo: basta. Pero nadie escuchó. Y así, una ciudad milenaria se volvió escombro sin fecha de reconstrucción.

Kurdos: héroes descartables

Los kurdos sirios combatieron al Estado Islámico en primera línea. Liberaron ciudades, establecieron una autonomía precaria, soñaron con una patria que nunca les prometieron. Washington los usó como fuerza terrestre, los fotografió como aliados y luego los dejó en manos de Turquía.

Siria los considera separatistas. Turquía los llama terroristas. Occidente los llama cuando los necesita. Y ellos, que hablan una lengua sin Estado, siguen enterrando a sus muertos sin himno.

El botín invisible: gas, rutas y posición

Bajo los campos de batalla hay reservas de gas. Bajo las ruinas, proyectos de rutas. Siria, aunque rota, sigue siendo un nudo geográfico codiciado. Rusia tiene su base naval en Tartus, Irán construye rutas militares hacia el Líbano, Israel vigila desde los Altos del Golán, Turquía ocupa franjas enteras para frenar a los kurdos y Estados Unidos custodia yacimientos (hurta el crudo diplomáticamente).

Todos combaten por “la libertad del pueblo sirio”. Pero todos entran con mapas y salen con contratos.

Refugiados: el precio humano del ajedrez

Más de 12 millones de sirios fueron desplazados. Algunos viven en carpas, otros bajo plástico, muchos sin más nación que la nostalgia. En Turquía, en Jordania, en el Líbano, en Europa. Son el producto no deseado del conflicto. La estadística incómoda. La moneda de cambio humanitaria.

Nacieron hablando árabe, pero sus hijos aprenderán francés, alemán o kurdo. Muchos no volverán jamás. Siria será para ellos un recuerdo contado, un trauma heredado, una palabra sin pasaporte.

Ruinas y resignación

Siria fue cuna de civilización. Hoy es cementerio de promesas. Allí donde se inventaron las ciudades, hoy se disputan los cielos los drones. Donde se escribían tratados de filosofía, ahora se escriben comunicados de defensa. Donde había mosaicos, hay cenizas.

El mundo ya no habla de Siria. Y eso es aún más trágico que cuando la bombardeaba. Porque el silencio es una forma de complicidad. Siria resiste, pero no con esperanza: con resignación. Y en tiempos donde todo se transforma en contenido, Siria quedó fuera de foco.

Postdata desde el margen

Siria no fue solo el escenario de una tragedia: fue el espejo de una doble moral internacional. Occidente lloró a sus muertos, pero financió a sus verdugos. Pidió democracia, pero respaldó dictadores. Habló de derechos humanos con una mano mientras vendía armas con la otra.

En el fondo, Siria fue útil. Sirvió para justificar intervenciones, para probar drones, para asustar votantes con oleadas de refugiados. Sirvió como laboratorio del miedo y campo de ensayo de alianzas frágiles. Cada potencia jugó su ajedrez con piezas humanas y cámaras encendidas, pero hoy, cuando las cámaras se apagan, solo queda el silencio.

¿Qué hubiera pasado si Siria no tuviera gas ni frontera con Israel? ¿Y si sus muertos no fueran tan lejanos, ni su lengua tan ajena? Tal vez Occidente no sea culpable de todas las ruinas. Pero tampoco es inocente de haberlas mirado caer sin mover un dedo, o peor aún, solo para mover sus propias fichas.

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