Filosofía entre ruinas luminosas

May 10, 2026 | Prosa & Verso

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista, novelista y ensayista.

 

Sartre en la era donde pensar arruina el espectáculo

Quizá Jean-Paul Sartre no perdió vigencia. Quizá el problema sea otro: vivimos en una época que convirtió la incomodidad intelectual en un mal negocio.

Hubo un tiempo —y decirlo hoy parece literatura fantástica— en que los intelectuales incomodaban más que los mercados. No porque administraran poder formal. Lo verdaderamente peligroso era otra cosa. Pensaban. Y peor aún, obligaban a los demás a pensar.

Sartre pertenecía a esa especie extinguida de hombres capaces de transformar una taza de café en un conflicto filosófico y una conversación nocturna en una demolición moral. París todavía olía a humo húmedo, vino barato y existencialismo. Europa acababa de sobrevivir a sí misma. Las calles seguían llenas de cicatrices invisibles y los cafés funcionaban como pequeñas trincheras donde escritores, obreros, estudiantes y fracasados discutían algo que hoy parece ridículo; el sentido de la libertad.

Ahora las cafeterías tienen Wi-Fi.

Y la libertad suele venir explicada por influencers.

El problema de Sartre nunca fue su pesimismo, como repiten quienes jamás lo leyeron realmente. El problema era otro. Sartre destruía coartadas. Arrancaba las excusas una por una hasta dejar al ser humano frente a la parte más insoportable de sí mismo; la responsabilidad.

“El hombre está condenado a ser libre.”

La frase sigue produciendo irritación porque desarma el deporte favorito de la modernidad. Culpar siempre a otro.

Al capitalismo.

Al socialismo.

A la derecha.

A la izquierda.

Al mercado.

Al Estado.

A la herencia recibida.

Al algoritmo.

Al periodismo.

A la casta.

Al pasado.

Sartre aparece entonces como una anomalía brutal en un siglo obsesionado con transferir culpas y tercerizar conciencia. Y quizá por eso envejeció tan mal en términos comerciales, aunque filosóficamente siga respirando debajo de las ruinas culturales contemporáneas.

Porque el siglo XXI tolera cualquier cosa menos la introspección prolongada.

La modernidad descubrió que pensar demasiado perjudica el rendimiento emocional del consumo. El individuo contemporáneo puede soportar inflación, corrupción, cinismo político y vigilancia digital constante. Lo que no soporta es quedarse a solas consigo mismo demasiado tiempo.

Por eso los algoritmos funcionan tan bien. No están diseñados para informar. Están diseñados para evitar silencios.

Y en medio de esa saturación aparece Sartre como un hombre que todavía obliga a detenerse.

Leer La náusea hoy produce una sensación extraña. Roquentin no parece un personaje literario; parece alguien que accidentalmente escapó de esta época. Un individuo que mira el mundo sin filtros motivacionales y descubre algo aterrador: la existencia no trae instrucciones incorporadas.

Eso hoy sería considerado un problema psiquiátrico menor o una falla de productividad.

La política entendió rápido el cambio cultural.

También dejó de querer ciudadanos reflexivos. Prefiere consumidores ideológicos simples. Personas capaces de repetir consignas con precisión emocional, pero incapaces de desmontarlas críticamente. La épica reemplazó al pensamiento. El relato reemplazó a la explicación. Y el espectáculo reemplazó lentamente a la gestión.

San Juan conoce bastante bien ese mecanismo.

Escenarios impecables.

Luces correctas.

Drones sobrevolando multitudes.

Expo Minera. Ironman. Fiesta Nacional del Sol. Discursos cuidadosamente iluminados. Atmósferas visuales administradas como si gobernar consistiera únicamente en producir sensación de movimiento.

Mientras tanto, las preguntas incómodas empiezan a desaparecer debajo del sonido ambiental.

¿Cuánto costó realmente?

¿Dónde están los balances?

¿Qué modelo económico existe detrás del marketing?

¿Qué sucede cuando se apagan las pantallas?

Y allí Sartre vuelve a aparecer sin pedir permiso.

Porque el existencialismo nunca trató solamente sobre filosofía francesa. Trataba sobre algo mucho más incómodo; el instante exacto en que un ser humano comprende que incluso no elegir ya constituye una elección.

Eso explica muchas cosas del presente.

Explica gobiernos que administran percepción antes que realidad. Explica oposiciones que sobreviven únicamente indignándose. Explica ciudadanos que reclaman libertad mientras exigen simultáneamente que alguien más cargue con las consecuencias.

Sartre entendía algo devastador: la libertad auténtica pesa.

Por eso casi nadie la quiere completa.

Todos aman la palabra. Pocos soportan el costo.

Y quizá allí aparezca el motivo verdadero de su aparente decadencia cultural. Sartre exige demasiado en una civilización construida para evitar incomodidades. Obliga a pensar incluso cuando pensar destruye certezas emocionales útiles para sobrevivir políticamente.

Ni siquiera él escapó a sus contradicciones. Coqueteó peligrosamente con ciertos totalitarismos. Se equivocó. Idealizó revoluciones. Miró demasiado tarde algunos horrores. Pero incluso en esos errores conservó algo que hoy escasea dramáticamente; densidad intelectual.

Los pensadores contemporáneos suelen venir reducidos a formato de consumo rápido.

Opiniones breves.

Moral instantánea.

Indignación portátil.

Sartre, en cambio, todavía incomoda porque obliga a permanecer dentro de la contradicción sin resolverla rápidamente.

Y quizá por eso siga vivo.

No en las universidades que lo citan mecánicamente.

No en los suplementos culturales que lo convierten en efeméride elegante.

Sino en cada persona que sospecha —aunque sea por unos segundos— que detrás del espectáculo permanente existe un vacío que nadie quiere mirar demasiado tiempo.

Porque al final Sartre sigue diciendo lo mismo, con la brutalidad intacta: que nadie vendrá realmente a salvarnos del peso de ser quienes somos.

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