En una provincia donde el consumo se derrumba y las soluciones escasean, la discusión económica más innovadora del año terminó siendo una batalla para modificar el calendario. Porque cuando la realidad no se puede arreglar, siempre queda la posibilidad de mover los domingos.
En San Juan ya no se administran solamente presupuestos, obras o crisis. Ahora también se administran los domingos.
La escena tiene algo de sainete administrativo escrito por un contador insomne después de sobrevivir a tres reuniones de la Cámara de Comercio y Gastronómicos de San Juan; y dos conferencias sobre “reactivación económica”. Un grupo de dirigentes comerciales, comerciantes agotados y especialistas en sobrevivir a la caída del consumo terminó protagonizando una discusión que hace algunos años habría parecido un sketch absurdo; adelantar el Día del Padre para salvar las ventas.
No fabricar más.
No bajar impuestos.
No recuperar salarios.
No generar crédito.
No mejorar el servicio.
Mover el almanaque.
La economía sanjuanina acaba de ingresar oficialmente en la fase litúrgica del comercio. Ya no alcanza con promociones, cuotas o descuentos. Ahora hay que negociar directamente con el tiempo.
Y como toda innovación argentina, la idea rápidamente empezó a mostrar posibilidades infinitas.
Si junio funciona, nada impediría institucionalizar nuevas reformas cronológicas. La Navidad podría adelantarse a octubre “para fortalecer el consumo preventivo”. Año Nuevo quizá se celebre el 27 de diciembre, evitando así la superposición con gastos vacacionales. Incluso podría establecerse una Semana Santa rotativa dependiendo de la actividad comercial de cada trimestre.
Porque cuando la imaginación política se queda sin herramientas económicas, empieza a manipular símbolos.
El problema es que San Juan parece haberse acostumbrado peligrosamente a esa lógica. Todo termina convertido en escenografía. Si falta crecimiento, se anuncia una expo. Si no aparecen inversiones, se organiza un foro. Si caen las ventas, se corre una fecha comercial como quien cambia una maceta de lugar esperando que florezca la economía.
Lo verdaderamente notable no fue la propuesta en sí. Fue la épica institucional construida alrededor del asunto. Comunicados solemnes. Declaraciones sobre “visión estratégica”. Debates públicos casi filosóficos acerca de la naturaleza del tercer domingo de junio. Durante varios días la provincia pareció discutir la reforma constitucional del calendario gregoriano.
Mientras tanto, afuera de los comunicados, la realidad seguía igual de brutal; comercios vacíos, consumo deprimido y familias calculando cuánto combustible pueden cargar sin destruir el presupuesto semanal.
Pero incluso dentro del absurdo existe una lógica profundamente sanjuanina. La provincia aprendió hace tiempo que modificar la superficie resulta mucho más sencillo que discutir las causas reales de los problemas. Entonces se maquillan cifras, se rediseñan relatos o, llegado el caso, se reprograman celebraciones familiares.
Bajo esta nueva doctrina temporal ya comenzaron a circular futuras iniciativas estratégicas.
Por ejemplo, declarar el Día del Amigo el mismo día del cobro estatal para garantizar encuentros con capacidad real de consumo.
O trasladar el Día de la Madre al inicio de cada temporada paritaria, aprovechando la ilusión transitoria de recomposición salarial antes de que la inflación vuelva a devorar todo.
Sin embargo, la propuesta más prometedora parece ser otra: instaurar oficialmente el “Día del Gobernador”. La celebración tendría lugar cada fin de mes, exactamente después del depósito de haberes provinciales. Durante algunas horas, miles de empleados públicos experimentarían una sensación psicológica cercana a la estabilidad económica y el comercio podría aprovechar ese breve fenómeno biológico antes del vencimiento de tarjetas, créditos y servicios.
La jornada incluiría descuentos, actos protocolares, conferencias sobre recuperación económica y probablemente algún funcionario hablando de “dinamizar el mercado interno” mientras los comerciantes miran la caja registradora como médicos observando un electrocardiograma débil.
No sería raro tampoco que aparezca una nueva secretaría estatal dedicada exclusivamente a la armonización cronológica del consumo.
Secretaría de Coordinación Festiva y Reordenamiento Temporal Productivo.
Suena ridículo.
Por eso mismo podría existir.
Y quizá ahí aparezca el aspecto más inquietante de toda esta historia. La naturalidad con la que la sociedad empezó a discutir estas cosas. Como si mover fechas fuera realmente una herramienta económica seria y no apenas una forma elegante de admitir que ya nadie sabe demasiado bien cómo reactivar nada.
San Juan empezó intentando cambiar la economía.
Ahora parece conformarse con cambiar los feriados.













