De promesa divina a propiedad privada

Jun 27, 2025 | Internacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista.

 

Una tierra donde la fe delimitó fronteras y el mercado construyó muros

El 14 de mayo de 1948, mientras Europa aún contaba a sus muertos con dedos temblorosos y ojos enrojecidos, en una franja ardiente entre el mar y el desierto, un hombre de cabello blanco y verbo solemne proclamaba el nacimiento de un nuevo Estado. David Ben Gurión, figura casi bíblica, anunciaba al mundo que el pueblo judío —tras siglos de diáspora, pogromos y Holocausto— por fin tenía un hogar.

Se celebraba el cumplimiento de una promesa antigua, escrita en tinta sagrada y sufrimiento moderno. La Tierra Prometida ya no era solo una metáfora espiritual: tenía bandera, moneda, ejército y una agencia de inteligencia que, sin presentación previa, haría temblar a Medio Oriente: el Mossad. Y un asiento en la ONU. Algunos hablaron de milagro; otros, de despojo. Para los judíos fue independencia. Para los palestinos, nakba: la catástrofe. Para la historia, una herida que desde entonces cicatriza hacia adentro.

La geometría de la fe

La ONU, convencida de que las líneas sobre un mapa bastaban para resolver siglos de conflicto, propuso en 1947 dividir Palestina en dos Estados. Una solución de manual: 55 % del territorio para los judíos, 45 % para los árabes, y Jerusalén como zona internacional, porque incluso los diplomáticos sabían que ahí ni los santos se ponían de acuerdo.

Los británicos —que llevaban tres décadas administrando el territorio como quien cuida un jardín ajeno— se retiraron silbando. Y la región ardió. Las naciones árabes rechazaron la partición. Y no sin razón: se le entregaba más de la mitad del país a un tercio de la población. Así comenzó la primera guerra árabe-israelí y, con ella, un siglo largo que aún nos respira en la nuca.

Las llaves del exilio

Más de 700.000 palestinos fueron expulsados o huyeron. Muchos guardaron las llaves de sus casas, convencidos —como tantos exiliados antes— de que regresarían en semanas. Décadas después, esas llaves cuelgan en campos de refugiados, oxidadas pero simbólicas. Son prueba de que incluso las casas demolidas recuerdan.

Al otro lado del muro, el nuevo Estado de Israel acogió a sobrevivientes del Holocausto, sefardíes del norte de África y mizrajíes del Medio Oriente. Todos llegaban con una promesa: aquí serían libres. Pero no todos fueron iguales. La unidad identitaria se construyó a golpes de historia, pero también de jerarquías. Incluso entre perseguidos, hay castas.

De kibutz a condominio

Los fundadores de Israel soñaron con un socialismo de desierto y cosechas. Los kibutz, comunas agrícolas, eran vitrinas de utopía: trabajo colectivo, propiedad común, educación laica y defensa organizada. Pero los años —y las guerras— convirtieron los ideales en eslóganes turísticos.

La seguridad dejó de ser una opción y se volvió doctrina. El kibutz cedió ante el capital. El idealismo rural fue sustituido por rascacielos, mercados bursátiles y startups de ciberseguridad. Donde antes se sembraba trigo, ahora se instalan servidores.

La derecha tomó el timón. El Likud, con su sionismo revisionista, desplazó al laborismo. Como recuerda Yakov Rabkin en Contra el Estado de Israel, no todo el judaísmo abrazó el sionismo con fervor mesiánico. Desde rabinos ortodoxos que consideraban herética la creación de un Estado antes del Mesías, hasta pensadores laicos que advertían los riesgos de convertir una fe milenaria en un proyecto nacional excluyente, la oposición judía al Estado de Israel no fue marginal: fue fundacional. Pero la historia oficial, como los muros, suele construirse ignorando las puertas.

Los colonos religiosos ocuparon territorios palestinos con el respaldo de gobiernos que, mientras predicaban paz en público, firmaban contratos de ocupación en privado. La geografía del país empezó a parecerse a una zona franca: más vigilancia, menos convivencia.

