El muchacho que todavía leía discursos viejos

May 18, 2026 | Prosa & Verso

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista, novelista y ensayista.

 

Nadie recordaba exactamente cuándo la política dejó de hablar de ideas y comenzó a hablar de “experiencias”.

Tal vez ocurrió el día en que un asesor descubrió que una encuesta emocional daba mejores resultados que un plan de gobierno. O quizás cuando algún ministro comprendió que una buena iluminación podía esconder mejor un fracaso que cualquier discurso parlamentario.

En San Juan el cambio fue gradual.

Primero desaparecieron los debates largos.

Después murieron los programas ideológicos.

Finalmente llegaron las palabras de plástico. Innovación. Resiliencia. Gobernanza. Sustentabilidad. Cercanía.

Todo sonaba moderno.

Nada decía demasiado.

Y en medio de aquella provincia convertida en una gigantesca escenografía institucional sobrevivía Ramón Benavides, un muchacho de treinta años que todavía cometía el extraño acto de leer.

No leía coaching político.

No consumía manuales de comunicación emocional.

Leía discursos viejos.

Guardaba en cajas polvorientas fragmentos de Leandro N. Alem, Arturo Illia, Ricardo Balbín, Juan Domingo Perón, Arturo Frondizi y Raúl Alfonsín como si fueran restos arqueológicos de una civilización desaparecida. Había descubierto aquellos textos trabajando en el subsuelo olvidado de una vieja biblioteca legislativa donde terminaban archivados los proyectos que jamás convenían aprobar.

Allí abajo el tiempo parecía detenido.

Arriba, en cambio, San Juan avanzaba hacia otra cosa.

La Casa de Gobierno ya no funcionaba como un centro político. Operaba como una productora audiovisual. Los ministros hablaban mirando cámaras antes que personas. Los funcionarios aprendían oratoria TikTok. Existían equipos completos dedicados exclusivamente a monitorear comentarios negativos mientras las reparticiones públicas seguían funcionando con computadoras que parecían sobrevivientes de una guerra balcánica.

Ramón observaba todo con una mezcla de tristeza y fascinación.

Cada mañana veía entrar camionetas oficiales impecables mientras afuera los viñedos secos comenzaban a parecer parte del paisaje natural. Escuchaba hablar de “economía del futuro” en oficinas donde ni siquiera funcionaban correctamente los aires acondicionados.

La política provincial había desarrollado una obsesión peligrosa con la superficie.

El contenido se había vuelto incómodo.

Por eso Ramón resultaba extraño.

No tenía operadores.

No filtraba audios.

No armaba carpetas.

Ni siquiera sabía mentir con naturalidad.

Todavía creía —y eso era casi obsceno— que gobernar implicaba administrar prioridades reales y no solamente emociones colectivas.

En los pasillos comenzaron a burlarse de él.

Le decían “el archivista”.

Otros, más crueles, lo llamaban “el radical fósil”.

Porque Ramón insistía con preguntas absurdas.

¿Por qué una provincia endeudada gastaba millones en espectáculos de autopromoción?

¿Por qué existían más asesores de comunicación que especialistas técnicos?

¿Por qué toda crisis terminaba convertida en un evento con coffee break?

Nadie respondía.

Sonreían.

Después cambiaban de tema.

Una tarde encontró algo.

Ocurrió en uno de los depósitos abandonados detrás del Centro Cívico, donde terminaban acumulados antiguos expedientes ministeriales, banners rotos de campañas y mobiliario estatal en descomposición.

Entre carpetas húmedas apareció una caja oxidada.

Dentro había documentos de planificación hídrica elaborados cuarenta años antes.

Estudios completos.

Mapas.

Proyecciones.

Advertencias.

Todo aquello que la provincia necesitaba discutir ahora… ya había sido escrito décadas atrás.

Ramón pasó semanas leyendo aquellos papeles.

Descubrió que San Juan había conocido el peligro mucho antes de la crisis. Los técnicos ya hablaban de desertificación, colapso productivo y dependencia estructural del Estado cuando todavía la política conservaba algo de pudor intelectual.

Pero los informes quedaron enterrados.

Porque advertir no genera votos.

Inaugurar sí.

Desde entonces comenzó a caminar la provincia.

No la provincia oficial de los drones turísticos.

La otra.

La que aparece detrás de los discursos.

En Jáchal encontró productores vendiendo maquinaria para pagar impuestos.

En Pocito vio galpones cerrados convertidos en depósitos vacíos de promesas electorales.

En Rawson observó jóvenes profesionales compitiendo por contratos estatales porque el sector privado ya no alcanzaba para sostener expectativas mínimas.

