Salarios a dedo: la negociación que dejó de existir

Abr 9, 2026 | Nacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista, novelista y ensayista.

 

Primera parte: horas antes de la huelga

Cuando el salario ya no se discute sino que se anuncia, el problema no es la cifra: es el sistema. Entre la incapacidad gremial, la militancia que reemplaza a la docencia y una transparencia que apenas respira, la educación queda atrapada en un juego donde nadie parece querer —o poder— ganar.

Hay conflictos que se escuchan en la superficie: porcentajes, aumentos, comunicados. Y hay conflictos que operan por debajo, en silencio, definiendo todo lo demás.

Este es uno de ellos.

Porque cuando un gobierno fija salarios de manera unilateral y los gremios apenas reaccionan —sin capacidad de torcer, negociar o condicionar— la escena deja de ser paritaria. Se vuelve coreografía. Un acuerdo sin tensión. Una negociación sin riesgo. Un diálogo donde una parte habla… y la otra asiente.

Y en ese gesto mínimo —casi imperceptible— se revela algo más profundo: la limitación estructural del sistema gremial.

No es un desajuste.

No es un error.

Es un modo de funcionamiento.

Durante décadas, los gremios fueron el músculo de la negociación colectiva. No solo por cantidad de afiliados, sino por algo más difícil de construir: liderazgo.

Hoy ese músculo no está ausente. Está fatigado.

No por falta de conflicto —que sobra— sino por falta de conducción. Porque la incapacidad gremial ya no es solo táctica. Es profesional. Es técnica. Es, incluso, conceptual.

Se negocia sin estrategia.

Se comunica sin claridad.

Se reacciona tarde… o se reacciona mal.

Pero lo más delicado no es eso.

Lo más delicado es la pérdida de legitimidad interna. El docente ya no encuentra en su gremio una herramienta eficaz, sino una estructura que administra el conflicto en lugar de resolverlo.

Una estructura que contiene… pero no transforma. Y cuando eso ocurre, el problema deja de ser salarial.

Se vuelve representativo.

Porque hay un dato que suele pasar desapercibido… y sin embargo lo explica todo.

Cuando una convocatoria paritaria nace de una resolución ministerial, el dato no es técnico.

Es político.

El gobierno no responde.

Se adelanta.

Fija tiempos.

Instala agenda.

Controla el ritmo.

Y el gremio —que debería presionar— apenas reacciona.

Ahí se pierde algo clave: la iniciativa.

Y sin iniciativa no hay negociación posible.

Pero hay un detalle más. Uno que no es menor.

La reapertura por resolución no solo ordena la escena.

También construye el marco.

El documento.

El respaldo.

La excusa formal.

El instrumento necesario para justificar descuentos por huelga.

Y entonces la pregunta deja de ser ingenua… y se vuelve incómoda:

¿Es ingenuidad del gremio?

¿O el gobierno —una vez más— juega un paso adelante?

¿O estamos frente a algo más silencioso… más coordinado… más difícil de nombrar?

La paritaria deja de ser herramienta.

Pasa a ser protocolo.

Esa pérdida de conducción no se limita a la mesa. Se ve en la calle.

La desprolijidad organizativa no es anecdótica. Es estructural.

Horarios imposibles.

Recorridos mal calculados.

Puntos de partida desconectados.

No es solo logística.

Es falta de conducción.

Porque una marcha no es juntar gente.

Es ordenar voluntades.

Es garantizar seguridad.

Es asumir responsabilidades.

Y cuando eso no aparece, lo que queda no es una movilización.

Es una expresión dispersa.

Del otro lado, el panorama no mejora. Se redefine.

Porque cuando la autoridad educativa se expresa más como militancia que como gestión, la educación deja de ser política pública… para convertirse en narrativa.

No se planifica: se enuncia.

No se evalúa: se defiende.

No se corrige: se justifica.

Y en ese desplazamiento —lento, persistente— ocurre algo decisivo: la técnica se subordina a la pertenencia.

No importa tanto saber.

Importa estar.

La ministra deja de ser la que conoce el aula.

Pasa a ser la que encarna una línea política.

Pero hay una tercera capa.

La transparencia institucional.

O su ausencia elegante.

Porque cuando los números no se explican, cuando los criterios no se detallan, cuando el gasto se sugiere pero no se muestra… la negociación nace limitada.

Y ahí aparece la sospecha.

¿Están enfrentados… o condicionados?

Así, el conflicto se repite.

Se anuncian cifras.

Se simulan negociaciones.

Se despliegan medidas que no alcanzan.

Pero nadie toca el sistema.

Porque el sistema —aun fallido— tiene algo que lo protege: la inercia.

Mientras tanto, el aula sigue.

El docente enseña, corrige, acompaña… y cobra lo que alguien decidió que debía cobrar.

No lo que negoció.

No lo que acordó.

Lo que se definió.

Y en ese desplazamiento —mínimo— se juega todo.

Porque cuando la decisión reemplaza al acuerdo, la paritaria deja de existir.

Se transforma.

Y entonces la pregunta ya no es cuánto se pierde.

Es otra.

¿Cuándo dejamos de negociar… y empezamos a aceptar?

Porque mientras el sistema se acomoda a su propia falla, algo más ocurre.

El gobierno sigue ganando tiempo. Y los docentes… lo pierden.

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