Malvinas: el frío que todavía arde

Abr 2, 2026 | Nacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista, novelista y ensayista.

 

Crónica íntima de una guerra que no terminó en el mar ni en la rendición, porque hay heridas que no cicatrizan con un papel.

Esto no es una crónica de batallas. Es la historia de pibes que llevaron al hombro el peso de un país que los miraba desde lejos, de un crucero que sigue custodiando 323 almas bajo el agua y de nombres que el viento se niega a borrar. No pide épica. Pide corazón. Porque lo que pasó en 1982 no terminó: se quedó a vivir entre nosotros.

Los pibes y el frío

Dicen que en las islas el frío no baja: sube.

Sube desde la tierra, desde el barro, desde las piedras.

Y cuando llega a los huesos, no duele: se queda.

Ahí estaban los pibes.

No tenían más que 18, 19, 20 años.

Y un país entero respirando sobre sus espaldas.

El frío los nombraba uno por uno.

A algunos les hablaba bajito, como una madre que llama desde la cocina.

A otros los envolvía en silencio, como queriendo que se olvidaran de todo.

Pero ellos no se olvidaban.

Cerraban los ojos y veían una mesa, una calle, una vida que seguía existiendo en otro tiempo donde todavía eran hijos… y no soldados.

Porque en Malvinas el tiempo no avanza: se detiene… y espera.

Y ellos se quedaron ahí, en ese instante suspendido, sosteniendo algo que no entendían del todo, pero que sabían —con una certeza que no se aprende— que no podían soltar.

Lo que más dolía no era el enemigo.

Era la carta que no llegaba.

Era el abrazo que faltaba antes de dormir.

Prohibido olvidar eso.

Porque el frío también tiene memoria.

El mar que guarda voces

El 2 de mayo, el mar dejó de ser mar.

Se volvió memoria.

El ARA General Belgrano no se hundió: descendió.

Como si el océano lo hubiera reclamado para custodiarlo.

323 almas bajaron con él.

Trescientas veintitrés historias que no volvieron a casa.

Desde entonces, dicen, el agua en esa zona no es igual.

Porque no es solo agua.

Es madre.

Es espera.

Es lo que no pudo despedirse.

Hay noches en que el mar parece respirar distinto.

No son olas.

Son nombres.

El Belgrano sigue ahí.

No como ruina.

Como presencia.

Prohibido olvidar ese día.

Porque hay barcos que no naufragan: se convierten en memoria viva.

Las sombras que también pelean

En toda guerra hay decisiones que no hacen ruido… pero hacen historia.

Chile eligió mirar —y en esa mirada hubo más que distancia.

Hubo cálculo.

Hubo información que cruzó la cordillera como un susurro que pesaba más que una bala.

Y eso también dolió.

Porque no todas las heridas sangran.

Pero en medio de ese mapa de sombras, hubo una luz.

Perú no dudó.

Estuvo.

Ofreció lo que tenía, sin preguntar demasiado.

Y en ese gesto, algo antiguo se encendió: la certeza de que hay pueblos que, incluso en la tormenta, eligen no soltarse.

Prohibido olvidar quién sostuvo.

Prohibido olvidar quién se apartó.

La patria que hablaba… sola

Mientras tanto, en el continente, la guerra se contaba.

Pero no se contaba como era.

Las radios hablaban de avances que el viento desmentía.

La televisión mostraba certezas que el mar ya había tragado.

Era una patria narrada.

Pero no vivida.

En las islas no había relato.

Había frío.

Había miedo.

Había pibes aprendiendo demasiado rápido lo que nadie debería aprender.

Y en ese silencio, la verdad empezó a crecer.

Porque la mentira necesita ruido.

La verdad… apenas necesita tiempo.

Prohibido olvidar esa distancia.

Entre lo que se dijo… y lo que se vivió.

Resistir

Resistir no siempre es avanzar.

A veces es quedarse.

A veces es no romperse.

Los pibes resistían el frío, la noche, la incertidumbre.

Resistían la sensación de no ser vistos.

Algunos escribían cartas que el viento leía primero.

Otros hablaban con una foto, como si esa imagen pudiera devolverles algo.

Y aun así, seguían.

Porque había algo más fuerte que el miedo: las ganas de volver.

Prohibido olvidar eso.

Porque hay batallas que no se ganan con armas.

Se ganan… quedándose.

El regreso incompleto

Cuando volvieron, no volvieron del todo.

Algo de ellos se quedó en las islas.

Algo del país se quedó en esa guerra.

Regresaron con una verdad que no tenía lugar.

Una verdad que incomodaba.

Y el país —como si no supiera qué hacer con tanto dolor— eligió el silencio.

No hubo preguntas suficientes.

No hubo abrazos a tiempo.

Prohibido olvidar ese silencio.

Porque también fue parte de la guerra.

Lo que sigue

Malvinas no es pasado.

Es una presencia.

Está en el mar que guarda nombres.

En el frío que todavía vive en quienes volvieron.

En cada historia que aún se cuenta con dificultad.

Hay quienes creen que todo terminó en 1982.

Pero hay cosas que no terminan.

Solo cambian de forma.

Se vuelven memoria.

Se vuelven deuda.

Se vuelven pregunta.

El final que no termina

La guerra terminó en 1982.

Pero Malvinas no terminará nunca.

Porque hay historias que no se cierran: se heredan.

Y tal vez —solo tal vez— el día en que dejemos de repetirlas como costumbre… y empecemos a sentirlas como verdad, cuando el recuerdo deje de ser acto y se vuelva conciencia, cuando el frío deje de ser ajeno y empiece a doler, recién ahí, cuando Malvinas deje de repetirse en la boca y empiece a repetirse en el corazón, empecemos… por fin… a merecerla.

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