Y mientras tanto, las pantallas seguían hablando de liderazgo regional.

La contradicción empezó a perseguirlo.

Por las noches regresaba a la biblioteca subterránea y releía antiguos discursos políticos como quien busca agua en medio del desierto.

Entonces apareció Lucía.

No era periodista.

Tampoco militante.

Trabajaba para una consultora encargada de medir reputación digital del gobierno provincial. Su tarea consistía en detectar tendencias negativas antes de que explotaran públicamente.

Vivía rodeada de métricas.

Interacciones.

Alcances.

Percepciones.

Había aprendido a traducir el humor social en gráficos de colores.

Pero nunca había escuchado a alguien hablar seriamente de ideales políticos sin ironía.

Lucía empezó a cambiar lentamente.

Al principio casi sin darse cuenta.

Dejó de mirar los gráficos como si fueran personas. Comenzó a escuchar silencios. Descubrió que detrás de cada índice negativo había comerciantes cerrando, productores hipotecados y jóvenes marchándose de la provincia con títulos universitarios bajo el brazo.

Una noche, mientras revisaba estadísticas oficiales en su oficina vacía, entendió algo brutal.

San Juan ya no estaba siendo gobernada.

Estaba siendo administrada como una marca.

La política provincial había dejado de preguntarse qué transformar y solamente se preocupaba por cómo verse mientras todo ocurría.

Aquella madrugada imprimió cientos de páginas internas.

Informes ocultos.

Encuestas reales.

Indicadores de pobreza.

Datos hídricos.

Presupuestos inflados de campañas institucionales.

Después buscó a Ramón.

Lo encontró en la vieja biblioteca subterránea rodeado de discursos de Illia y cuadernos marcados con anotaciones.

—Tenías razón —le dijo.

Ramón no respondió.

Porque en el fondo nunca había querido tener razón.

Solo quería no sentirse el último hombre incómodo dentro de una provincia anestesiada.

Durante semanas trabajaron juntos en silencio.

No para destruir gobiernos.

Ni para fundar partidos.

Mucho menos para convertirse en influencers morales.

Hicieron algo infinitamente más raro.

Empezaron a organizar reuniones pequeñas.

Sin escenarios.

Sin pantallas.

Sin coffee break institucional.

Productores.

Docentes.

Médicos.

Estudiantes.

Viejos militantes olvidados.

Personas comunes hablando durante horas sobre agua, producción, educación y trabajo sin que nadie midiera engagement.

Y ocurrió algo extraño.

La gente volvió lentamente a mirarse a los ojos.

No era épico.

No había drones.

Ningún ministro inauguró aquellas reuniones.

Pero por primera vez en mucho tiempo alguien hablaba de San Juan sin convertirla en publicidad.

La reacción del poder fue inmediata.

Intentaron ridiculizarlos.

Los llamaron nostálgicos.

Anticuados.

“Románticos de la política vieja”.

Algunos periodistas oficialistas incluso dijeron que aquellas reuniones eran peligrosas porque “desalentaban el optimismo social”.

Lucía sonrió cuando escuchó eso.

Había pasado años fabricando optimismo artificial.

Sabía perfectamente cómo funcionaba la maquinaria.

Pero entonces ocurrió el verdadero problema.

La idea empezó a crecer.

Pequeña.

Desordenada.

Imperfecta.

Como una raíz debajo del cemento.

Una tarde de otoño, Ramón y Lucía salieron de la biblioteca y caminaron por los alrededores del Centro Cívico. El sol caía sobre los edificios vidriados mientras las pantallas oficiales repetían otro slogan sobre el futuro.

Sin embargo, algo había cambiado.

En las paredes comenzaron a aparecer frases escritas a mano.

No insultos.

Preguntas.

“¿Para qué sirve gobernar?”

“¿Cuándo dejamos de discutir ideas?”

“¿La política administra o transforma?”

Nadie sabía quién las escribía.

Y eso empezó a inquietar más que cualquier protesta.

Porque el poder puede soportar el enojo.

Lo que realmente teme es el regreso del pensamiento.

Esa noche Lucía apagó por primera vez el sistema de monitoreo digital antes de irse.

Las pantallas quedaron encendidas hablando solas dentro de oficinas vacías.

Afuera, San Juan seguía teniendo los mismos problemas.

La sequía.

La burocracia.

La pobreza elegante disfrazada de modernización.

Nada había sido resuelto.

Pero mientras caminaban entre acequias secas y carteles luminosos, Ramón comprendió algo que los viejos discursos jamás explicaban del todo.

La política quizá no comienza cuando un pueblo elige dirigentes.

Tal vez comienza mucho antes.

Cuando alguien decide dejar de actuar como espectador.

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