Singapur volvió a demostrar en PISA que la educación no mejora acumulando programas, computadoras y anuncios, sino construyendo aprendizaje. En San Juan tenemos Comprendo y Aprendo, Modo Matemática, Transformar la Secundaria, computadoras y funcionarios explicando resultados. Tal vez haya llegado el momento de preguntarnos si algunos de esos programas comenzaron por el destinatario equivocado.
Hay países que cuando obtienen malos resultados educativos revisan el sistema. Nosotros solemos revisar la explicación.
PISA volvió a colocar a la Argentina frente a uno de esos espejos que ningún gobierno quiere tener en el despacho. Los resultados muestran una distancia enorme respecto de los sistemas educativos de mejor desempeño y, particularmente en Matemática, vuelven a señalar dificultades que no nacieron ayer ni pertenecen exclusivamente a un gobierno. Son problemas que llevan años atravesando ministros, reformas, discursos, programas, computadoras y metodologías novedosas. Cambian los nombres. Permanece el problema.
Singapur está en el otro extremo. No porque sus alumnos hayan nacido con alguna predisposición genética para resolver ecuaciones ni porque exista una misteriosa sabiduría oriental escondida en sus aulas. Su sistema lleva décadas trabajando sobre formación docente, currículo, evaluación, exigencia, acompañamiento temprano y continuidad. La diferencia resulta todavía más incómoda cuando se descubre que muchas de esas palabras también aparecen en nuestras leyes educativas. Sobre el papel somos extraordinarios. El problema comienza cuando termina el papel y aparece un adolescente frente a una operación matemática.
En San Juan, además, tenemos nombres magníficos. Comprendo y Aprendo. Modo Matemática. Transformar la Secundaria. Tenemos computadoras, alfabetización digital, capacitaciones, jornadas, programas, anuncios y funcionarios dispuestos a explicar cada iniciativa. Tenemos casi todo.
Después aparece PISA.
Y ahí comienza la parte desagradable.
Solo fueron 70
La ministra de Educación de San Juan, Silvia Fuentes, señaló después de conocerse los resultados que participaron solamente 70 estudiantes sanjuaninos pertenecientes a tres establecimientos y puso en discusión la representatividad de esa muestra. También mencionó dificultades de algunos alumnos con las computadoras y sostuvo que había que continuar trabajando en Matemática.
Setenta.
El número parece pequeño. Y dicho rápidamente frente a un micrófono hasta puede sonar como una explicación razonable. El inconveniente es que PISA trabaja precisamente con muestras. No necesita sentar a todos los adolescentes de una provincia delante de una computadora para realizar una evaluación. Por eso la discusión seria no consiste en contar estudiantes con los dedos, sino en analizar cómo fueron seleccionados, qué metodología se utilizó y qué representatividad estadística posee la muestra.
Parece una cuestión técnica. Lo es.
Se llama estadística.
Y, para desgracia de la explicación, pertenece a Matemática.
Entonces la historia adquiere una ironía que ningún columnista podría haber escrito mejor. Tenemos un programa llamado Modo Matemática destinado a mejorar las capacidades matemáticas de nuestros estudiantes mientras desde la conducción educativa se utiliza el número bruto de participantes para cuestionar una evaluación muestral. La pregunta resulta inevitable. ¿Estamos seguros de que Modo Matemática comenzó por el lugar correcto?
Porque quizá antes de enviarlo a las escuelas convendría organizar una edición especial en el Ministerio. Y ya que estamos, podríamos sumar Comprendo y Aprendo. Comprensión lectora para interpretar PISA. Matemática para comprender una muestra estadística. Y, si todavía queda alguna hora disponible, podríamos incorporar una tercera asignatura que ningún programa parece haber contemplado suficientemente. Realidad del aula.
Programas que funcionan porque decimos que funcionan
La propia ministra señaló que las escuelas involucradas ya se encuentran alcanzadas por programas como Modo Matemática, Comprendo y Aprendo y Transformar la Secundaria.
Entonces la pregunta periodística es elemental.
¿Cómo sabemos que funcionan?
No pregunto cuántos alumnos participaron. No pregunto cuántas fotografías se publicaron. No pregunto cuántos funcionarios visitaron escuelas ni cuántas veces apareció el nombre del programa en las redes oficiales. Pregunto cuánto aprendieron los chicos antes y después de su aplicación. Cuál era la línea de base. Cuáles fueron las metas. Qué indicadores se establecieron. Quién midió los resultados y dónde pueden consultarse.
Porque un programa educativo no funciona porque tenga un nombre ingenioso. Tampoco porque una resolución ministerial diga que existe. Mucho menos porque el mismo organismo que lo diseñó anuncie que está dando resultados.