Palestina, versión invisible

Mientras tanto, Palestina se volvió una nación entre paréntesis. Tiene bandera, himno y hasta selección de fútbol. Pero no tiene soberanía. Gaza está aislada por tierra, mar y aire. Cisjordania se fragmenta entre asentamientos y controles. Jerusalén Este, aunque anexada por Israel, sigue siendo disputada, rezada y patrullada.

La Autoridad Palestina gobierna lo que no controla. Hamás domina Gaza con puño cerrado y sin horizonte. Los Acuerdos de Oslo, firmados en los años noventa entre sonrisas, flashes y copas, hoy descansan bajo capas de desencanto. La comunidad internacional los menciona como se recuerda un amor adolescente: con cierta ternura, pero sin ganas de volver.

Y, sin embargo, Palestina resiste. En los poemas de Mahmoud Darwish, en los grafitis de los muros, en los cuentos que aún narran las abuelas en campamentos sin agua. Existe porque hay quienes aún la nombran. “Pasajeros entre palabras fugaces.”

Guerra breve, negocio eterno

Israel celebra su victoria en una guerra reciente contra Irán que duró doce días y contó con el respaldo directo de Estados Unidos, pero cuyas consecuencias durarán generaciones. Gaza, previamente, ya había sido devastada, reducida a ruinas entre ofensivas que apenas dejaron en pie los cimientos del recuerdo.

Esta vez, sin embargo, el daño infligido por Irán no fue menor: ataques coordinados lograron perforar el escudo del Domo de Hierro, dejando al descubierto que el país que se creía invulnerable también podía sangrar. Las alarmas no sonaron solo en la periferia, sino en el corazón de Tel Aviv y Haifa, donde algunos comenzaron a preguntarse si incluso la fe necesita refugios antibombas… claro, siempre con la bendición del Tío Sam.

Fue “quirúrgica”, dijeron. “Precisa”, afirmaron. Pero en Gaza, los quirófanos se llenaron de niños sin nombre y de madres con solo una fotografía como consuelo.

En Tel Aviv, el café volvió a servirse con espuma. En Gaza, la rutina volvió a ser un acto de supervivencia. Las cifras —muertos, desplazados, destrucción— forman parte de una contabilidad que ya nadie discute, porque no afecta el precio del gas.

Y aunque los comunicados oficiales hablen de victoria, fue Irán quien, por primera vez, dejó claro que también puede escribir párrafos en este guion sangriento.

Turismo espiritual y vista al cráter

Aquí, donde la religión no es creencia sino geografía, dios es más bien un accionista mayoritario. Cada colina tiene valor bíblico; cada frontera, un versículo. La tierra no se mide en hectáreas, sino en capítulos. Y cada mártir tiene genealogía.

En este escenario, la ironía no solo es inevitable: es necesaria. Porque mientras se rezan salmos, se disparan misiles. Mientras se negocia la paz, se amplía el muro. Y mientras la historia se repite como tragedia, algunos ya la empaquetan como destino turístico.

Notas a pie del muro de los Lamentos

A veces uno sospecha que a esta historia le falta un editor. Alguien que suprima las repeticiones, quite los adverbios bélicos y elimine los personajes redundantes. Pero no. Esta historia se reescribe sola. Y lo hace a mano, como si desconfiara de los teclados.

Tal vez algún día, no muy lejos ni muy cerca, se entienda que la tierra no se hereda por mandato divino ni se compra con fondos de inversión. Que ningún dios necesita tanques para ser respetado. Y que las banderas, como las palabras, deberían servir para encontrarse, no para dividirse.

Mientras tanto, en una torre con vista al Mediterráneo, Donald Trump ya tiene listos los planos para inaugurar su nuevo hotel en Tierra Santa: suites con vista al cráter, spa geopolítico, desayuno continental, seguridad privada y excursiones VIP al Santo Sepulcro. Porque si la paz no rinde dividendos, al menos lo hará el turismo de guerra.

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