Hubo un tiempo en que la izquierda peruana caminaba con libros bajo el brazo y no con community managers detrás de una pantalla. Discutía a Mariátegui en cafés húmedos de Lima, citaba a Vallejo entre huelgas universitarias y todavía creía que la política era una forma de redención colectiva y no una franquicia electoral administrada por consultores.
Ese tiempo murió.
Y lo más trágico es que nadie parece haber asistido al entierro.
La izquierda peruana actual vive como esos personajes de Borges que despiertan dentro de un laberinto y terminan olvidando quiénes eran antes de entrar. Conserva símbolos, conserva canciones, conserva ciertas consignas antiguas; pero perdió algo más importante; una noción clara de sí misma.
Ya no sabe si representa al obrero informal que vende café en la calle, al campesino abandonado de Ayacucho, al estudiante precarizado de San Marcos o al pequeño empresario asfixiado por impuestos y corrupción. En su desesperación por agradar a todos, terminó hablando un idioma que casi nadie reconoce como propio.
Porque el gran drama de la izquierda peruana no es electoral.
Es existencial.
Y quizá por eso los nombres de Alfonso Barrantes Lingán y Javier Diez Canseco regresan hoy como fantasmas incómodos dentro de una tradición política que parece haber olvidado incluso a sus propios referentes.
Alfonso Barrantes entendía algo que gran parte de la izquierda contemporánea perdió: la política no era solamente denuncia; también era cercanía humana. El “Frejolito”, con todas sus limitaciones, logró construir una conexión emocional con sectores populares que no nacía de la pose académica ni del discurso moralizante, sino de una sensibilidad social reconocible. Había en Barrantes una izquierda barrial, mestiza, popular y profundamente peruana. No necesitaba parecer europea para sentirse progresista.
Su figura hoy resulta casi extraña dentro de una izquierda que muchas veces parece más cómoda hablando el lenguaje de ONG internacionales que el idioma emocional del Perú cotidiano.
Barrantes tenía contradicciones, claro. Gobernó una Lima caótica y enfrentó divisiones internas feroces. Pero incluso sus adversarios reconocían en él cierta honestidad austera, una noción ética del servicio público que hoy parece arqueología política.
Después apareció Javier Diez Canseco, probablemente una de las últimas figuras de izquierda capaces de combinar radicalidad ideológica con preparación intelectual seria. Diez Canseco discutía con dureza, incomodaba al poder económico y denunciaba corrupción sin distinguir demasiado entre gobiernos amigos o enemigos. Podía resultar excesivo para algunos sectores, pero transmitía convicción doctrinaria en una época donde gran parte de la política peruana ya comenzaba a vaciarse de ideas.
Y sin embargo, incluso Diez Canseco pertenecía a un país distinto.
A un Perú donde todavía existían partidos con cuadros políticos, sindicatos con peso real, universidades capaces de producir pensamiento crítico y ciudadanos que discutían proyectos nacionales en vez de sobrevivir únicamente entre el miedo, el algoritmo y la informalidad.
Ese ecosistema desapareció.
La izquierda quedó entonces atrapada entre dos nostalgias imposibles: la nostalgia revolucionaria y la nostalgia moral. Sigue evocando símbolos históricos mientras el país mutó hacia otra realidad mucho más fragmentada, desconfiada y pragmática.
Quizá por eso cierta izquierda peruana terminó pareciéndose demasiado a esa confesión amarga de Oliveira en Rayuela. Ya no se trataba solamente de errores políticos, sino de algo más profundo y más incómodo; la costumbre de justificar lo injustificable en nombre de la pertenencia.
Julio Cortázar escribió:
“Suelo empezar yo, acordándome con desprecio de mi antiguo culto ciego a los amigos, de lealtades mal entendidas y peor pagadas…”
Y más adelante remata con una frase devastadora:
“…mientras por debajo las traiciones y las deshonestidades tejían sus telas de araña sin que pudiera impedirlo…”
Allí aparece una de las heridas menos discutidas de la política peruana reciente. No solamente los corruptos. También los silencios. También los compañeros que miraron hacia otro lado. También las lealtades convertidas en excusa moral.
