Auditoría a la alegría: Ofelia, la política y una universidad que posterga lo básico

Abr 7, 2026 | Nacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista, novelista y ensayista.

 

Donde la felicidad se enuncia… pero la universidad no logra sostenerla

No es una visita. Es un síntoma. Cuando la política necesita del aula para decir lo que no puede demostrar en la realidad, el problema deja de ser el discurso… y pasa a ser la institución que lo aloja.

Hay palabras que, cuando se repiten demasiado, empiezan a pedir auditoría.

“Felicidad” es una de ellas.

No porque haya dejado de importar —al contrario—, sino porque comenzó a usarse sin respaldo. Como si bastara con nombrarla para que exista. Como si alcanzara con invocarla para que se instale.

Y en ese gesto —mínimo, casi imperceptible— la felicidad deja de ser experiencia… y se convierte en discurso.

La llegada de Ofelia Fernández a la Universidad Nacional de San Juan, con la promesa ligera de una charla sobre “cómo ser feliz”, no irrumpe: encaja. Encaja en una universidad que, hace tiempo, dejó de exigirle a las palabras que se correspondan con la realidad que dicen representar.

Y ahí aparece la primera relación incómoda: no es la política la que invade la universidad… es la universidad la que empieza a parecerse demasiado a la política.

Clase magistral de felicidad… con finales abiertos

La universidad no es un lugar neutro.

Nunca lo fue.

Pero hay una diferencia —sutil, aunque decisiva— entre ser un espacio de pensamiento y convertirse en un dispositivo de validación.

Cuando el aula deja de tensionar ideas y empieza a alojarlas sin fricción, algo se desplaza. No es inmediato. No hace ruido. Pero ocurre.

Ofelia no llega como anomalía. Llega como consecuencia.

Como parte de una lógica que encontró en la universidad algo más valioso que votos: legitimidad simbólica.

Y así, la clase sobre felicidad no es solo una charla: es la escenificación de un acuerdo tácito. Tú traes el discurso. Yo te presto el aula. Entre ambos, construimos una verdad que no necesita ser verificada… solo repetida.

Ansiedad explicada… sin contexto incluido

Hablar de felicidad en la Argentina actual exige algo más que sensibilidad.

Exige contexto.

Porque la felicidad, en este país, no es una categoría emocional autónoma. Es una consecuencia condicionada.

Condicionada por la estabilidad.

Por el trabajo.

Por la previsibilidad.

Por la posibilidad —cada vez más lejana— de proyectar.

Pero el discurso omite eso.

Reduce la ansiedad a lo generacional. A lo digital. A lo simbólico.

Y en esa reducción aparece otra relación incómoda: cuanto más se abstrae el problema, menos se responsabiliza a la realidad que lo produce.

La ansiedad del estudiante sanjuanino no está en la pantalla.

Está en el calendario que no se cumple.

En el título que no garantiza.

En el futuro que no llega.

Hablar de angustia… desde la tranquilidad

No es un problema de nombres.

Es un problema de posiciones.

Cuando el discurso sobre la angustia se formula desde espacios que no han atravesado las mismas condiciones que la producen, aparece una distancia.

No siempre visible.

Pero persistente.

Y esa distancia se vuelve funcional.

Porque permite hablar del problema sin incomodar las causas.

Y ahí se completa el circuito: la política aporta el relato, la universidad aporta el escenario, y el privilegio —silencioso— asegura que nada esencial sea cuestionado.

Debatir felicidad… mientras lo básico espera turno

Pero el punto más incómodo no está en el discurso.

Está en la institución que lo recibe.

Porque la UNSJ no es un espacio vacío. Es una estructura con responsabilidades concretas. Con problemas concretos. Con deudas —también— concretas.

Y, sin embargo, habilita el debate sobre la felicidad mientras posterga lo básico.

Ese desfasaje no es anecdótico.

Es estructural.

Porque cuando lo urgente se posterga y lo accesorio se amplifica, no hay error de prioridades.

Hay modelo.

Manual práctico de felicidad institucional (con requisitos no disponibles)

Estudiar —y poder terminar la carrera en tiempo y forma— sin que el calendario académico se transforme en una promesa que se reprograma cada año.

Que el Rectorado entienda que la austeridad no es una palabra de ocasión, sino una práctica medible… empezando por sus propios sueldos.

Que las contrataciones abandonen la lógica del favor —esa pedagogía silenciosa que enseña más que cualquier cátedra— y vuelvan al terreno incómodo del mérito.

Que las compras recuperen una relación elemental con la realidad: que lo que se paga tenga algún vínculo con lo que vale.

Y que los balances dejen de ser un trámite invisible… para convertirse en lo que deberían ser: un ejercicio público de transparencia.

En ese punto —y solo en ese punto— la felicidad deja de ser una consigna… y empieza a tener condiciones.

Formar o validar: esa pequeña diferencia que nadie quiere rendir

La universidad debería ser el lugar donde las palabras se ponen a prueba.

No donde se celebran.

Pero cuando la política encuentra en el aula un espacio cómodo y la institución acepta ese rol sin resistencia, algo se redefine.

Ya no se trata de formar.

Se trata de validar.

Validar discursos.

Validar narrativas.

Validar una idea de felicidad que no necesita sostenerse en la realidad… porque encuentra refugio en el lenguaje.

Y cuando eso ocurre, el problema ya no es quién viene a dar la charla.

El problema es que la universidad dejó de hacer las preguntas.

Y cuando la universidad deja de preguntar, no es que pierde el debate.

Pierde el sentido.

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