El aula paga la cuenta: educación en cuotas, dignidad en suspenso

Mar 27, 2026 | Nacional

Iván Nolazco

Iván Nolazco

Escritor, periodista, novelista y ensayista.

 

Sin acuerdo, pero con decisión; sin negociación, pero con ejecución. En San Juan, la paritaria ya no resuelve: apenas certifica lo que ya fue decidido.

Hay escenas que ya no sorprenden.

Solo se repiten.

El docente espera.

El gremio observa.

El Ministerio ejecuta.

Y en ese triángulo —preciso, ordenado, previsible— la paritaria ha dejado de ser un espacio de conflicto para convertirse en una formalidad elegante.

Aquí no se negocia.

Aquí se notifica.

El aumento que no necesita acuerdo

El dato es simple, casi brutal en su claridad: no hubo acuerdo… pero hay aumento.

La frase no es contradictoria.

Es reveladora.

Porque cuando el resultado no depende de la negociación, la negociación deja de ser necesaria. Se vuelve un gesto. Un rito. Una escenografía.

El docente puede rechazar.

El gremio puede objetar.

La mesa puede extenderse durante horas.

Nada de eso altera el desenlace. Y ahí comienza la verdadera ironía; participar de una discusión cuyo resultado ya está cerrado.

El idioma que disfraza la pérdida

Luego aparece el lenguaje técnico.

Siempre oportuno. Siempre prolijo.

Códigos. Puntos. Reconfiguraciones.

A01, E60, G44, G46. ¡Bingo!

Una arquitectura perfecta para evitar una pregunta incómoda: ¿alcanza?

Porque cuando el salario deja de explicarse en términos simples, se vuelve inaccesible. Y cuando se vuelve inaccesible, deja de ser discutido.

El docente no cobra mejor.

Cobra más complejo. Y en esa complejidad —cuidadosamente diseñada— se diluye el problema central.

El bono: dinero sin memoria

Entonces aparece el gesto.

$120.000.

No remunerativo.

No bonificable.

Es decir: no estructural.

Un ingreso que llega, pero no construye.

Que alivia, pero no corrige.

Que suma… sin pertenecer.

El bono no mejora el salario.

Lo rodea. Y en ese rodeo hay una lógica precisa: evitar tocar el corazón del problema mientras se administra su superficie.

Los que ya no deciden

Mientras tanto, los gremios cumplen un rol cada vez más difícil de disimular.

Están.

Pero no inciden.

Participan.

Pero no modifican.

Observan cómo se ejecuta lo que no lograron cambiar y, en ese observar, terminan siendo parte del mecanismo que dicen cuestionar.

No es silencio.

Es adaptación. Y toda adaptación prolongada tiene un costo: la pérdida de credibilidad.

La marcha que no molesta

La escena de hoy terminó de completar el cuadro.

Tres gremios convocando.

Una calle que no responde.

Ni una cuadra.

No es un detalle.

Es un síntoma.

Porque hay protestas que incomodan al poder.

Y hay protestas que lo confirman.

La marcha no molesta.

El paro sí.

La marcha expone.

El paro impacta. Y lo que se vio hoy no fue una movilización débil.

Fue algo más incómodo: docentes que ya no creen.

No en el reclamo. Sino en quienes lo administran. Cuando la representación se vacía, la calle también.

La gestión que sí funciona

Mientras todo esto ocurre, hay algo que no falla.

La lógica interna del poder.

El Ministerio no duda.

No retrocede.

No explica más de lo necesario.

Ejecuta. Y en esa ejecución hay una coherencia que incomoda: la de un sistema que sí sabe lo que quiere.

Mientras el salario se fragmenta en códigos, mientras el bono disimula la ausencia, mientras la paritaria pierde sentido, hay una estructura que se mantiene firme.

La de la lealtad.

La de la militancia.

La de un orden que no necesita convencer porque ya no encuentra oposición real.

El detalle final

“El sueldo estará depositado el 31. Los cajeros funcionan las 24 horas.”

La frase no es ingenua.

Es el cierre perfecto.

No importa cuánto.

Importa cuándo.

La discusión salarial se reduce a disponibilidad. La dignidad, a logística. Y en ese desplazamiento —tan sutil como efectivo— todo queda dicho sin necesidad de decirlo.

Lo que queda en pie

Al final, cuando el comunicado se apaga y el dinero aparece en la cuenta, lo que queda no es el aumento.

Es la estructura.

Un sistema donde se decide sin negociar.

Donde se representa sin incidir.

Donde se cobra sin construir. Y en ese sistema, el docente —el único que sigue cumpliendo su parte todos los días— termina siendo el único que no define nada.

Ahí está la burla.

No en el número.

En el mecanismo.

Porque cuando todo funciona sin necesidad de acuerdo, cuando la protesta no altera el rumbo, cuando la representación ya no representa, lo que queda expuesto no es una crisis salarial.

Es algo más profundo.

La naturalización de que se puede gobernar la educación… sin escuchar a quienes la sostienen.

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