Porque el Perú cambió.
Cambió mal, desordenadamente, injustamente incluso, pero cambió.
Apareció una clase media frágil, contradictoria, endeudada y aspiracional. Millones dejaron la pobreza sin sentirse representados por el viejo discurso revolucionario ni tampoco por el elitismo económico. El mototaxista comenzó a pensar como comerciante. El vendedor ambulante empezó a desconfiar del Estado que le prometía derechos mientras lo perseguía con burocracia. El emprendedor informal dejó de verse como proletario y comenzó a verse como superviviente.
La izquierda nunca entendió del todo ese fenómeno.
Siguió hablando como si el Perú continuara detenido en 1975.
Y mientras discutía teorías importadas desde universidades europeas o modas ideológicas copiadas de redes sociales estadounidenses, el peruano común seguía preocupado por algo mucho más simple y brutal: llegar vivo a fin de mes.
Allí empezó la fractura.
Porque una parte importante de la izquierda peruana dejó de parecerse al Perú profundo y comenzó a parecerse demasiado a una asamblea universitaria eterna. Mucha retórica moral. Mucha indignación performática. Mucha superioridad intelectual. Pero poca capacidad de construir un proyecto nacional reconocible.
El resultado fue devastador.
Terminó entregándole el monopolio del discurso popular a outsiders improvisados, caudillos regionales y aventureros políticos capaces de decir cualquier disparate con tal de sonar “anti sistema”.
Pedro Castillo fue la expresión más cruda de esa tragedia.
No porque representara una síntesis sólida de la izquierda peruana, sino precisamente porque evidenció su vacío ideológico. Castillo no llegó al poder impulsado por una doctrina coherente; llegó montado sobre el cansancio, el resentimiento territorial y el rechazo absoluto a Lima como símbolo histórico del abandono.
Y cuando el poder finalmente cayó sobre sus hombros, ocurrió lo inevitable; la improvisación reemplazó al programa, el simbolismo reemplazó a la gestión y la épica rural terminó chocando contra la complejidad brutal del Estado peruano.
La izquierda quedó atrapada en una contradicción incómoda.
Si defendía ciegamente el desastre gubernamental, destruía su credibilidad democrática. Si tomaba distancia, reconocía implícitamente que tampoco tenía respuestas reales para gobernar.
Eligió algo peor: la ambigüedad.
Y la ambigüedad, en política, suele ser apenas una forma elegante del naufragio.
Mientras tanto, el Perú siguió acumulando cansancio.
Congresos repudiados. Presidentes descartables. Fiscalías convertidas en trincheras políticas. Protestas convertidas en rutina. Regiones enteras sintiendo que la república termina antes de llegar a sus pueblos.
En medio de ese agotamiento colectivo, la izquierda peruana parece un músico que todavía intenta tocar una canción cuyos oyentes ya abandonaron el teatro hace años.
Pero sería demasiado cómodo culpar solamente a la izquierda.
Porque el vacío ideológico peruano es más amplio. La derecha tampoco construyó un proyecto nacional moderno; apenas administró estabilidad macroeconómica mientras la desigualdad y el resentimiento crecían debajo de la alfombra. El país acumuló crecimiento sin cohesión, consumo sin ciudadanía y modernización sin comunidad.
Y cuando una nación crece económicamente pero no logra construir una narrativa compartida sobre sí misma, tarde o temprano aparece la fractura.
El Perú de hoy parece vivir exactamente allí.
Entre el milagro económico que ya no emociona y la revolución social que nadie logra definir.
Quizá por eso los nombres de Barrantes y Diez Canseco sobreviven con tanta fuerza simbólica. No porque hayan resuelto los dilemas históricos del Perú, sino porque pertenecían a una generación que al menos parecía creer en algo más grande que una candidatura improvisada o una tendencia de redes sociales.
José Carlos Mariátegui alguna vez escribió que el Perú era “un problema” pero también “una posibilidad”.
Tal vez la tragedia contemporánea consista en que la política peruana —y especialmente su izquierda— continúa discutiendo el problema mientras olvida por completo la posibilidad.














