Antes de tocar la Luna

Abr 2, 2026 | Prosa & Verso

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista, novelista y ensayista.

 

Donde el tiempo no avanza: se repite con otra forma

En 1969, una niña preguntó si ya estaba. Cincuenta y siete años después, una mujer argentina ensaya la respuesta sin decirla. Entre ambas no hay distancia: hay una misma emoción suspendida en dos épocas distintas.

Hay momentos que no llegan de golpe.

Se anuncian.

Se sienten antes de ocurrir, como una vibración en el aire que nadie explica pero todos perciben.

La noche del Apolo 11 fue así.

No empezó con el cohete.

Empezó en las casas.

San Juan.

La radio ya había avisado.

La televisión lo confirmaría.

El padre —camisa arremangada, gesto serio— giraba la antena con una fe que no tenía nombre.

La madre sostenía el café como si el calor fuera a escaparse si lo soltaba.

Y la niña —sentada en el piso— no entendía del todo qué estaba por pasar, pero sabía que era importante.

Eso alcanzaba.

El mundo, en ese instante, era una habitación.

Y la habitación… un punto en el universo.

La imagen tardó en llegar.

Cuando lo hizo, nadie celebró.

Nadie gritó.

Nadie aplaudió.

Porque hay hechos que no se festejan.

Se contemplan.

—¿Ya está? —preguntó la niña.

Y en esa pregunta —tan simple, tan limpia— se escondía algo que nadie supo decir: no era el final de un viaje.

Era el comienzo de una forma nueva de mirar.

El tiempo pasó —como pasan las cosas que no se detienen— y el mundo se llenó de ventanas que daban a otras ventanas.

Pero esta vez, la historia no ocurre.

Se prepara.

Artemis II.

Ella no está en la Luna.

Ni cerca.

Está en un espacio más difícil de habitar:

El umbral.

Viene de un lugar donde el cielo no se mira: se aprende.

Donde las montañas no son paisaje, sino horizonte.

Salta la Linda.

Allí, el tiempo tiene otra densidad.

No corre: se posa.

Como el sol sobre los cerros.

Como el silencio en las siestas largas.

Tal vez por eso —y solo por eso— puede sostener lo que otros no toleran: la espera.

El entrenamiento repite movimientos.

Corrige errores.

Afina decisiones.

Pero hay algo que no puede entrenarse: el instante en que todo ocurre por primera vez.

Y sin embargo, algo insiste.

A veces, mientras ajusta el traje, siente una incomodidad leve.

No física.

Temporal.

Como si no estuviera sola.

Como si alguien —en algún lugar— estuviera mirando lo mismo… pero desde otro tiempo.

I. El arte de esperar

La niña no sabía que estaba esperando historia.

Solo esperaba.

Y en esa ignorancia —perfecta, irrepetible— había una pureza que el mundo ya no practica.

Hoy, la espera se llena.

Se ocupa.

Se distrae.

Ella, en cambio, vuelve a aprenderla.

Porque entrenar es, en el fondo, sostener el antes.

II. La memoria que no es propia

Una noche, después de horas de simulación, se detiene.

No por cansancio.

Por algo que no sabe nombrar.

Cierra los ojos.

Y aparece.

Un living.

No el suyo.

Uno más antiguo.

Más quieto.

Más humano.

Una niña en el piso.

Un televisor vibrando.

Una pregunta suspendida.

—¿Ya está?

Abre los ojos.

No lo descarta.

Lo guarda.

Como se guardan las cosas que no necesitan explicación.

III. Lo que todavía no sucede

Hay una diferencia —mínima, decisiva— entre ambos momentos:

Uno ya ocurrió.

El otro… todavía no.

Y en ese “todavía” vive algo que el mundo olvidó valorar:

La posibilidad.

No el hecho.

No la hazaña.

La posibilidad.

Ese territorio donde todo puede ser… y nada está dicho.

IV. El instante compartido

El entrenamiento termina tarde.

La noche es clara.

Ella sale.

Mira la Luna.

No como destino.

Como interlocutora.

Y entonces sucede.

No una visión ni un recuerdo: una coincidencia.

La niña —en 1969— levanta la vista al mismo tiempo.

No se ven.

Pero se encuentran.

Porque ambas habitan el mismo lugar invisible: el instante previo.

—¿Ya está? —pregunta la niña.

Ella respira.

No responde.

No porque no sepa.

Sino porque entiende algo que la historia tarda en enseñar: que lo importante nunca es el momento en que ocurre, sino ese segundo anterior en el que todo todavía puede ser distinto.

La Luna no cambió.

El cielo tampoco.

Pero nosotros sí.

Antes, mirábamos para entender.

Hoy, miramos para confirmar.

Y en esa diferencia —mínima, brutal— se perdió algo esencial: la capacidad de asombrarse sin saber.

Sin embargo, en algún lugar —entre una niña que pregunta y una mujer que se prepara— todavía sobrevive lo más valioso: la emoción de lo que aún no sucede.

Porque quizás, después de todo, el verdadero viaje no sea llegar. Sea recuperar ese instante en el que todavía no sabemos… y, por eso mismo, todavía sentimos.

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