Cuando un problema técnico se deja crecer, deja de ser administrativo y se convierte en político. Y cuando eso ocurre, la pregunta ya no es quién tiene razón… sino por qué nadie resolvió a tiempo.
Hay decisiones que no se anuncian: se delatan en sus consecuencias.
El caso del paso interprovincial —que hoy vuelve a tensar a Marcelo Orrego con Ricardo Quintela— no nació de una diferencia irreconciliable. Nació de algo más silencioso, más cotidiano, más peligroso: una omisión sostenida en el tiempo.
Porque antes del conflicto hubo margen. Y en ese margen, no hubo decisión.
I. El problema que nunca fue problema
El uso del paso era conocido. Tolerado. Incluso, funcional.
Y ahí —precisamente ahí— se abre la grieta incómoda: si el uso existía, ¿por qué nunca se formalizó?
No estamos —todavía— ante una disputa de jurisdicción. Ese plano, más denso y más político, aún no ha sido plenamente activado. Lo que hoy entra en juego es algo más concreto, casi elemental: el derecho de uso.
Un concepto técnico. Administrativo. Previsible. Y, sobre todo, resoluble.
Porque ese derecho pudo haberse encuadrado con un instrumento básico: un acuerdo interprovincial. Un contrato vial claro, con reglas, responsabilidades y previsión de conflictos.
No se hizo.
Y en esa ausencia —que no es menor, aunque se la quiera presentar como tal— se incubó el problema. No es que el conflicto apareció: es que nadie cerró la puerta por donde podía entrar.
II. Cuando la omisión se vuelve política
Toda omisión, en algún punto, se transforma en decisión.
El acuerdo que no se firmó no fue un descuido técnico: fue una ausencia de gestión. Y cuando la gestión se retira, lo que avanza no es el azar… es el conflicto.
Así, lo que pudo resolverse en una mesa técnica terminó en una instancia judicial. Y lo judicial —como toda escena pública— no ordena: expone.
La intervención de un juez no crea el problema. Lo ilumina.
Lo que hoy se discute en voz alta es, en rigor, lo que durante meses —o años— se decidió no discutir.
III. El camino que se dejó pasar
Había una salida. Simple, incluso.
Enviar una comisión técnica. Negociar condiciones. Formalizar el uso del paso. Evitar la escalada.
Más aún: ese paso —bien gestionado— podía convertirse en un activo. Podía valorizarse, ordenarse, integrar intereses. Incluso contemplar una participación para La Rioja dentro de un esquema regulado.
Porque —conviene decirlo sin rodeos— el derecho de uso existe. No es retórica. Es práctica.
Y eso lo sabe —mejor que nadie— Marcelo Orrego.
No era una cuestión de información. Era una cuestión de voluntad.
No se trata de eximir a Ricardo Quintela, quien también pudo impulsar la formalización, pero la iniciativa —y la omisión inicial— estuvo en la provincia que recibe el beneficio del uso.
IV. El dato que rompe el relato
Hoy el paso está cerrado. Ahí termina la discusión simbólica y empieza la realidad.
El cierre no es una interpretación. Es un hecho.
Y ese hecho resume todo lo anterior: lo que pudo ser acuerdo hoy es bloqueo; lo que pudo ser desarrollo hoy es interrupción.
No por falta de herramientas. Por falta de decisión.
V. La mutación: de trámite a épica
Frente a ese vacío, la política hizo lo que mejor sabe hacer cuando no gestiona: narrar.
El problema dejó de ser administrativo y se volvió simbólico. El expediente se transformó en bandera. La omisión, en confrontación.
Se elevó el tono. Se simplificó el conflicto. Se construyó una escena.
Hablar de defensa territorial, incluso cuando la disputa formal aún no está consolidada, no es un error: es una elección. Porque la épica no necesita precisión; necesita intensidad.
Y en esa intensidad, todo encaja mejor.
VI. La fábrica del relato
Mientras el problema real sigue sin resolución, otra maquinaria se activa.
Las redes. Los voceros. La repetición.
Allí donde la gestión no llega, llega el discurso. Y en ese ecosistema —ordenado, insistente, previsible— la historia se reescribe: ya no hay una omisión inicial, sino un ataque externo; ya no hay un problema técnico, sino una causa.
Dicho con ironía, pero sin exageración: las redes y los troll del gobierno ordenan la epopeya.
Y en ese orden, el protagonista también se redefine.
El gobernador deja de ser administrador para convertirse en personaje. Una figura que resiste, que enfrenta, que encarna. El «Superman de la Casa de Gobierno» aparece justo donde la gestión había fracasado: en la escena.
Mientras tanto, lo incómodo desaparece. La falta de acuerdo inicial. La negociación que no ocurrió. La previsión que nunca llegó.
El relato no resuelve. Pero reorganiza. Y a veces, eso alcanza… por un tiempo.
VII. La lógica que subyace
Entonces la pregunta deja de ser técnica. Se vuelve política.
¿Qué pesa más? ¿Resolver un problema —con sus costos, sus tiempos, sus concesiones— o construir una imagen de firmeza que ordene el presente?
Cuando la gestión pierde credibilidad, el conflicto gana utilidad.
No resuelve, pero reemplaza. No ordena, pero distrae. No construye, pero posiciona.
Y en esa lógica, la confrontación deja de ser un accidente para convertirse en recurso.
Final del primer capítulo
Porque en política, a veces no se trata de ganar una batalla… sino de inventarla para levantar la imagen de cara a las próximas elecciones.