Funciona cuando el alumno aprende.
Todo lo demás es administración del relato.
Y allí aparece uno de los problemas centrales de nuestra educación. Nos hemos acostumbrado a medir la actividad en lugar del resultado. Entregamos computadoras y contamos computadoras. Organizamos capacitaciones y contamos docentes capacitados. Lanzamos programas y contamos escuelas incorporadas. Distribuimos material y contamos cuadernillos.
Contamos todo.
Excepto aquello que realmente importa.
Cuánto aprendieron.
La computadora salvadora
También resulta reveladora la explicación sobre las dificultades de algunos estudiantes para utilizar computadoras. Es perfectamente posible y, si ocurrió, debe corregirse. Un adolescente del siglo XXI necesita competencias digitales. Pero una computadora sigue siendo una herramienta. No es educación.
Se puede manejar perfectamente un teclado y no comprender un texto. Se puede navegar por internet y no saber calcular un porcentaje. Se puede utilizar inteligencia artificial y carecer de criterio para determinar si su respuesta tiene sentido. Incluso podemos entregar cincuenta mil computadoras y continuar teniendo cincuenta mil problemas educativos conectados a internet.
La tecnología no reemplaza el aprendizaje. Lo potencia cuando existe.
Comprar tecnología posee, además, una virtud política extraordinaria. Una computadora se puede contar, fotografiar, entregar y mostrar. Puede colocarse sobre una mesa, rodearla de funcionarios, cortar una cinta y convertirla en noticia con una nota muy grande “Gracias a Orrego”.
El conocimiento tiene un defecto terrible.
No sale bien en las fotografías.
Singapur queda demasiado lejos
Por eso Singapur resulta tan incómodo.
No porque debamos copiarlo. Comparar mecánicamente una pequeña ciudad-Estado asiática con una provincia argentina sería intelectualmente absurdo. Pero sí podemos observar qué coloca cada sistema en el centro.
Singapur construyó durante décadas una arquitectura alrededor del aprendizaje. Formación docente rigurosa, continuidad, evaluación, currículo, apoyo a quienes quedan rezagados y tecnología como instrumento. Nosotros demasiadas veces hacemos el recorrido inverso. Primero creamos el programa, después encontramos el nombre, diseñamos el logo, presentamos la iniciativa, compramos herramientas y finalmente esperamos que el aprendizaje aparezca.
Cuando no aparece buscamos una explicación. La pandemia. El gobierno anterior. Las familias. Los celulares. Los alumnos y ahora también la cantidad de participantes. Siempre encontramos algún culpable varios escalones por debajo del despacho donde se toman las decisiones.
Pero hay una pregunta que alguna vez tendremos que atrevernos a formular.
¿Quién evalúa a quienes conducen la educación?
El alumno no diseñó Comprendo y Aprendo. No creó Modo Matemática. No eligió los métodos pedagógicos, no redactó el currículo, no administró el presupuesto ni decidió cómo capacitar a los docentes. El maestro tampoco controla buena parte de esas decisiones. Muchas veces recibe desde arriba otro programa que debe hacer funcionar dentro de un aula real, con treinta estudiantes reales y problemas que difícilmente caben en un PowerPoint.
Por eso, cuando el fracaso deja de ser individual y se convierte en sistemático, la responsabilidad debe comenzar a subir por el organigrama. Un alumno puede fracasar. Cien pueden atravesar dificultades. Miles pueden sufrir las consecuencias de la pobreza, la desigualdad y una sociedad que tampoco ayuda. Pero cuando generación tras generación una proporción enorme de estudiantes llega a determinada edad sin dominar conocimientos fundamentales, ya no estamos hablando del fracaso de los alumnos.
Estamos hablando del fracaso del sistema que debía enseñarles y de quienes tienen la responsabilidad de conducirlo.
PISA tiene esa desagradable costumbre. No conoce ministros. No recibe pauta. No asiste a inauguraciones. No se conmueve con nombres ingeniosos ni cuenta computadoras entregadas. Simplemente coloca un problema frente a un adolescente y espera que pueda resolverlo.
Y entonces desaparecen los discursos.
Queda el aprendizaje.
Quizá Comprendo y Aprendo sea un buen programa. Quizá Modo Matemática también pueda serlo. Sería irresponsable condenarlos solamente por un resultado internacional. Pero tal vez cometimos un pequeño error de prioridades.
Los mandamos primero a las escuelas cuando quizá debieron comenzar por el Ministerio y su ministra.














